Sociedad

¿Cuánto me ha costado la separación por sentirme culpable?

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Imagen promocional de Invisibles: La historia de las hermanas Brontë. 2016

Me enamoré en internet. Suena banal, pero no lo fue. Me enamoré jugando al apalabrados, un juego de palabras cruzadas en el que tu última intención al colocar una letra debería ser enamorarte, y sin embargo ahí estaba yo, puntuando poco, pero sintiendo demasiado. Me enganché a la que luego sería mi pareja como lo hacen los protagonistas en las novelas de las hermanas Brontë, con una mezcla indigerible de vértigo, necesidad y una pasión que no pedía permiso, ni perdón. Él vivía una ciudad más moderna que la mía, en un piso compartido con posters de Juego de tronos, tazas sin lavar y compañeros que todos los domingos acudían a batucadas.

Me enamoré mientras seguía viviendo con mi novio de entonces. Sí, lo sé, es un detalle importante. A veces una se traiciona con ternura. Tras regresar de mi segundo viaje como vulgar novia infiel decidí romper con mi pareja: «Ya no siento los mismo». Él me miró como si acabara de arrancarle una costilla y, aun así, quiso saber si había otro. Le dije que no. Mentí con esa clase de elegancia emocional que solo se alcanza cuando una cree estar obrando por el bien del otro. Lo acompañé en su duelo durante más de un año. Cocinábamos juntos, salíamos con los amigos, hacíamos como sí. Pero yo, como si no. Fui una hipócrita, una samaritana del corazón ajeno, y una pésima actriz.

Para amortiguar mi culpa, le busqué una novia. Literalmente. Quedé con una amiga común que sé que le atraía y le dije: «Oye, creo que deberías quedar un día con mi ex». Hoy están casados, tienen un gato, un niño rubito con los ojos azules y publican fotos de viajes a Escocia donde sonríen como si no conocieran el resentimiento. Y, sin embargo, cuando nos separamos, él se quedó con mi coche. Y con la casa de la que solo conservo una copia de las escrituras escaneadas. Una casa que compramos entre los dos, con ahorros míos y préstamo suyo, o viceversa, ya ni me acuerdo. Él se quedó con todo. Yo me quedé con la culpa. Y con la absurda idea de que compensar por amor era un acto de grandeza moral. Me sentí una santa, una mártir del desamor, una Juana de Arco inmobiliaria.

Todo empezó con aquella frase que una vez leí en un texto de Juan Bonilla: «Solo conoces bien a una persona cuando te separas de ella». Yo pensaba que exageraba. A fin de cuentas, yo le conocía bien. Dormíamos juntos, le había visto llorar por su madre, por su jefe, por el final de Six Feet Under. Sabía que no le gustaban los pimientos, que le daban miedo los ascensores antiguos y que creía que el destino de los perros era la reencarnación. Pero cuando nos separamos, descubrí que también era un maestro del autoengaño y que todo lo que me arrebató, o más concretamente le cedí porque soy una pringada, se convirtió en parte de su relato heroico: él, abandonado pero digno; yo, la fugitiva sin escrúpulos. Le dije: «Quédate con la casa, yo me busco algo. Tú necesitas más estabilidad que yo». Mentira. Yo necesitaba huir. Le dije: «El coche está a tu nombre, mejor no complicarnos». Traducción: no quiero verte más en mi vida, ni en la gestoría. Le hice el duelo, le hice el papeleo y encima le hice el favor. El perfecto combo de la imbécil compasiva.

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13 comentarios

  1. ESPECTACULAR
    Gracias por la reflexión

  2. Quitando los pimientos y el coche (no tengo ni carnet) esa es, también, mi historia. Podemos hacer un club

  3. Interesante reflexion.
    Tambien es interesante como la culpa, que te empuja a tomar ciertas decisiones, se diluye con el tiempo.
    Supongo que nadie puede vivir con la culpa de haber sido infiel y mentiroso para siempre, y que su intensidad baje es necesario.
    Y tambien es curioso como esa intensidad baja, pero no la de estar pensando que has perdido dinero en el proceso de separacion. Esa rabia sigue intacta. El bolsillo parece olvidar mas despacio.

