
Los superhéroes son esa rara especie de ficción que, como las cucarachas y las boy bands, sobreviven a cualquier cosa: a las guerras, a las crisis, a las modas cambiantes, a la demolición cultural y hasta a los mismos lectores que los vieron nacer. Han envejecido sin arrugarse y, por más que los calendarios insistan, siguen combatiendo el crimen como si los huesos no dolieran y las jubilaciones fueran un concepto ajeno a sus manuales. Los superhéroes, y las superheroínas, que tampoco vamos a caer ahora en esa trampa de la testosterona, se han convertido en patrimonio emocional, en herramientas de patio de colegio y en refugio intelectual para adultos que, en lugar de ir al gimnasio, coleccionan ediciones deluxe con sobrecubierta satinada.
Y si bien elegir al favorito puede parecer hoy una frivolidad para charlas de bar, lo cierto es que esas elecciones nos construyeron, nos definieron y, probablemente, nos marcaron más que algunas elecciones reales que tomamos ya de adultos. Superman, el eterno expatriado de Krypton, sigue siendo la postal clásica del superhéroe de manual: el último hijo de un planeta moribundo, criado por granjeros que le enseñaron que la decencia cabía en un almuerzo familiar y que la ropa interior era perfectamente aceptable por fuera del pantalón. Superman es tan luminoso, tan excesivamente bueno, que a veces nos parece un poco antiguo, pero nadie ha logrado borrar su sonrisa de las enciclopedias. Si buscas «superhéroe» en cualquier diccionario, allí está él, flotando.
Batman, en cambio, nos devuelve a la oscuridad, a la fantasía de que el miedo puede ser un superpoder y que, con dinero y trauma suficientes, uno podría domar la noche. No tiene poderes, no le picó ninguna araña radioactiva ni vino de otro planeta: tiene entrenamiento, gadgets y una capacidad prodigiosa para quedarse solo en las fiestas. Es el único que consigue que el hecho de llevar la ropa interior por fuera no sea tema de burla. Bruce Wayne es un millonario soso, pero Batman es el arquetipo del vigilante perfecto, el que no vuela pero sabe hacer caer a los demás.
Y luego está Spider-Man, que fue el primero en demostrar que tener superpoderes no te libra de pagar el alquiler ni de ser un desastre sentimental. Peter Parker es el superhéroe empollón y desgraciado al que, por mucha telaraña que dispare, siempre se le escapa algo. La genialidad de Spider-Man no está solo en sus poderes ni en ese diseño inolvidable de traje, sino en habernos recordado que uno puede tener todo el poder del mundo y, aun así, seguir tropezando con la misma piedra, con el mismo jefe, con la misma mala suerte.
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