
Hay muchos motivos para exaltar la figura de la gran ajedrecista húngara Judit Polgár, como se postula hacer en Queen of Chess (La reina del ajedrez), documental recientemente presentado por Netflix, dirigido por la norteamericana Rory Kennedy.
Por lo pronto, Judit Polgár, y con mucho margen, ha sido la mejor ajedrecista de la historia. Habiendo sido una niña prodigio, compitió desde siempre con los más competitivos varones, a los que supo doblegar una y otra vez. Toda una rareza.
Asimismo, es producto, el más exitoso, de un experimento educativo impulsado por sus padres, que alcanzó también a Zsuzsa y Zsófia, sus hermanas. Judit, con poco más de quince años, se convirtió en el gran maestro más joven de la historia, destronando a otro genio, al norteamericano Bobby Fischer. Un reconocimiento, muy infrecuente en el caso de las mujeres, que incluso antes había obtenido su hermana mayor Zsuzsa.
Corresponde decir gran maestro, y no gran maestra, ya que este último es otro título, de mucha menor relevancia, una primera pista sobre la falta de equivalencias en el ajedrez entre los integrantes de los diferentes sexos.
Contrariando la tradición, Judit irrumpió con notable éxito entre los varones: supo vencer a varios campeones mundiales, formar parte de la élite mundial, ingresar al top 100 (con solo doce años, por lo que fue la más precoz en lograrlo), ser la mejor entre todas las mujeres (también desde los doce años y hasta su retiro) e incluso formar parte del top 10 del escalafón ajedrecístico (hacia 2003), meta que ninguna otra mujer obtuvo, ni antes ni después.
Además, y si bien sería una exageración decir que tuvo la posibilidad real de ser campeona mundial absoluta, fue la única mujer que, de hecho, participó en un torneo en el que se dirimió esa condición, lo que sucedió en Potrero de los Funes, Argentina, en 2005.
Algunas de estas cuestiones son recogidas en un documental de Netflix que es de celebrar. El gran público necesitaba conocer a la ajedrecista. Pero…
El adversativo aplica perfectamente, ya que, en principio, hay que mostrarse disconforme con la poca profundidad con la que se abordó el tema. No se reparó, tal vez, en que se estaba en presencia de un fenómeno con aristas tan extraordinarias que invitan a la reflexión, al intento de explicación, y no solo a recaer en meros aspectos descriptivos. En ese sentido, las interesantes imágenes documentales solo logran generar cierto clima, sin salir de una mirada que se presenta superficial.
Para peor, la narración cae en las redes de los rasgos gruesos, en una visión monocorde, poniendo en general a la jugadora en clave dicotómica, en particular haciéndola confrontar con el ajedrecista ruso Gari Kaspárov, dejando de reparar en la importancia intrínseca del caso. Podría creerse que el contraste entre blancas y negras —las piezas y el tablero— influyó en exceso en los responsables del relato, convocándolos a una mirada dialéctica que luce exagerada.
En este sentido, casi como una petición de principio, el relato comienza mostrando y hablando de Kaspárov, y no de Judit misma o de su entorno. Se identifica de inmediato a una suerte de villano, frente al cual nuestra heroína deberá enfrentarse en su camino de superación. Y la realidad de los hechos es bien diferente: Kaspárov es solo un episodio en la vida de Judit. Por momentos la interpela, pero en ningún caso la define de forma identitaria.
En el camino se logra, de todos modos, desnudar al rey. Ese comportamiento vil, cuando Kaspárov se arrepiente de una jugada realizada y la vuelve atrás, en la primera ocasión en que jugó con Judit, en 1994, en Linares, queda en toda evidencia. Una conducta imperdonable del campeón, que se agrava aún más por las explicaciones ulteriores, en las que no aparece la disculpa. La mano de Dios en el gol de Maradona para Argentina frente a Inglaterra en el Mundial de fútbol; los dedos de Kaspárov, cuando ahora dice no tener claro si soltaron o no la pieza: conductas reprochables desde lo ético, ambas, que no merecieron arrepentimiento alguno por parte de sus perpetradores.
