
Resulta que el libro se publicó en 2021 y ni me enteré. Mientras leía noticias sobre decenas de libros ya olvidados, y hasta me zambullía en algunos de ellos —no todos, por suerte, echados al camposanto del olvido—, el libro permanecía encerrado en cajas porque la editorial que lo publicaba quebró o estaba a punto de quebrar, o la distribuidora dejaba de atender las novedades de la editorial, o yo qué sé. Lo cierto es que ni me enteré, a pesar de haberse alzado con un premio prestigioso, el Ciudad de Irún. Y no me hubiera enterado de su existencia si el otro día, paseando Cádiz, a un amigo no se le hubiera ocurrido decir: vamos a llamar al David Monthiel, que él sabe dónde se come bien por aquí. Y ahí apareció el hombre, y traía de regalo un ejemplar del libro encerrado: Historia provincial de la infamia, editorial Algaida, q. e. p. d., 2021.
El guiño a Borges, que decía que se basaba en sus relecturas de Stevenson y Chesterton para componer los ejercicios narrativos de Historia universal de la infamia, y ocultaba la relación de su compilación con las Vidas imaginarias de Marcel Schwob, contenía también un homenaje a Bolaño y su La literatura nazi en América, que sigue siendo —de los suyos— mi libro predilecto. Dado que el libro de David Monthiel se circunscribe a Cádiz y a biografías musicales, y comienza con una apertura apoteósica donde se retrata Cádiz como la meca del embuste y la coba, la paradoja de que la gente se desnude disfrazándose y la exageración más disparatada —no exenta a veces de sentimentalismo pernicioso—, me zambullí en el libro sin estar muy seguro de cómo iba el hombre a sortear sus propias imposiciones. A la segunda vez que me tiré al suelo de la risa, supe que aquel era el libro que más iba a regalar este año, aunque ya no estuviéramos en 2021.
Se las avía Monthiel para levantar vidas gaditanas y flamencas mezclando una erudición pirada y un estilo elegante que no comete el error de querer ser borgiano. En la primera de las biografías damos con un prodigio del cante que tiene la facultad extraordinaria de matar señoritos que, al escucharlo tan jondo y tan verdad, se dan de cabezazos contra una pared hasta que pierden el sentido. El muchacho utilizará su superpoder para la lucha sindical, de donde asome pronto la duda de si de verdad, como se cuenta en las calles de Cádiz, «el Sierra» ejecutaba un cante que llevaba al suicidio a quienes lo escuchaban o más bien juntaba a los que lo escuchaban para ejecutarlos en nombre del hambre y la lucha obrera.
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