Arte

La belleza irrumpe de todos modos

Cuenta la leyenda que hubo una vez un rey griego llamado Acrisio que creyó poder detener el tiempo. Un oráculo le había advertido que moriría a manos de su propio nieto, así que encerró a su hija, Dánae, lejos de cualquier hombre. Pero el dios Zeus, que lo veía todo desde el Olimpo, se transformó en una lluvia de oro que descendió sobre ella. De ese encuentro imposible nació Perseo, y años después la profecía se cumplió.

Hay algo en esta historia que no envejece: la certeza de que el aislamiento no puede detener nada, de que la belleza irrumpe de todos modos, de que el oro puede ser gracia y castigo al mismo tiempo. Quizá por eso los mitos no son cuentos de otro tiempo. Son el molde con el que seguimos dando forma a lo que nos pasa.

Hay un pintor alemán que lleva décadas convirtiendo ese tipo de historias en materia. En plomo, en paja, en ceniza, en óleo. Nació en Donaueschingen en marzo de 1945, pocas semanas antes del fin de la Segunda Guerra Mundial.

Estudió Derecho, Literatura y Lingüística antes de convertirse en artista. Fue alumno de Joseph Beuys, el gran revolucionario del arte alemán de posguerra. En 1969 recorrió Francia, Italia y Suiza fotografiándose a sí mismo haciendo el saludo nazi en lugares emblemáticos. No era apología, quería obligar a mirar lo que nadie quería recordar. Escandalizó a medio mundo y fascinó a la otra mitad.

Sus cuadros son campos de batalla en el sentido más literal. Incorporan materiales reales —tierra, plomo, plantas secas, alambre de espino, libros quemados— sobre superficies de varios metros. No representan la destrucción: la contienen, la transforman. Como si pintar fuera la única forma de que algo tan oscuro vuelva a tener sentido.

Su nombre es Anselm Kiefer, y ahora está en Valencia.

Cinco obras para entrar en un universo

las flores del mal

Böse Blumen — Las flores del mal

El título lo toma prestado de Baudelaire, el poeta francés que en 1857 escandalizó a París escribiendo sobre la belleza que habita en lo abyecto. Kiefer lo lleva más lejos: sus flores son plantas secas incrustadas en la superficie del cuadro, marchitas y al mismo tiempo eternas, preservadas en el acto mismo de su decadencia. Fue esta obra la que capturó por primera vez a Hortensia Herrero, en la Summer Exhibition de la Royal Academy of Arts de Londres en 2016. «Era dura, oscura y había algo que me atraía», dijo la coleccionista. Compró el cuadro.

walhalla

Walhalla — El paraíso de los guerreros

El Walhalla es, en la mitología nórdica, el palacio donde Odín reúne a los guerreros muertos en batalla para que aguarden el Ragnarök, el fin del mundo. Wagner lo inmortalizó en su ciclo operístico El anillo del Nibelungo. Kiefer lo pinta como un paisaje devastado: los héroes que debían celebrar victoria reposan sobre una tierra arrasada que podría ser cualquier campo de Europa en cualquier guerra del siglo XX. No hay gloria, solo la interminable recurrencia de la tragedia humana. El cuadro, que forma parte de la colección permanente del CAHH y corona la sala noble del palacio, tiene esa capacidad perturbadora de los grandes cuadros de historia: cuanto más tiempo se le dedica, más cosas aparecen en él.

doncella

Der Tod und das Mädchen — La muerte y la doncella

Schubert compuso en 1817 un lied basado en un poema de Matthias Claudius: una joven que suplica a la muerte que la deje vivir, y la muerte que le responde con dulzura que vaya, que en sus brazos descansará bien. Kiefer toma esa melodía y la convierte en imagen: una figura femenina en un paisaje que podría ser un campo nevado. En sus manos, la belleza de la música se vuelve insoportable.

elektra

Elektra — La hija que no perdona

Electra es uno de los personajes más perturbadores de la mitología griega. Hija de Agamenón, rey de Micenas, presenció cómo su madre Clitemnestra y el amante de esta asesinaban a su padre al regreso de Troya. Esperó años

hasta que su hermano Orestes volvió para vengarse. Kiefer la pinta como un paisaje, el de la venganza convertida en tierra quemada, en la imposibilidad de la inocencia después de todo lo vivido. Por eso es, también, una obra sobre Alemania, sobre sobrevivir a la historia.

danae

Danaë — El Guernica de Kiefer

Trece metros de ancho. Siete paneles transportados desde París en dos camiones. Una obra que solo había podido verse en Nueva York en 2022 y que ahora, por primera vez en Europa, despliega toda su magnitud en Valencia. Javier Molins, director artístico del CAHH y comisario de la exposición, la ha llamado el Guernica de Kiefer.

El cuadro reproduce el interior vacío del aeropuerto de Berlín-Tempelhof, construido por el régimen nazi como símbolo de su arquitectura del poder. Hoy está abandonado. Kiefer lo muestra con las naves casi a oscuras, apenas habitadas por sombras tras las ventanas. Y sobre todo eso, cayendo desde arriba, pan de oro: la lluvia dorada con la que Zeus visitó a Dánae en su torre. Historia alemana y mito griego fundidos en una sola imagen de trece metros.

Kiefer en Valencia, hasta octubre

Once obras en total. Seis galerías vaciadas para hacerles sitio. Una exposición que el propio artista diseñó tras recrear a escala real las salas del palacio en su estudio de Croissy, cerca de París, seleccionando personalmente cada obra para cada espacio. No es solo una muestra de cuadros: es una intervención arquitectónica, una experiencia que transforma el edificio que la acoge.

El Centro de Arte Hortensia Herrero ocupa el Palacio de Valeriola, en el corazón histórico de Valencia, un edificio que acumula sus propios estratos de tiempo y memoria, y que resulta ser el contenedor perfecto para un artista que hace del tiempo y la memoria su materia prima. Con Kiefer, el CAHH da el salto definitivo a los grandes circuitos del arte internacional: es la primera exposición individual del artista en España en casi veinte años, y la primera en Valencia. Puede visitarse hasta el 25 de octubre de 2026. Si hay una razón para ir a un museo este verano, esta es.

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