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En defensa de Fernando VII

En defensa de Fernando VII 2
Fernando VII.

Este artículo es un adelanto de nuestra revista trimestral Jot Down #52 «El siglo de las luces», ya disponible aquí.

Pues no, no voy a empezar el artículo insultando al memo de Fernando VII (Fernandito, cariño, que te llame «memo» es lo más suave que puedo decirte). Voy a empezar el artículo defendiéndolo. Se habla mucho de la Constitución de Cádiz, aquella famosa Pepa, pero muy poco del Manifiesto de los persas, en el que un grupo de diputados conservadores pedían la vuelta del Antiguo Régimen tras el destronamiento de José I Bonaparte y la expulsión de las tropas napoleónicas de España. En 1814, cuando aquello finalmente ocurrió, Fernando VII regresa a su palacio y se enfrenta a su primer gran dilema como monarca restaurado: decidir cuál de estos documentos se ha de arrojar a la chimenea. No se lo piensa mucho, y es normal: el Manifiesto empieza con esas palabras tan bonitas («Era costumbre en los antiguos persas pasar cinco días de anarquía después del fallecimiento de su rey, a fin de que la experiencia de los asesinatos, robos y otras desgracias les obligase a ser más fieles a su sucesor») y dice cosas que se entienden bien y que suenan mejor. No como lo otro, esa cosa fea y sosa que llaman «constitución», llena hasta el aburrimiento de palabras extrañas e incomprensibles.

Además, por si con eso no bastara, tenemos al general Elio en Valencia, ofreciéndole sus soldados para restaurar el absolutismo, y, más aún, tenemos al pueblo que grita «vivan las cadenas» al paso de su carroza. Y no sé si será verdad o será una exageración lo de desenganchar los caballos y ponerse a arrastrar a lo bruto el pesado carruaje, pero ese gesto, si realmente sucedió, le debió de encantar al rey, que por lo demás ya estaba suficientemente convencido y entendía bien por qué su amado pueblo había rechazado la libertad de los franchutes.

Sí, nos guste o no, tenemos que ser honestos, y eso implica reconocer que todo lo que quería hacer ese señor, o mejor dicho, todo eso que pensaba que con solo desear que sucediera iba a suceder, a la altura de 1814 aún parecía posible. Y parecía tan posible que lo consiguió sin demasiado esfuerzo.

Pero claro, en 1814 todavía quedaban muchos muertos por enterrar, muertos invadidos y muertos invasores, y la gente no estaba harta de matarse (el pueblo de eso no se cansa nunca), aunque se mantenía a la expectativa, esperando instrucciones, aguardando que le dijeran a quién tocaba degollar ahora.

Los nobles y la Iglesia lo tenían muy claro: los liberales, el demonio son los liberales, la ruina son los liberales, la peste son los liberales. Ellos se pusieron de parte de Pepe Botella. Ellos quieren acabar con la moral y el orden, ellos quieren destruir los monasterios y poner fábricas donde hay talleres artesanales, ellos quieren acabar con nuestros privilegios… (no, eso no lo decían, pero lo tenían muy presente, y es lógico, su forma de vida estaba en peligro).

¿Y el rey, qué enemigos tenía el rey? A Fernando VII le daba igual un enemigo que otro, pero, puestos a elegir, era de los de antes, de los de la vieja escuela, de los del viejo mundo. En Francia había vivido bien, increíblemente bien dadas las circunstancias. Napoleón lo trataba con cortesía. No le faltaba de nada. Es cierto que era un prisionero, pero un prisionero que vivía estupendamente, aunque no pudiera regresar a su querido reino. Sabía que tenía que esperar. Su padre se iba a morir. El plan de Napoleón iba a fracasar. Su momento llegaría antes o después. ¿Pensaba eso? ¿O no pensaba nada? Simplemente dejaba pasar los días dócilmente, a la espera de lo que fuera a pasar.

