
Recuerdo que un profesor de la facultad de Filosofía solía decir en clase que nunca alumbraríamos en nuestra vida ninguna idea original. Una que no se le haya ocurrido en algún momento a otra persona. Para aquellos alumnos que pasaban media vida en la biblioteca prestos a pensar grandes cosas, ansiosos por comerse el mundo, el comentario resultaba algo irritante. De hecho, se interpretaba como una actitud propia de alguien que proyecta su amargura y frustración vital en sus estudiantes.
Pasados los años, uno se ha percatado de la santa razón que tenía el hombre y de por qué no se cansaba de repetirlo. Los adolescentes en particular, y los jóvenes en general, son altamente proclives a creer que todo lo que sienten y piensan es unico nel suo genere. No han trasvasado por completo esa fase egoica en la que lo novedoso para uno mismo es identificado inmediatamente como algo sin parangón en el mundo. Todavía no han pagado el peaje que vacía la cartera de la ilusión de ser especial.
Una vez escuché a un importante genetista contar una anécdota que viene como anillo al dedo. Al parecer, su hija adolescente había sufrido de mal de amores y lloraba a moco tendido. Él trató de cumplir con su papel de padre y se asomó a la habitación para consolarla. Lejos de calmarse, la hija canalizó su berrinche contra el pobre progenitor, al que le llegó a espetar —según narró él mismo— algo así: «¡Tú no sabes cómo me siento! ¡Qué sabrás de amor!». Al padre le hubiera gustado contestar que algo del tema manejaba. Al fin y al cabo, ella era la prueba palpable. Sin embargo, decidió dejar las cosas como estaban.
Muchos estudiantes del bachillerato (al igual que algún que otro adulto) gustan de hacer gala de una total falta de abuela y estiman que sus ocurrencias son macanudas. De pedírseles que las desarrollen, no pasan de las cuatro líneas o de los tres minutos de speech. El diagnóstico parece el mismo que el de la joven despechada: se juzgan como el ombligo del mundo. Es la incapacidad para percatarse de que humanos ya ha habido unos cuantos y que no es una empresa sencilla la de sentir o pensar algo verdaderamente original o tan siquiera interesante.
Un servidor que les escribe, cuando estaba él mismo en el bachillerato y descubrió sus inclinaciones filosóficas, se extasió una vez ante una reflexión que le había llegado a las mientes: es imposible determinar con precisión que la cualidad subjetiva que alguien experimenta al decir «verde» o «green» es idéntica a la de cualquier otro hablante. Por supuesto, fue decepcionante descubrir al poco que eso mismo llevaba siglos siendo una reflexión obvia. Actualmente tiene que ver con una retahíla de argumentos que apela a «qualia invertidos». Pero ya estaba en Grecia, en las sabidurías orientales, en John Locke y es presumible que ya se le hubiera ocurrido como un chispazo, momentáneamente, a unas cuantas buenas ciudadanas del planeta mientras meaban. En Mesopotamia, quizás.
En el capítulo «El mago de Evergreen Terrace» de Los Simpson, Homer es víctima de la crisis de los cuarenta. Ya ha pasado el ecuador previsible de su vida y no ha hecho nada memorable por lo que ser recordado. Es por ello que se obsesiona con inventar algo genial, innovador, original. Tras varios fracasos, toca la tecla adecuada con una silla con patas para reclinarse. No obstante, para su desdicha, descubre que ya se le había ocurrido a Thomas Edison.
Es la arrogancia individual de toda la vida. Esa que incluso tiene un primo hermano en términos sociales bajo la forma del etnocentrismo. Esto es, la tendencia a interpretar cualquier otra cultura o sistema de valores como peor —así, a palo seco— que la de uno mismo. Es el no querer ver ciertas constantes antropológicas de fondo. El creer, por ejemplo, en el mito del progreso histórico acorde al cual lo nuevo es mejor y diferente esencialmente —remárquese el «esencialmente»— que lo viejo.
Ante esta actitud, cuánta razón tenía el profesor. Las ideas siempre son en lo medular las mismas y la originalidad, pues qué le vamos a hacer, es la esperanza del miope —un Narciso moderno— que no es quien de encontrar el hilo que las conecta. Con todo, lo que sí mudan son los contextos, tanto los vitales como los históricos. Y es así que las ideas y experiencias pueden adquirir su barniz de originalidad una vez se encuadran en el marco apropiado: las críticas de Platón a la democracia mantienen su vigor con el paso de los años, si bien, hoy día, cabría establecer ciertos matices. La originalidad de la originalidad parece residir en cómo se aplique nuevamente eso que siempre ha estado ahí, en acoplar con éxito lo viejo a un contexto novedoso.
Casi se podría decir que es una cuestión de modas. Ya decía el pensador británico Bertrand Russell con una pizca de acidez que las ideas filosóficas no quedan en el pasado porque hayan sido refutadas, sino porque aburrieron. Esa es la lección que enseñan los clásicos de cualquier ámbito: ellos son los únicos capaces de ofrecer destellos de originalidad primitiva. Son los faros transtemporales. A los demás —a esos estudiantes frustrados por el desalentador discurso del docente— no nos queda otra que echar mano de esos destellos para aplicarlos con mayor o menor pericia a nuestro tiempo.
El mundo de las ideas es escueto como la vida misma. En lo que concierne a la última, los humanos estamos pertrechados con la misma configuración anatómica y fisiológica. Para más inri, nuestros modos de vida son parejos. Si la hija despechada tuviera la suficiente amplitud de miras —con los años es posible que la adquiera—, se percataría de que mal de amores como el suyo los ha tenido todo quisque. Desde luego que no sería un alivio para su dolor, pero al menos no le hablaría mal al padre. De hecho, hasta se podría interesar por la literatura del instituto, donde, precisamente, el desamor siempre ha ocupado un papel principal.
En lo que atañe al mundo de las ideas, lo dicho, es tan pequeño como los habitáculos que uno se puede permitir hoy día por 700 euros al mes. No da para más, no hay tanto en qué pensar, así que no exageremos. Ni con la creación artística ni con la creatividad en general. ¿Cuántos teoremas matemáticos no habrán sido descubiertos independientemente? Por poner un ejemplo típico, a pesar de llamarse teorema de Pitágoras, lo cierto es que mucho antes de que llegara al mundo ese señor de Samos, indios, babilonios o egipcios ya eran conscientes del mismo.
La voluntad de ser original es de agradecer. Con ella se intenta contemplar el mundo con ojos renovados. Da gusto. Pero la pretensión de resultar esencialmente original a estas alturas de la película no desvela otra cosa que la vanidad de quien se jacta por haber descubierto la pólvora en el siglo XXI. En su lugar, conténtense tanto las nuevas generaciones de estudiantes como los jóvenes con el corazón roto, igual que Homer, con revelar algo nuevo en lo viejo, alguna originalidad de la originalidad.