Durante tres años, desde aquel momento fatídico, ambos no se hablaron aunque, tiempo después, el campeón, para recomponer las cosas, invitó a Judit y a su esposo a su residencia en Croacia, en 2002, donde se pudo advertir un costado más amable del nacido en Bakú (que solo en esa circunstancia dejó de ser un ogro). Es que Gari la había terminado por aceptar como parte de la élite mundial, ya que fue su único rival que en Linares 2001 logró entablarle en ambas partidas disputadas.
Kaspárov, que en el camino logra derrotar a Judit en un encuentro que era técnicamente tablas, terminará cayendo ante ella en 2002, cuestión sobre la que se regodea el documental, aunque sin aclarar que se dio en una partida a ritmo rápido.

En cualquier caso, el personaje en cuestión encaja perfectamente a los fines dramáticos. Que sea un ogro, que sea el mejor, que sea imbatible, que sea, vamos, un varón, resulta muy conveniente para ubicarlo en el rol de némesis de nuestra Judit.
Aquí podría creerse que existe la prevalencia de una mirada femenina, la de la directora de la entrega que, si bien en principio puede convocar a la identificación y la empatía con la personalidad retratada, al cabo puede suscitar que a la narración se le imponga un sesgo inexacto.
En idéntica sintonía, se recurre a imágenes de archivo mostrando a un Fischer asegurando que la mujer no puede competir con los varones, con razones del todo desdeñosas. Pero ese desprecio hacia la mujer ha sido, cómo no decirlo, bastante idiosincrásico en el mundo del ajedrez. Es más, cuando Judit obtiene un torneo en Madrid, varios de sus rivales no le extendieron la mano para saludarla, al sentirse seguramente mancillados en su connatural superioridad masculina.
Otro posible villano varón es, al cabo, el propio padre de la niña. Se ve a László —y en un plano secundario a su esposa Klára, a quien pasivamente se la muestra consintiendo el proyecto de su marido— impulsar la idea con sus propias hijas, partiendo de la premisa de que los genios se hacen, no nacen. Ambos padres se dedicaban a la enseñanza, por cierto. O sea que sabían perfectamente en qué líos se metían. Años después, el padre fue amenazado con ser llevado a un psiquiátrico o a la cárcel por haber sido el responsable de un experimento que no le sería grato al poder.
Siendo así, tras estudiar en su biblioteca casos del pasado, elige el ajedrez como disciplina motivadora para despertar la genialidad, por ser una actividad muy barata, máxime cuando los recursos escaseaban. Había que progresar y, viviendo como estaban en un régimen comunista, donde lo material no es precisamente lo que abunda (tampoco la libertad), se podía soñar con el progreso familiar gracias al milenario juego.
Por ende, las niñas son apartadas del sistema educativo formal, dándoseles conocimientos integrales y variados, pero primando en las lecciones el ajedrez, para lo cual se reclutaron tres profesores que durante todo el día les daban clases.
Sobre un sistema educativo tan especial y, por lo visto, tan exitoso, no se abunda demasiado en La reina del ajedrez, perdiéndose la oportunidad de ahondar en una cuestión que es central en la formación de las futuras campeonas.
Tampoco se habla demasiado de la influencia del ajedrez en el entorno familiar y social, máxime cuando, como es sabido, Hungría fue una potencia en el juego desde siempre, bastando recordar que fue la única nación que logró arrebatarle la medalla de oro en Olimpíadas a la URSS, lo que sucedió en 1978, en Buenos Aires.
Un país que dio grandes jugadores pero, curiosamente, ningún campeón mundial. Ello, hasta que precisamente Zsuzsa Polgár lo fue, en el campo de las mujeres, desde ya, en 1996.
