Literatura

También en junio nieva Chaves Nogales

Francisco de Goya y Lucientes Duelo a garrotazos
Duelo a garrotazos de Goya

I

El siempre sorprendente Juan Bonilla ha publicado en Jot Down una delicada miniatura narrativa que me toca especialmente de cerca. Forma parte de una interesantísima serie, Los falsificadores, en la que nos cuenta la vida y trabajos de distintos mixtificadores literarios cuyos empeños y peripecias resultan memorables, aunque al final terminara descubriéndose, en todos o casi todos los casos, la trama completa de sus falsedades y falsificaciones. La serie, amenísima y bien escrita, terminará siendo un libro de éxito, como la mayoría de sus libros, y cuenta ya con diez intensos capítulos.

El título del décimo y recién aparecido, «Chaves Nogales, autor del Quijote», inducirá a error a cualquiera que no proceda rápidamente a su lectura, ya que no trata en realidad de falsificación alguna urdida por el extraordinario escritor y periodista sevillano. Juan Bonilla me lo dedica, como editor literario de Chaves Nogales, pretendiendo demostrar que mi edición de Guerra total, supuesta continuación de A sangre y fuego, no es sino un absoluto fake, un torpe invento mío que bien vale por una falsificación de la obra de Chaves Nogales.

Sostiene el implacable jerezano que si me convoca a esta serie de «falsificadores» no es estrictamente porque sea yo quien directamente falsifique relatos de Chaves. Lo que en realidad hago, a su parecer, es robarle la autoría de unos relatos a unos escritores casi desconocidos, sin valor comercial, para atribuírsela «a una firma ya consagrada» como la de Chaves Nogales. Considera esa «estrategia» mixtificadora mía lo suficientemente original como para encontrarme un lugar en esta serie de Jot Down que bien pudiera considerarse un modesto pero punzante añadido a la Historia universal de la infamia, que tantos admiramos.

Al parecer, mi edición de Guerra total puede resumirse en lo siguiente: «hacer firmar a Chaves una colección de cuentos escritos por otros periodistas que andaban por París en el 38», ya que yo «quería publicar algo inédito del Chaves Nogales narrador, y como no tenía había que inventarlo».

Lo más curioso es que el escritor y periodista Juan Bonilla cree, porque así lo manifiesta, que mi «ambición principal al perpetrar el fake no era tanto agrandar la obra de Chaves Nogales como tomarle el pelo a la prensa cultural española, tan perezosa ella», y que si me invento la autoría de Chaves Nogales es «con el solo afán de ridiculizar a la prensa cultural española», «a sabiendas de que nadie se pararía a comprobar las fuentes ni a dudar de la calidad», ya que «en el mundo cultural español lo que importan son los envoltorios, lo que vaya dentro es lo de menos porque a casi nadie preocupa ni casi nadie lo examina».

La idea de que soy yo —y no Juan Bonilla— quien de verdad quiere tomarle el pelo a la prensa cultural española y ridiculizarla, estaría en línea con la idea de que la autoría de Chaves es un invento y que los medios de prensa que la defiendan y reseñen favorablemente el libro se habrán dejado engañar por mí,  aunque yo —y eso sí que es una revelación— no crea en mi propio engaño: «hay que descartar del todo la mera posibilidad de que Linares crea que los cuentos de Guerra total no pudieron escribirlos los autores olvidados que los firmaron»… «Abelardo Linares ha montado el fake de Guerra total sin creerse él mismo que esos relatos, flojos la mayoría, sean de Manuel Chaves Nogales, a quien se los inflige».

De acuerdo con esa personalísima y original teoría de Juan Bonilla, El Cultural, The Objective, El País, Letras Libres, El Confidencial, la Cadena SER, La Razón, 24 Horas, El Diario, El Correo, Zenda, ABC, El Imparcial y todos los demás medios que se están ocupando o se ocupen en el futuro de Guerra total, según J. B., «exaltando el hallazgo (“¡Chaves Nogales inédito!”, “¡Acontecimiento editorial de la década!”)» serán ingenuos e ignorantes y defenderán un bulo, «una inventada». Los únicos que no nos engañaríamos seríamos, así, el siempre avisado Juan Bonilla y yo.

