
Este artículo es un adelanto de nuestra revista trimestral nº 51 especial Fuego, ya disponible aquí.
Nos encontramos con Elina Chauvet (Casas Grandes, Chihuahua, 1959) una mañana luminosa. La multipremiada arquitecta y artista visual nos recibe en su estudio, rodeada de papeles, libros y silencios. La entrevista que hemos concertado con ella se acaba convirtiendo en una conversación que es también confesión, diálogo interno y un viaje a los pliegues de su historia. Chauvet no es la clase de artista que grita, pero tampoco es de las que susurran. Su obra camina entre la memoria y la ausencia, dejando huellas de sal y fuego sobre las heridas colectivas. Hablamos con ella de su abuela, de su hermana y de las mujeres que ya no están. Y, sobre todo, de las que siguen esperando.
Elina Chauvet creció entre la arquitectura de la frontera y los relatos que tejían su linaje femenino. «De pequeña era muy observadora», recuerda. «Me gustaba imaginar las casas, los espacios. Y también escuchar a las mujeres: sus historias, sus penas, sus luchas». Su tránsito de la arquitectura al arte no fue abrupto, sino que se abrió poco a poco, como esas grietas por las que se acaba colando la luz. «La arquitectura me enseñó la estructura, pero fue el arte el que me permitió hablar del dolor».
En 2009, la ausencia tomó forma de zapato rojo. La instalación Zapatos Rojos nació como homenaje a su hermana desaparecida, pero creció hasta convertirse en un símbolo global contra el feminicidio. Más de ochenta ciudades han replicado la instalación, llenando plazas con zapatos vacíos que, paradójicamente, nunca estuvieron tan llenos de significado. «Esos zapatos caminan solos», dice Elina. «Cada par es una historia. Una mujer que falta. Una madre que espera».
Su obra más reciente, Lágrimas de Sal, es quizás su gesto más íntimo y poético. Sobre las playas de Mazatlán, Elina escribió con sal frases que recogió de las madres buscadoras de mujeres desaparecidas. Mensajes efímeros que las olas borraban al atardecer, como si la tierra misma no pudiera sostener tanto dolor. «La sal preserva, pero también arde», explica. Las frases fueron fotografiadas y convertidas en postales, enviadas como si fueran plegarias, mapas de regreso, pequeñas ofrendas en papel.
Cada proyecto de Chauvet es también una conversación consigo misma, con las mujeres que fueron y con las que vendrán. No busca respuestas. Chauvet prefiere lanzar las preguntas y dejarlas resonar en el espacio público, sean museos o plazas. «Creo que el arte tiene que ser honesto», dice. «No puede mentir. Y si nace de un lugar honesto, ya está haciendo su trabajo».
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