Concentrados como estamos en el proyecto educativo familiar: ¿estamos tan seguros de que lo innato no cuenta? La etiología de los genios sigue sin poder determinarse a nivel teórico. Por lo pronto, se formulan las siguientes preguntas respecto de la genialidad: ¿es producto de una alta inteligencia general? ¿De una curiosidad ilimitada? ¿De agallas y determinación? ¿O es la combinación de circunstancias afortunadas imposibles de recrear artificialmente?
Cuestiones genéticas y socioculturales siempre deberían ser consideradas. Nada es tan sencillo. No se trata de aplicar meramente un método. Con todo, era la oportunidad de explorar con profundidad los alcances del «experimento Polgár».
A propósito, en el documental no se pierde oportunidad de mostrar al padre (¿la madre no tuvo peso en el asunto?) como decepcionado cuando cada una de ellas prosigue su propio camino. Se lo muestra en su rigidez conductual e incluso —así lo plantea uno de los testimonios que se presenta— insinuando que se pudo haber incurrido en abuso infantil (¿no se llegó demasiado lejos en el planteo?).
Es que las niñas fueron apartadas de la escuela y de los ámbitos sociales típicos de la edad. Lo que es fácil de advertir pero no significa que se deba condenar.
Para quienes hemos seguido la evolución de las jugadoras, ellas, al cabo del tiempo, se las ve muy plenas, felices, construyendo proyectos personales diferentes, transitando la vida en un clima de evolución, sin cuestionamientos sobre aquella educación del pasado. Da la impresión de que sus padres hicieron un buen trabajo. Formaron personas libres y exitosas.
Zsuzsa, en todo caso, si hay algo por cuestionar, son los problemas que estuvieron fuera de casa, con vecinos y una prensa hostil, quizás con el aditamento de condimentos antisemitas, en prédica basada fundamentalmente en el desprecio hacia mujeres que, se creía, no podían competir en pie de igualdad con los varones en el ajedrez y, por ende, que no fueran apartadas del sistema de educación formal.
Es que el experimento educativo, aun con sus aristas controversiales, no dejaba de ser, por definición, un signo de libertad que podía resultar imperdonable para un poder que lo quería regimentar todo y para una sociedad sometida.
Judit, demostrando que, a su manera, podía seguir el legado pedagógico de su familia, tras retirarse en 2014 de las competencias, fundó la Judit Polgar Chess Foundation, escribió varios libros y se dedicó a promover el ajedrez en la educación. Además, impulsó el Global Chess Festival en Budapest, un evento anual que celebra el ajedrez como arte y cultura. Y es embajadora de UNICEF Hungría, participando en campañas de concienciación.
No parece que estemos en presencia de ese clásico caso, cada vez menos típico, el del genio ensimismado y enajenado de la realidad. Muy por el contrario. Judit es una persona sana, vital, sin rencores. Se la ve plena, empática y feliz.
Lo mismo podría decirse de Zsuzsa y de Zsófia, una viviendo en los EE. UU. (la mayor), la otra en Israel (la del medio). Aquella creó el Polgar Chess Center y la Fundación Susan Polgar, que proporciona entrenamiento en ajedrez, especialmente para niñas. Zsófia, dedicada al arte. Las tres, formando sus respectivas familias. En paz con su pasado, con vitalidad en el presente y con proyección a través de sus hijos y obras hacia el futuro.
Si Kaspárov y László pudieron ser mostrados como varones dominantes, y el norteamericano Bobby Fischer como despreciativo y casi insultante, también el documental puede alivianarse un poco mostrando a uno del género en tono de redentor. Aparece así el marido de Judit, cuyos testimonios son presentados con sonrisas plenas (algo forzadas), con una estampa exhibida en una playa, compartiendo un momento de solaz junto a su esposa. Un príncipe que desplazó a László de su condición de mánager, en un cambio de época para una princesa que fue rescatada por su amado de su castillo de cristal.