II

Al creador de la serie Los falsificadores no le bastaría ni le bastará que estuviera equivocado en cuanto a la autoría de Chaves Nogales, necesita que sea yo un delincuente, un falsificador. Por eso trata de aplicarse a demostrar que soy el primero en no creer en la autoría chavista.

La primera razón para ello, un tanto vaga e implícita, es que los relatos son: «flojos, en su mayoría» y que, si son flojos de verdad, yo, como él mismo, no puedo creerme que los haya escrito Chaves Nogales. Pero la primera vez que dice eso Bonilla no aclara demasiado la cosa. Más adelante, al hablar de Eduardo Borrás, clarifica un poco más su opinión sobre los relatos, pero tampoco demasiado: «de los ocho recopilados hay dos muy buenos (no es casualidad que ambos sean de Eduardo Borrás), el resto es flojo». Dado que los relatos de Borrás son tres, la aclaración no es excesiva, pero nos sirve.

De los diez relatos que forman Guerra total no es fácil ponerse de acuerdo en cuáles son los mejores, pero no es cuestión ardua decidir que los dos más «flojos» son «El refugio» y «Hospital de sangre». Eso pienso yo y eso ha reconocido el temprano lector del original José Luis García Martín. Me parece realmente significativo que las únicas dos piezas innegablemente escritas por Chaves Nogales no estén entre las mejor consideradas del conjunto.

La siguiente razón consiste en imaginarse que no hay nada relacionado con Chaves Nogales que me sea ajeno y desconocido y que si no hablo de algo que sabe o cree saber J.B. es porque quiero ocultarlo y que si quiero ocultarlo es porque si no lo ocultase se desmoronaría como un castillo de naipes mi argumentación a favor de la autoría de Chaves Nogales.

Tenemos así que el tremendamente informado Juan Bonilla conjetura: «Es imposible que Linares no sepa que Rafael Delgado vivió de escribir crónicas en El Nacional, de Caracas». Pues no, no lo sabía, pero tampoco sé en qué influiría eso en decidirme a considerar que los cuentos que él firma con su nombre y con el de Lumo Reva están por él escritos y no por Chaves Nogales.

Sostiene luego nuestro admirable jerezano que a otro autor, Fernando de la Milla, jerezano como él, «le sobraba prosa para escribir una docena de páginas derramando una estampa bélica», lo que está muy bien; pero no me parece razón suficiente, por muchas estampas que pudiera derramar, para verme obligado a atribuirle el relato que firma en Madrid. Lo siento.

Para Bonilla es asimismo imposible que yo no pueda saber de la existencia de un libro como Un tal Adolfo Hitler, publicado por Eduardo Borrás en la editorial argentina Poseidón. Pues no, no es imposible, aunque casualmente tenga dos ejemplares, uno en rústica y otro en tela.

Lo que sí me parece imposible es que el autor de un relato tan fantasioso, un poco al modo de El ladrón de glándulas de Wenceslao Fernández Flórez con diez vueltas de tuerca, pueda tener nada que ver con la narrativa de Chaves Nogales. El caso es que, a principios de 1938, Eduardo Borrás no sabía escribir. Quizás luego, en el exilio, aprendiera a escribir como Eduardo Borrás. Lo que nunca supo es escribir como Chaves Nogales.

En cuanto a Antonio Ruiz Vilaplana, pese a que, al parecer, cubrió durante un tiempo la información de «tribunales» en el diario Ahora, nunca apareció un artículo suyo antes de noviembre de 1937. Lo que en realidad fue es secretario de juzgado y abogado (por ejemplo, de Luis Montiel, el propietario de Ahora). El puñado de artículos escritos por Ruiz Vilaplana para La Vanguardia, Mi revista y Solidaridad obrera, fueron auténticamente terribles y bastan para llegar a la conclusión de que el autor de esos artículos jamás pudo ser el autor del relato que firma.