Tenía mucho tiempo libre. En las largas tardes de su cautiverio tal vez tuvo algún instante para reflexionar acerca de los movimientos caprichosos del destino que le habían llevado hasta aquel lugar. Comprendió con tristeza cómo sus errores y su torpeza le habían alejado de su trono y de su amada patria. ¿Lo hizo? No lo sé. Su hermano rezaba. Él leía en silencio. A veces el silencio se parece a la inteligencia; sin embargo, no es más que el resultado de una absoluta falta de imaginación, del mismo modo que la falta de imaginación es un síntoma aparentemente secundario de la estupidez. En cualquier caso, ateniéndonos a los hechos, una cosa está clara: cuando volvió a sus queridos reinos, cuando se reencontró con su querido pueblo (que tanta sangre había derramado en la guerra contra el invasor), lo primero que hizo fue decir una de sus grandes frases, una acorde con lo que requería la ocasión… Iba a entrar en una nueva sala de la historia, tenía la puerta abierta de par en par y, sin embargo, él prefirió darse la vuelta. El futuro no le seducía, el pasado era más cómodo, más conocido, más tranquilo…

«Que todo sea como siempre ha sido, que todo vuelva a ser como era antes». No, estas no fueron las palabras exactas (él era más refinado, que para eso venía de tan magna cuna), pero el sentido era ese, y todos lo entendieron perfectamente. Porque ese «antes» estaba muy claro… antes de 1808. Antes del lío de Aranjuez (vaya cosa más cutre, la verdad), antes de las mentiras absurdas de Napoleón (con lo listo que era este hombre, y qué mal le salió todo…), antes de esa cosa tan fea de las Cortes de Cádiz, antes de su accidentado viaje a Bayona, antes de Bolívar, que ya empezaba a hacer trastadas en Venezuela, antes de… Bueno, resumiendo, que los últimos años eran materia de olvido (un olvido decretado desde el poder y que se debía extender a todos los rincones del reino), que desde 1808 hasta 1814 no había pasado nada digno de ser recordado, o, en todo caso, todos los hombres y mujeres habían vivido una larga pesadilla de la que por fin habían despertado, y al despertar habían respirado aliviados, porque el sol brillaba como siempre, porque todo seguía como «antes». Era un deseo sincero. Y en su defensa diré que era el deseo de la mayoría del pueblo. Y, sobre todo, era el deseo de los nobles y la Iglesia, de manera que el rey no estaba solo, tenía apoyos fundamentales, podía pensar que su deseo se haría realidad y que esa realidad inmutable y controlada duraría por mucho más tiempo.

¿Y entonces…? Los liberales… Estaban los liberales… Y estaban los que querían que los virreinatos dejaran de ser virreinatos para convertirse en reinos a secas. Y estaban los ingleses fastidiando todo lo que podían (como siempre), pero, sobre todo, sobre todo estaba el futuro, ese salón nuevo al que no había querido entrar, porque el salón viejo le seguía resultando muy confortable. He dicho que voy a defender a Fernando VII (aunque sea por una vez) y lo intento, de verdad que lo intento, por eso creo que en los años posteriores de su reinado se le puede acusar de muchas cosas, y que en los años anteriores a su reinado (cuando conspiraba torpemente contra su padre) también se le puede acusar de muchas cosas, pero en 1814 no se le puede acusar de ser un anacronismo, un personaje que vive fuera de su tiempo, anclado en el pasado, porque en 1814 restaurar el absolutismo todavía parecía factible. De hecho, parecía más que factible: parecía «lo natural», lo que había que hacer, lo único que era posible hacer (al menos desde su mentalidad de niño educado para ser un rey absoluto). Y esto, que vale para el rey, también vale para gran parte de sus súbditos… aunque estaban los ilustrados, los afrancesados que aún estaban vivos, los nuevos liberales burgueses, menos idealistas y más pragmáticos… Y estaba la realidad, la tozuda realidad…

Pasaron los años. La tranquilidad se mantenía gracias a los sermones, los látigos y, cuando hacía falta, la horca. Algunos intentaban un ataque suicida al poder. No era su momento. Pero la puerta de la historia, una vez se abre, no se puede cerrar. Vino el Trienio Liberal y Fernando aprendió la lección… «He sido un mal rey, sordo a la voz de mi pueblo, pero ahora lo voy a solucionar. Ahora he visto la luz, he comprendido la verdad suprema: el absolutismo es malo, la Constitución es buena, seré un rey parlamentario como nunca habéis visto, el mejor rey parlamentario del mundo, ya veréis, ya, me voy a leer todos los libros de Rousseau, de Montesquieu y el puñetero Voltaire ese, todos, me los voy a aprender de memoria y veréis qué bien los recito en las sesiones del parlamento…». No, claro que no. Sabemos bien lo que pasó. Y qué hizo entonces el pueblo, cuando vio pasar a los Cien mil hijos de San Luis… Nada, no hizo nada, el pueblo tenía bastante con intentar no morirse de hambre.