A lo largo del documental, pareciera haberse optado por el camino simple, el de mostrar sin tratar de entender; el de decir sin reflexionar. Apelando al cuento, y no a la historia. Se eligió hacerle una suerte de gambito de dama a La reina del ajedrez, sacrificando profundidad en busca del efectismo, sin mostrar lo realmente importante, quedándose solo con los aspectos anecdóticos, poniéndole algo de ficción a la realidad, en el reverso del otro producto de Netflix en el que se pretendió, sin demasiado éxito tampoco, ponerle realidad a la ficción (aquella vez se ignoró todo el clima de época de la Guerra Fría, en la que el ajedrez era un arma ideológica en el conflicto entre la URSS y Occidente).

A propósito del título de la entrega, la pieza de la reina del ajedrez ingresó al juego al menos cinco siglos después de que surgiera. Y el empoderamiento de su movilidad tardó otros cinco siglos. Con lo que la mujer, habiendo sido relegada de la práctica real hasta bien entrado el siglo XX, desde comienzos de la era moderna ya había sido ontológicamente desplazada mucho antes, al no haberse previsto pieza alguna con rostro femenino en su propio diseño.
¿Por qué no aprovechar, al introducir ante el gran público la figura de Judit Polgár, para reflexionar sobre estas honduras? Haberlo hecho hubiera hablado mucho más de los méritos alcanzados por nuestra jugadora dentro de un contexto en el que la marca de la historia —esa que había marginado o subestimado a las mujeres del universo escaqueado— no estaba precisamente ausente.
En vez de bucear en las raíces históricas y culturales del marginamiento de la mujer del campo del ajedrez, Kennedy optó por buscar enemigos del aquí y ahora. Al hacer eso, se le resta mérito al tamaño del logro que deparó el caso Judit Polgár al contradecir un paradigma impuesto desde siempre.
La directora, tal vez —para quien observamos que el ajedrez no le es ajeno, ya que fue la responsable de un documental sobre la vida de Fischer, Bobby Fischer Against the World, y esto es solo una especulación—, habiéndose ocupado de otros temas sensibles en el pasado, como los de la ecología, los presos políticos, la problemática nuclear, las minorías, las relaciones de los EE. UU. con Vietnam, el accionar de aquel país en la frontera con México, pudo haber querido adscribir el caso dentro de la lucha del feminismo. Puede ser. Pero lo de Judit es de otro orden.
Judit, en todo caso, no venció a Kaspárov o al fantasma de esa pretendida rigidez de su padre. Ella, en su resiliencia, en su devenir, vino a imponerse a un mandato que viene del fin de los tiempos. Casi sin proponérselo. Siendo ella misma. Asumiendo sus propios desafíos. Fluyendo en la esencialidad de su ser. Logrando lo que nunca una mujer pudo en la historia del milenario ajedrez.
¿No debió quizá haberse indagado en este documental, a partir de la consulta a especialistas (historiadores, educadores, neurólogos, sociólogos, por caso), por qué no hubo mujeres destacadas en el ámbito del ajedrez hasta bien entrado el siglo XX? ¿Por qué recién con la nacida en Moscú, y británica de destino, Vera Menchik, solo en las décadas del veinte al cuarenta de ese siglo una persona de su género llegó a ser respetada en ambientes masculinos?
A propósito, vienen a la memoria dos anécdotas respecto de una jugadora de trágico fin (morirá, junto a su madre y hermana, en su propio hogar, en las afueras de Londres, por un misil disparado por los nazis). Por un lado, el comentario del gran ajedrecista cubano José Capablanca en el sentido de que Vera «jugaba como los hombres». Por el otro, la idea despreciativa de un jugador que propuso crear un Club Menchik integrado por todos los que fueran derrotados por la dama, pensando que esa entidad no iba a tener socio alguno. Pero la vida pone las cosas en su lugar: el primero de sus miembros sería el propio ideólogo de esta propuesta, el austriaco, luego argentino, Alberto Becker, quien desde luego cayó derrotado ante Vera.
La rival más importante de Menchik, otra que podía jugar ante los varones como toda una excepción, la alemana Sonja Graf, optó por masculinizarse en su aspecto y en la adopción de comportamientos excéntricos, por momentos agresivos, en aras de buscar respeto en un medio hostil hacia las personas del otro sexo.