  4. Pagaste un precio por eludir el dolor de los remordimientos. No está mal, hay quien se lo gasta en psicólogos.
    Lo malo es que han vuelto años después, y el causante es precisamente lo que te alivió la primera vez.

  5. Gracias por tu escrito, la diferencia con mi historia es que cuando le ofrecí quedarse con todo por mi culpa, él se negó, en ese momento miró más por mi, lo conocí muy bien y me di cuenta de lo que me amaba

  6. En general he visto este proceso con los géneros a la inversa, más todavía en matrimonios con hijos. La toma de decisiones y la negociación dependen de uno mismo y la otra parte, si uno para bien o mal decide hacer algo tiene que asumir las consecuencias supongo… Es duro pero la virtud tiene este tipo de reveses. Quizá haya también algo de sadismo/ falso heroísmo en presentar a la nueva pareja y en no admitir los cuernos… Casi nunca unos son tan buenos y los otros tan malos… Hay muchas capas en este tipo de situaciones que conviene analizar con diferentes prismas. Ánimo y a ser feliz!

  7. ¿No deberían las mujeres haber comprendido ya que el amor romántico es una trampa heteropatriarcal para mantenerlas bajo el dominio del varón?. Enamórense de sus satisfayers y la humanidad habrá dado un paso trascendental en su evolución a un estadio superior en el que los machitos no seremos necesarios. ¡¡ Valerie Solanas tenía razón !! ???

  8. Excelente texto, que para mí tiene poco que ver con el género de su autora, porque yo hubiera hecho lo mismo que ella y soy hombre.

  9. «El otro sale indemne, pero con patrimonio» A ver, supongo que el otro saldrá herido pero con patrimonio, por que indemne, cuando te mandan al carajo no sales.

    • Alberto Salas

      Exacto!

    • Juan quintana

      Interesantisimo articulo.Gracias……pero,por ejemplo,mi primo,tras ella serle infiel,ella se quedó con la custodia y la casa.El se fue al barrio más pobre de la ciudad,trabajar a destajo para pagar a su piso de alquiler,la hipoteca de la casa,y manutención de los hijos….hasta que le dio un ataque al corazón y tuvo que bajar el ritmo.El no pudo elegir,el juez lo dictaminó,quizas por ser hombre,tu si pudiste elegir

  10. Es acojonante. O sea, que (según el artículo) tomas tú las decisiones sobre quién se queda el coche (él), pero el culpable de esa decisión (tuya) es él. No recuerdas quién puso los ahorros y quién pidió un préstamo… pero la culpa es suya. Sólo ha faltado una cosa, que también sea culpa mía. M

  11. Nora Ephron

    «Lo perverso es que esa persona (…) Ni te agradece el gesto, ni se acuerda del precio».

    Yo flipo.
    Ella decide ser infiel y mentir a su pareja en vez de afrontar una separacion con valentia y honestidad moral (ie dejarlo antes de traicionar a la persona a la que hasta ese momento «amabas»), y encima se espera que la otra persona le sea grato por dejarle un coche o la casa (el hecho de pagar un anticipo de 45K no significa que la mitad de la casa sea de propiedad. Solo en intereses del prestamo, èl ha pagado mas de esos 45K….).

    Y menos mal que no estaban casados. De lo contrario, èl se quedaba con los cuernos y la hipoteca. Ella, con la casa y la «dignidad».

    Articulos como este hacen muchisimo daño a la causa anti-patriarcado porque no hace otra cosa que reforzar estereotipos, efecto contrario a la concienciacion por parte del genero masculino, ademàs de crear una sensacion de falso autovictimismo que, en este caso, està completamente fuera de lugar.

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