
Hay una escena en Pretty Woman —una de esas películas que todo el mundo finge no haber visto más de tres veces— que merece ser estudiada en los simposios de filosofía política y en las cenas de gala de los fondos buitre. Julia Roberts entra en una tienda de Rodeo Drive, vestida con esa mezcla imposible de inocencia y lycra, y dice con una sonrisa de niña traviesa: «En realidad no es mi tío». La dependienta, sin cambiar el gesto ni la manicura de sociópata, contesta: «Cariño, nunca lo son». Esa frase, dicha con la seguridad de quien ha olido mucho Chanel Nº5 mezclado con feromonas de chantaje, debería grabarse en los frontispicios del Congreso de los Diputados, a modo de recordatorio de que las relaciones de poder rara vez se nombran por lo que son, pero casi siempre huelen a lo mismo.
«Nunca lo son». Esas tres palabras bastarían para explicar un escándalo político, una campaña electoral o la mitad de las series de HBO. Pero sobre todo, sirven para entender la aparición fulgurante y sospechosamente eficiente de una figura antropológica que pide ya su tesis doctoral: la sobrina institucional. Ese ser que nadie sabe de dónde sale, pero que aparece siempre pegada al codo de un hombre con poder como si fuera una acreditación VIP. No son representantes, no son secretarias, no son asesoras. Son sobrinas. Y uno se pregunta si el poder produce de forma espontánea una generación de sobrinas como las bacterias se multiplican en el yogur.
La sobrina del momento es, cómo no, la sobrina de Ábalos. Bueno, “sobrina”. En realidad no es su sobrina. Pero tampoco es su chófer, su prima, su terapeuta o su «ghostwriter». Es otra cosa. ¿Qué cosa? Pues lo mismo que la acompañante de Richard Gere en Pretty Woman: una figura borrosa, ambigua, que permite lubricar las relaciones (…) con el poder sin que haya que ponerle nombre a nada. Una especie de ONG sentimental al servicio del tío, del jefe, del señor con despacho y dietas. Las sobrinas, como los falsos autónomos, operan en esa zona gris donde todo el mundo sabe qué está pasando, pero nadie puede probarlo.
Lo fascinante es cómo el lenguaje se pliega a esta lógica. Llamar “sobrina” a lo que no es una sobrina no es un error: es una estrategia. Un mecanismo de camuflaje. Decir “sobrina” es invocar una relación sin ataduras, sin contrato, sin factura. La llaman así para no comprometerse con la verdad, para no ofender a la mentira. Porque la palabra sobrina tiene esa cualidad gelatinosa que tanto le gusta al poder: resbala, brilla y nunca se clava. No implica, no obliga. Es lo que en el Renacimiento se llamaba un favor, lo que en el barroco era un valimiento y en los ochenta un “tema personal”. La sobrina es un personaje comodín que permite a los hombres con poder tener a alguien cerca que les ríe las gracias, les abre las puertas (…) y, llegado el caso, los acompaña en viajes institucionales para liberarlos del estrés como se aliviaba la histeria en el siglo XIX.
Por supuesto, la sobrina moderna es cool. Ya no se limita a hacer fotocopias ni a llevar el abrigo de su tío. Ahora factura, viaja, negocia. Tiene cargos ambiguos: oficial de primera, auxiliar externa de relaciones institucionales, enlace de proyecto. Su presencia no se justifica, se da por supuesta. Uno no pregunta por qué está ahí, como tampoco se pregunta por qué hay hielo en el whiskey o aceitunas en vermut. La sobrina no necesita explicación. Como el poder, simplemente ocurre. Y qué decir de la estética. La sobrina no viste como una pasante ni como una ministra. Tiene un punto de fashion victim en baja intensidad, un dominio milimétrico del contouring y un máster en leer salas: sabe exactamente cuándo sonreír, cuándo desaparecer y cuándo preguntar al tío si quiere otra copa. Su talento no está en el currículum, sino en la atmósfera. Y ahí es donde reside el verdadero arte del poder: en construir ficciones funcionales que nadie se atreva a desmontar.
Porque, admitámoslo, todo poder necesita una sobrina. Son la forma más elegante de no estar solo sin tener que compartir nada. No hay contrato, no hay derechos laborales, no hay amor. Solo una presencia dócil, versátil y bien peinada dispuesta a darlo todo por la pasta. Y si mañana estalla un escándalo, basta con una frase dicha sin el menor sonrojo: «En realidad no es mi sobrina, es mi pareja sentimental».