Destierro en Manhattan, hablo de memoria, lo publicó E.D.I.A.P.S.A., en México, pero Vilaplana nunca vivió en México como se dice en el prólogo de la reedición de la editorial Zimmerman citada por Bonilla. De New York pasó directamente a Ginebra a finales de los cuarenta. De todos modos, reconozco que Destierro en Manhattan revela un avance respecto a los artículos que escribió en el último tramo de la Guerra Civil.

III

Resulta un tanto decepcionante que el estupendo escritor que es Juan Bonilla se haya documentado en esta ocasión tan pobremente y esté tan falto de argumentos y tan confuso a la hora de defender su punto de vista.

Pero claro está que puedo equivocarme en atribuir a Chaves Nogales la totalidad de los relatos publicados en el semanario Madrid. Incluso se me ocurre ahora mismo que podríamos encontrar soluciones alternativas para el misterio de «los relatos madrileños». Por ejemplo, que los ocho relatos no relacionados con Chaves Nogales hayan sido escritos en realidad por Antonio Ruiz Vilaplana a solas o por Ruiz Vilaplana y Eduardo Borrás, catalanes los dos y los dos excelentes narradores en opinión del rayo intelectual jerezano. La prueba fundacional podría ser que tras dejar sentado Juan Bonilla que los dos mejores relatos de Guerra total pertenecen a Borrás, también «hay un par de relatos con innegable aire Chaves Nogales, uno de ellos muy bueno» en el volumen Destierro en Manhattan.

Como el olfato literario, el olfato de lector de Juan Bonilla, me lo tomo muy en serio, quizás más en serio que el mío propio, tal cosa podría ser un buen comienzo. Después de todo, en ningún momento ha dicho el muy crítico Juan Bonilla que los relatos de Guerra total tengan «aire Chaves Nogales» y menos aún «innegable». De ahí que sea importante que sí lo tengan los relatos de Destierro en Manhattan, libro que, estando yo de viaje, no puedo examinar en este momento. De tenerlo conmigo, podría incluso reproducir el relato del que habla con tanto entusiasmo Bonilla para que pudieran también deleitarse con sus exquisiteces los lectores.

Si el Vilaplana narrador tuviera las mismas virtudes literarias que nuestro Chaves Nogales o incluso mayores —ya que, para Bonilla el relato que él defiende es muy bueno mientras que la mayoría de los de Guerra total son, en su buen criterio, «flojos»—, debiéramos empezar a considerarle un auténtico maestro de la narrativa breve hispana y a pensar que muy probablemente los ocho relatos inéditos no fueron escritos por Chaves Nogales, como algunos hemos estado considerando hasta el momento, sino por él, por Antonio Ruiz Vilaplana, aunque solo firmara uno de ellos, por timidez o por juego o por cualquier otra razón, o incluso por Ruiz Vilaplana y Eduardo Borrás.

De Borrás apenas sabemos nada, pero Vilaplana por entonces, primeros meses de 1938, estaba muy ocupado promocionando su libro Doy fe… por España y América, y aunque trabajara en la embajada española de París, se pasaba las semanas dando mítines y conferencias en lo que quedaba de la España republicana.

Ser autor de un libro de memorias como Doy fe… no es contradictorio o incompatible con ser un gran narrador. Los artículos de Vilaplana sí eran realmente horrorosos de estilo y, por lo tanto incompatibles, con los relatos de Guerra total, pero podrían haber sido obra de un negro literario que los escribiera para cumplir con los compromisos contraídos por el muy ocupado e itinerante Ruiz Vilaplana, que alcanzó en pocos meses tanto prestigio y tal vitola de gran escritor que, cuando la República quiso enviar a París, con motivo del entierro del poeta César Vallejo, a alguien que representara a los intelectuales y escritores españoles, la persona en quien se pensó fue en Antonio Ruiz Vilaplana.