Se podría decir mucho más sobre un fenómeno muy profundo, el de cómo la mujer quedó a lo largo del tiempo excluida del campo del ajedrez. Por caso, que ellas no pudieran ingresar en los clubes o cafés donde se lo practicaba durante mucho tiempo. Los primeros que abrirían sus puertas serían solo de fines del siglo XIX, confinándolas en principio a un gueto en el que solo podían jugar entre ellas. Una rémora que, de alguna manera, subsiste ya que, en casi todos los países del mundo, hay torneos femeninos y, de hecho, hay una campeona mundial de mujeres.
Cabría también recordar cuando la jugadora italobritánica Louisa Fagan, en el siglo XIX, ganó un torneo en la India, pero no pudo recibir la copa ya que no se admitía que una mujer pudiera vencer a los varones. Podría recordarse que, en la integración de los equipos olímpicos absolutos, las mujeres a lo largo de la historia solo pueden aparecer como excepción. Desde luego, Judit será una de quienes lo hicieron, incluso asumiendo el primer tablero del conjunto nacional.
Mas, antes, debió pagar tributo a las autoridades de su país (y a la tradición), jugando en las Olimpíadas de mujeres, un tema que en la serie de Netflix se desarrolla en detalle al resaltar el triunfo de las hermanas, junto a otra jugadora, en 1988, en Tesalónica, dejando atrás a un conjunto soviético al que se consideraba invencible.
Ese fue un momento bisagra en sus vidas. A partir de allí, las autoridades de su país fueron más flexibles respecto de unas hermanas a las que antes no se quería ver jugando contra varones ni participar en pruebas en el extranjero.
Que por razones profundamente culturales e históricas las mujeres hayan quedado fuera de la práctica del ajedrez, prácticamente desde comienzos de la Edad Moderna y hasta comienzos del siglo XX, es una cuestión determinante a la hora de analizar las causas de por qué es del todo infrecuente que haya mujeres en las competencias de la élite. Una cuestión que no interesó abordar en el documental.
En el melodrama Gambito de dama, ya Netflix había recurrido a trazos gruesos, pretendiendo en la ficción incorporar elementos que sonaran más reales. No lo logró, por cierto, ya que, siendo un relato ubicado en tiempos de la Guerra Fría, se omitió toda consideración geopolítica pues, para la época en que se desenvolvió la carrera de Beth Harmon, lo importante no era tanto que una mujer pudiera competir con varones al máximo nivel (¡todavía no había una Judit en el camino!), sino que una figura aislada del mundo capitalista pudiera vencer el inexpugnable aparato soviético.

Ahora, en el documental de Netflix, revirtiendo los pliegues, parece haberse querido dotar de rasgos de ficción a una historia real, fortaleciendo aspectos secundarios que apuntan a una supuesta guerra de los sexos cuando, en todo caso, se hubiera debido optar por tratar de comprender cómo se dio un fenómeno que contravino los mandatos de la historia.
Uniendo ambas puntas podríamos decir que, así como Gambito de dama fue un melodrama, ahora, en La reina del ajedrez, tal vez inconscientemente se quiso contar otro, poniendo a una princesa frente a los peligros del acecho o del menosprecio de los otros.
En cierto momento se le pregunta a Judit lo siguiente: ¿Desde aquel experimento, mirando atrás, cómo te sientes? Las palabras de respuesta no fluyen. La cámara la presenta en primerísimo plano. Solo se ríe, en forma muy nerviosa, mostrándose sumamente emocionada. Seguramente, en ese instante, toda su vida se le vino a la mente en un carrusel de imágenes del que tenía todo por enorgullecerse.
Uno de sus lemas es «Hoy mejor que ayer y mañana será aún mejor. No te rindas». ¡Vaya que lo siguió nuestra querida campeona!