Lo mejor de todo es que esta figura no es privativa del PSOE, ni siquiera de la política. Hay sobrinas en las empresas públicas, en las ferias del libro, en los think tanks, en las productoras de documentales sobre el cambio climático. Siempre al lado de un hombre que ha entendido que el poder es más llevadero si hay alguien cerca que no te va a pedir explicaciones y la fiesta la paga(mos) otro(s). No una igual, no una esposa, no una hija: una sobrina. Y, claro, cuando alguna periodista con alma de novelista plantea la pregunta incómoda —¿Quién es esa chica?—, la respuesta ya está escrita: «Es mi sobrina». No hay nada más tranquilizador, más inofensivo, más desmovilizador. Es como decir que alguien es del barrio. Automáticamente se desactiva la sospecha. Todo parece natural, entrañable, casi familiar.
Pero ya lo decía la dependienta de Pretty Woman, que había visto más trajes caros y más mentiras que el registro mercantil: «Cariño, nunca lo son». Pues eso.








Y luego dicen que quieren abolir la prostitución. Je, je…
Me encantó el artículo … vi Pretty Woman siendo muy joven … y la escena de la «sobrina que no lo es» no me pareció ni extraña ni moderna … una escena más cualquier película … ahh que cosas …
Parece muy inteligente y agudamente crítico decir que «todo poder necesita una sobrina». Pero en realidad es una frase profundamente cínica. Por dos motivos: es falsa (o en el mejor caso efectista pero indemostrable) y anula la crítica al corrupto: la culpa no es de Abalos, es del poder (Errejón por su parte le echó la culpa al neoliberalismo).
Este mensaje exculpatorio se confirma unas líneas abajo: «esta figura no es privativa del PSOE, ni siquiera de la política». En este caso la afirmación es totalmente cierta, pero certifica esa critica al poder como ente abstracto abstracto (crítica de abajo hacia arriba, por supuesto, defendiendo siempre a los débiles, que nadie lo dude…).
Yo solo puedo decir que he conocido hombres (y mujeres) con poder. Hay entre ellos seres despreciables, que tienen ‘sobrinas’ y cosas peores, pero también hay personas razonablemente decentes, con sus defectos pero también con sus principios.
Y creo yo que cuando se descubre que un hombre (o mujer) poderoso abusa de este poder, lo que tenemos que exigir es un castigo para el culpable, responsabilidad a sus superiores y mayor transparencia y control de las personas que ejercen el poder en nuestras instituciones.
Este artículo despersonaliza el delito, apunta a un hombre de paja (el poder) y refuerza un fatalismo inoperante ante la corrupción.
No sé. Qué sea un patrón que se repite da una idea de algo más que una simple elección personal entre ser o no ser un corrupto. Apunta a un sistema en la que la «sobrina» se exhibe como un trofeo, un sistema que recuerda a los reyes y príncipes y sus queridas, a un sistema patriarcal en suma, más social que individual.
Hay la (famosa) cancion de Robert Burns sobre una chica joven cuya madre se empeña en que se case con un viejo por su dinero…
What can a young lassie do wi’ an auld man
What can a young lassie, what shall a young lassie,
What can a young lassie do wi’ an auld man?
Bad luck on the pennie, that tempted my Minnie
To sell her poor Jenny for siller and lan’!
He’s always compleenin frae morning to e’enin,
He hosts and he hirpls the weary day lang:
He’s doyl’t and he’s dozin, his blude it is frozen.
O, dreary’s the night wi’ a crazy auld man!
He hums and he hankers, he frets and he cankers,
I never can please him do a’ that I can;
He’s peevish, and jealous of a’ the young fellows,
O, dool on the day I met wi’ an auld man!
My auld auntie Katie upon me taks pity,
I’ll do my endeavour to follow her plan;
I’ll cross him, and wrack him until I heartbreak him,
And then his auld brass will buy me a new pan.
This is a song by Robert Burns. It was written in 1792.
Al leerte me he acordado de la escena, de esa pequeña joya en blanco y negro que es La Torre de los Siete Jorobados del director Edgard Neville, en la que la Bella Medusa canta «Manola la Manola la,toca toca la pianola la…»
y el piso en Chamberí que le prometen que le van a poner. No es tan antigua, 1944, pero me ha traído el sabor añejo.
Antes, todos los curas tenían una «sobrina» que vivía con ellos. Luego se las llamó barraganas.
Bueno, ya llegamos. Si alguien pregunta, eres mi sobrina» -CHICA: «Sí soy tu sobrina, tío Joe» -QUIMBY: «¡DIOS MIO, SOY UN DEGENERADO!»
Nunca he visto «Pretty Woman». Hay que empezar por el NO y la desobediencia a un sistema corrupto. Y sobrinas u otra denominación desde antes de Galdós. Sin hablar de las sobrinas de los curas…,
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