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Cuando nadie nos ve: la Guardia Civil como última metáfora del deber

Cuando Nadie Nos Ve E03 009 cEmilio Pereda
Imagen promocional de Cuando nadie nos ve

Hay trabajos que se justifican en cenas con vino caro y aplausos entre postres, y otros que se sostienen en madrugadas frías, con café recalentado y un «usted verá» como único manual de instrucciones. Cuando nadie nos ve, adaptación de la novela homónima de Sergio Sarria publicada en 2019, no retrata a la Guardia Civil como un cuerpo armado —aunque lo esté—, sino como esa reliquia insólita de orden y persistencia en un país que ha hecho del caos un modelo de negocio. Enrique Urbizu, que dirige esta producción de Zeta Studios para Warner Bros. Discovery con la precisión de quien ya no cree en las consignas pero sí en el encuadre, planta a sus picoletos en mitad del polvo, las cloacas y el excelentísimo arte de mirar para otro lado. No para beatificarlos, sino para repartir un poco de justicia a un cuerpo que patrulla entre ruinas morales con la misma resignación con la que un funcionario de ventanilla encaja un lunes: sabiendo que nadie les dará las gracias, pero también que, si ellos fallan, solo quedará el ruido, la desmemoria y algún tertuliano explicándolo todo a gritos desde un plató de la Sexta.

Sepukku

Todo comienza con una hoja afilada y un plano sostenido. Un moronense, maestro de artes marciales, se arrodilla en un bello patio andaluz y se abre el vientre en una ceremonia de honor que nada tiene que ver con nuestro folclore, pero que, filmada por Enrique Urbizu, cobra un sentido tan telúrico como estético. Es un seppuku una muerte ritual de otro tiempo, sin drama ni cortes rápidos, que nos mete en un mundo donde la violencia es solo la primera capa de algo mucho más denso, como si Takeshi Kitano hubiese heredado los olivares.

Desde esa escena inaugural, Cuando nadie nos ve se alinea con una tradición reciente de thrillers españoles que encuentran en la periferia un lugar moral, en los márgenes geográficos el eco de lo que queda fuera del discurso oficial. La conexión más evidente —y justa— es con La isla mínima, aunque aquí las marismas han sido sustituidas por la tierra agrietada de Morón de la Frontera y el barro por una cantera de cal. Pero el aire es el mismo: denso, estancado, a punto de romperse. Y el silencio también: un silencio que no es calma, sino amenaza.

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4 comentarios

  1. Isidora Seltz

    Maribel Verdú está fantástica. Y me ha encantado Austin Amelio en un papel contenido y con una tensión latente a punto de explotar. La chica cubana reciclada en Italia, Mariela Garriga, tampoco lo ha hecho mal, aunque para mí está algún peldaño por debajo. Los secundarios, algunos mejor que otros y el control muy bueno, tratándose de Enrique Urbizu que junto a Rodrigo Irigoyen, son para mi gusto, los mejores en este género.

  2. Una serie muy conseguida. La única pega es el capítulo de cierre, muy corto y un poco forzado.

  3. La serie me ha parecido bastante mala, no tanto por la producción en si o el guion que, con sus cosillas, estarían medianamente decentes, sino por las interpretaciones y la construcción de personajes, muy especialmente el de la inspectora a la que da vida (por decir algo), Maribel Verdú. Una auténtica colección de estereotipos y unas actuaciones sonrojantes. Se salva el Rovira, tal vez porque tampoco se le pide mucho, y el sargento asesino. La acabamos ya por morbo y visionándola casi como una comedia.
    Un clásico de nuestro cine y TV, producciones con uno o dos actores solventes (no necesariamente los protas) y el resto del elenco que no sabes si están en prácticas de la escuela de teatro o qué. Ya no sabes si es problema de los propios actores, de la dirección de los mismos o de qué. Que diferencia con tantas series de otros países que, estando mejor o peor, en general presentan actuaciones como mínimo solventes.
    Ya lo de la promoción en Movistar+ diciendo que el NYT la consideraba «una de las mejores series internacionales de los últimos años»….. Seguramente el equivocado soy yo.

    Saludos

  4. La serie es excelente; a la interpretación perfecta de Maribel Verdú hay que añadir las de Dani Rovira, Carlos Beluga y Abril Montilla; cada uno representa a un guardia civil diferente. Beluga a uno torpón, Rovira, al burócrata eficiente, y Montilla, aunque es solo una guardia, viene de la aristocracia del cuerpo y lo hace notar en cada plano. Es una serie a la altura de Rapa e Hierro.

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