La Santa Alianza había hecho su trabajo. En media Europa pasaba lo mismo. El absolutismo se mantenía fuerte, y parecía que nada lo iba a derribar. Pero la historia, cuando decide que es hora de hacer la mudanza, nunca se da por vencida.

Volvieron años tranquilos (éramos menos, solo nos quedaba Cuba, Puerto Rico y Filipinas), aunque si vivías en palacio no se notaba que faltara tanta gente (bueno, tal vez un poco sí, en las finanzas, porque los ríos de plata de América se habían secado). Sin embargo, el pobre Fernando tenía un problema muy serio: no tenía hijos. Había ciertos asuntos sexuales… Calla, calla, mejor no decir nada… También tenemos al pesado del hermano, al que se le ha metido en la cabeza que quiere ser rey. La cosa se solucionó a última hora y con muchas dificultades, y resultó que su hija, su única hija, que gracias a la Pragmática Sanción de 1830 ya podía reinar, se quedó sin padre a los tres años. Vaya marrón.

De la Edad Antigua a la Edad Media. De la Edad Media a la Edad Moderna. De la Edad Moderna a la Edad Contemporánea. Eso es muy fácil de escribir… ocupa muy poco espacio en un libro o en un artículo, pero en la vida real lleva mucho tiempo. Y cuesta mucho… No se salta de un sitio a otro de repente, no dejas una habitación y te instalas en otra sin pagar un precio, y ese precio es muy alto y nada equitativo: unos pagan mucho y otros casi ni pagan. Los campesinos que dependían de los monasterios y conventos salieron perdiendo con la desamortización, los ganaderos de la Mesta vieron cómo su manera de vivir se volvía cada vez más difícil y empezaron a añorar los tiempos dorados de los privilegios reales. Fernando acabó sus días pactando con los liberales, a los que antes había mandado matar o había encerrado en la cárcel. ¿Qué podía hacer? Isabel no sería reina sin ellos. ¿Era una traición a sus ideas, a sus viejos aliados absolutistas? Bueno, respecto a lo segundo la respuesta es sí, por supuesto, pero a Fernando traicionar se le daba muy bien. Y la primera pregunta… ¿Qué ideas? Era absolutista, desde luego, pero para él eso solo significaba una cosa: «yo soy rey por derecho divino, hago lo que quiero, tengo todo el poder». ¿Pero para qué sirve el poder? ¿Para gobernar? ¿Y qué es eso de gobernar? Es difícil saber si su indolencia era una estrategia o simplemente era así por naturaleza. Como algunos familiares suyos, nunca pareció tener un verdadero interés en gobernar, en ser un rey que realmente ejerce como tal. Pero sí, he empezado diciendo que voy a defender a Fernando VII (aunque sea por una vez) y en su defensa diré una cosa: ¿si realmente hubiera querido gobernar, como por ejemplo su abuelo Carlos III, hubiera podido hacerlo? ¿Le hubieran dejado hacerlo? La monarquía era un palacio muy antiguo, con muchas grietas en los muros. Había que tapar esas grietas, sí, pero cómo… La Iglesia y los nobles se oponían a cualquier reforma. ¿Cómo enfrentarte a ellos, si ellos eran los dos pilares que sostenían tu trono? Al final el absolutismo cayó. Y cayó desde dentro. ¿Lo vio venir Fernando VII? El futuro era la reforma agraria, la revolución industrial, la soberanía nacional y la separación de poderes, todo eso que él había considerado un mal sueño que convenía olvidar…

En defensa de Fernando VII 2
Los partidarios de Fernando VII asaltan la vivienda de Manuel Godoy poco después del Motín de Aranjuez, 1808. Imagen: Historia del levantamiento, guerra y revolución de España, José María Queipo de Llano y Ruiz de Sarabia, 1835 / Getty.

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