Para terminar nuestra mirada sobre el documental, y digámoslo de una vez por todas, creemos que, si bien es de valorar que se haya prestado atención a la figura de Judit Polgár y que, al hacerlo por un medio tan popular como Netflix, se contribuya al conocimiento de su persona y a la difusión del ajedrez, se estuvo lejos de rendirle el merecido tributo a su figura.
Se ignoraron hechos muy relevantes, como poner su caso en dimensión cultural e histórica, lo que hubiera permitido valorar aún más la relevancia de su contribución al ajedrez.
Y se cometió el error de confrontar su figura con fantasmas externos cuando lo de Judit es de otro nivel. Lo suyo no es en función de otro. Lo suyo es de una valía intrínseca que atraviesa todas las fronteras y todos los muros que se le pudieron haber interpuesto.
Es que Judit Polgár es una elegida que vino a romper con un paradigma cultural profundo que, para el caso del juego, se remonta a la niebla de los tiempos.
Un paradigma que seguía incólume hasta el surgimiento de la jugadora y que nos hizo malamente creer que ninguna mujer estaba en condiciones de conmover los cimientos de un juego que siempre había sido erigido sobre pilares varoniles.
Esa historia, tan relevante, tan única, tan apasionante, tan conmovedora, no fue precisamente la que se refleja, ni por asomo, en el documental La reina del ajedrez.
Esa historia creemos que está aún pendiente de ser contada.








Extraordinario comentario, lo leí sin detenerme, asertivo en todo, tengo más adjetivos calificativos favorables, pero es suficiente la intención…
Muy agradecido por el comentario. Saludo cordial
Interesante artículo de opinión. Creo que el medio también cuenta.
Quizá más aristas puedan ser contadas en un libro
«Nosotros queremos que la gente pueda ver nuestras películas y series mientras cocina, mira el mobil,…». Dicho en petit comité por un jefecillo de Netflix España.
Qué triste tamaño feminismo del artículo que pierde la realidad
No se entiende nada de lo que quieres decir.
Comparto totalmente lo expuesto en tu comentario.
Lo que me conforma del documental es el hecho que se haya hecho. En estos tiempos de películas, series, documentales simplistas y minimizadores con afin de llegar a masas y vender, me conformo con que hayan hablado sobre Judit.
Es un documental, no una biografía en profundidad. Todos los matices que no se incluyen fueron por razón de tiempo. Solo una serie podría incorporar todas esas buenas sugerencias.
Una vez escuché al gran Leontxo García hacer una reflexión sobre por qué apenas hay mujeres entre los mejores ajedrecistas del mundo. Parece ser que habló con muchos profesores de ajedrez sobre este tema y todos coincidían en lo mismo: Hasta determinada edad (10-12 años) los niños y las niñas son exactamente igual de buenos y muestran exactamente el mismo interés. Pero cuando llega el momento de tomarse muy en serio el estudio para poder llegar a la élite simplemente las niñas no están tan dispuestas. Llegar a la excelencia ajedrecística requiere un sacrificio inmenso que por algún motivo las niñas no están tan predispuestas a hacer como los niños. Quizás en la naturaleza masculina esté el ser más competitivo y esto les lleve a aceptar de mejor grado ese nivel de esfuerzo titánico que se requiere.
En resumen: Hombres y mujeres juegan igual de bien, pero hay más hombres que alcanzan la excelencia. También he leído sobre este mismo fenómeno en otros ámbitos con mayor presencia masculina. Como si la diferencia entre hombres y mujeres no fuese la media, sino la varianza.
*Obviamente no estoy descartando el factor cultural, pero hoy en día ese factor no explica por sí sólo una diferencia tan abismal (Suele haber entre 0 y 2 mujeres entre los 100 mejores del mundo).
A mi me ha parecido farragoso este artículo y hasta un punto pedante.
Historias de hombres triunfadores logran cambios generacionales Hacia la mejora continua en la humanidad,y por ello aplaudo historias de personas exitosas
Demasiado análisis. Netflix es un genio para atraer espectadores. De eso se trata. Gran documental.