Al fértil en astucias Juan Bonilla, solo le restaría justificar o disimular la presencia en Madrid de Rafael Delgado y la de su paisano Fernando de la Milla, asunto en el que de seguro no tendría la menor dificultad, vistos los antecedentes.

IV

La parte puramente literaria de este décimo capítulo de Los falsificadores, pese a no tener un carácter histórico sino de la más pura, rabiosa o enrabietada actualidad y tratar de alguien que fue amigo suyo hasta hace poco más de un año, me parece excelente, aunque no sea solo literatura, sino también una especie de segunda parte de «Abelardo Linares, el síndrome de Pupú Poulidor» publicado en junio de 2025 en esta misma revista. Pero aflora también en esta miniatura un amargor, un afán por no concederle a las cosas su verdadero peso, un hálito de obsesión y sospecha que perjudica, en mi opinión, la innegable calidad del texto.

Cuando Juan Bonilla insiste una y otra vez, no en lo que yo he hecho en mi edición, sino en lo que cree él o pretende él que he hecho e inicia frases tan estupendas como: «En algún momento a Linares debió ocurrírsele la gran idea de que…» se equivoca. Porque no describe, noveliza.

Cuando resume mi investigación —llamémosla así— sobre los semanarios República y Madrid, en los que tantas huellas y escritos de Chaves Nogales aguardaban a cualquiera que se acercara a sus páginas, escribiendo: «El semanario estaba colgado en el portal de la Hemeroteca Nacional. Bastaba con juntar esas estampas bélicas, endilgárselas a Chaves con un retorcido argumento, acompañarlas de un largo epílogo… y shazam… ahí tendríamos la segunda parte de A sangre y fuego»… se equivoca. No bastaba con eso. La prueba está en que él, por lo que parece, ni siquiera ha ojeado República ni Madrid. O no ha encontrado en ellas nada que merezca contarse, lo que es lo mismo, si no es peor.

Cuando habla de Rafael Delgado o Eduardo Borrás como si los conociera de toda la vida… se equivoca. Por ellos mismos no tienen ninguna relevancia literaria. La tienen porque aparecen firmando relatos que en realidad escribió Chaves Nogales. Tampoco yo conocía de nada a Eduardo Borrás antes de tropezarme con Madrid. A Rafael Delgado-Lumo Reva sí, porque casualmente (tal como cuento en el epílogo) voy a reunir en un tomo una serie de artículos suyos sobre su estancia en un campo de concentración francés que aparecieron en una revista mexicana de los años cuarenta. No es verosímil que Juan Bonilla, pese a todo lo que sabe, que es mucho, conociera con anterioridad a Eduardo Borrás y a Rafael Delgado.

Cuando nos dice (y me dice) que «Doy fe…  enseguida fue traducido al inglés con el título de Burgos Justice»…  se equivoca. Porque eso, además de no venir a cuento, es falsa y algo barata erudición al alcance de cualquier wikipedista. Burgos Justice es relevante porque Ruiz Vilaplana contestaba, en las primeras páginas, a un cuestionario y sus respuestas son muy relevantes para cualquiera que en la actualidad se interese por su verídica biografía.

Y, puesto que no pretendo ser exhaustivo, finalmente, cuando dice: «En el epílogo […] Linares idea una razón para que Chaves les asignase a compañeros suyos la producción propia. Temía represalias en la España Nacional contra miembros de su familia», se equivoca. Yo no digo tal cosa. Lo de las represalias quien lo dice o escribe es Fabián Vidal o el propio Chaves Nogales en el pequeño texto anónimo que antecede a «¡Viva la muerte!», el único relato de Chaves Nogales publicado en el semanario República, de Niza, firmado con el seudónimo de Juan Martínez.

Tengo material para publicar, aproximadamente, una veintena de volúmenes que incluyan —en parte o por entero— obra de Chaves Nogales no conocida hasta el momento. Una parte de ella firmada, pero otra buena parte publicada de forma anónima o con seudónimo, por lo que habrá numerosas y buenas ocasiones para la polémica, incluso de buena fe.

Por otros veinte años más, al menos.

Estaría bien.

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