Literatura Arte y Letras

Sobrevivir a Bolaño o las angustias de la posteridad. Diatriba a dos voces

OriginalNipper
«Nipper» (1898), de Francis Barraud

(Voz I – escritor español / Voz 2 – Penélope)

Voz I

Siempre he creído que Roberto Bolaño era un farsante. Siempre, desde el primer día en que lo vi aparecer por la editorial cuando ya estaba decidido que le publicarían su colección de cuentos. Yo había hecho un informe de lectura ni duro ni condescendiente ni entusiasta. El editor me entregó el mazo de folios sin firmar, con solo el título, y me pidió una valoración, un orden de más a menos, más calidad o menos interés. No me había gustado, no me gustan los hombres que lloran sobre el papel. Y aquellos cuentos estaban llenos de lágrimas, vale decir de exilios, de mujeres desquiciadas, de ruinas, de paisajes añorados, y de putas, de militares orientales, de ecos borgeanos, de sabidurías plagiadas. Ecos, exilios, lágrimas, tantas cosas que no soporto ver por escrito. Con esto no quiero decir que lo considere un mal escritor ni que haya dado gato por liebre —de ese tipo de farsantes surgen varias decenas todos los años, para comparar y atragantarse—, ni tampoco que tal día se descubrirá que es filfa todo lo que escribió y que los que siempre lo supimos nos reiremos al ver, una vez más, otro más, pasar el cadáver de nuestros enemigos por delante de la puerta.

No. Yo, con tres novelas a mis espaldas, aplaudidas por un público cosmopolita y disconforme, fabulo con otra idea, aunque nunca hasta este momento me he entretenido en considerarla en serio. Pero siempre estuvo ahí; surgió, supongo, tan pronto le vi esa cara de ratón risueño, al oírle esa voz queda capaz de portentosas maldades de jesuita, esos ojos, mejor dicho, lo que esos ojos proyectaban protegidos por unas gafas de chiquillo alborotador y despistado. Siempre pensé, pero ya digo que sin gastar el tiempo en pensarlo, que empleó todos sus recursos para conseguir un fin, el que a día de hoy es un hecho consolidado, ganarse el prestigio como autor de rango internacional, indiscutible, icono beat, traducido a todas las lenguas del mundo, inmortal a la manera que él gustaba describir en sus cuentos, en sus novelas. Ese éxito que coquetamente se consigue negándolo. Actuaba como esas mujeres que aseguran con un tufo a soflama feminista que ellas no quieren compromisos y sí por lo menos tanta libertad como el hombre al que se están cepillando, palabras de independencia para atraparlos. Siempre creí que todo lo que Bolaño hizo desde el momento en que vio la puerta abierta, entreabierta siquiera, a una publicación continuada en una editorial de renombre, iba en la dirección que le permitiera lograr su propósito. Que supo cómo seducir, conquistar, aliar o enfrentar a unos con otros, a todos los que podían ayudarle a cumplir un destino y un proyecto de bonanza económica y prestigio literario.

Este proyecto incluía conquistar el bastión español, por más provinciano que lo consideraran en América, y que ya a mediados de los 90 se encallaba en estilos que no daban más de sí, con escritores como Javier Marías a punto de colapsarse en las ficciones del yo, con Muñoz Molina encajando los adjetivos más pedestres junto a los sustantivos más lacios para invocar la inocencia de una culpabilidad participada por ambos bandos en la vomitiva guerra civil, con Rafael Chirbes, Lorenzo Silva, con tantos recios mocetones de poblado bigote y ojos fieros poniendo sobre papel ñoños sentimientos de monja, con Esther Tusquets, Rosa Montero, Martín Gaite, Soledad Puértolas, Vila-Matas, Eduardo Mendoza, Riera de Leyva, Javier Cercas, Juan Marsé, Pérez Reverte, Umbral, Cela, J. M. Guelbenzu, Pedro Zarraluki, Pisón, Laura Freixas, Jesús Ferrero, Javier Tomeo, Prada, Francisco Solano, Luis Magrinya, Luis Goytisolo, medio siglo de literatura española, todos precipitándose ya por un pozo de complacencias y de socioburguesas gratificaciones. De esos cínicos amaestrados esperaba reírse. Se sumaba a la fiesta española un rebaño de mansos novelistas jóvenes capaces solo de inventariar reproches, Ray Loriga, José Ángel Mañas, Lucía Etxebarria, Espido Freire, María José Furió, Lola Beccaria, Paula Izquierdo y… la lista es inacabable. Una narrativa de papás y mamás, de desencantos políticos, de rebeldes de diseño, de malotes de peluche que devoraban a dos carrillos el pastel del éxito socialista.

En un territorio, encima, como era entonces Barcelona, que añoraba su gloriosa década anarcoide, cuando el boom latinoamericano señoreó tonificante en toda la ciudad. Había que volver a arrebatarle a Madrid la capitalidad del buen vivir. Hacer diana en el campo literario. Un Mesías de Chile no estaba del todo mal.

Buen amigo de los juegos de estrategia, Bolaño trazó la suya, eligió no sé si a sus reyes, alfiles y peones o a sus mamporreros, guerreros y secuaces —no estoy muy ducho en juegos así—, y se dispuso a ganar a toda costa y a cualquier precio. El premio era él, siempre él. Él se entregaba en premio para los demás y para sí mismo. Quería dinero y fama y fue a buscarlos al cogollito cultural de Barcelona. Tiró, como Romeo, piedrecitas a los cristales de los dormitorios de todas sus Julietas: editores, periodistas, críticos, jóvenes discípulos, críticos de fuste y mujeres de letras castigadas por el ingrato desprecio, recibieron sus chinas. Y respondieron mal o bien, mucho o del todo. Al reclamo de Bolaño, se descolgaron desde sus ventanas para vivir la Gran Aventura del despilfarro de sí, para deshonrar sus orígenes. Fue zalamero u hosco, deslenguado y leal y adulador, locuaz, vertiginoso, hábil, genial, pícaro, delirante, enciclopédico, abismal. Introdujo a estos nuevos seguidores —que vivían en su mayoría de las rentas de familia, en dinero líquido o simbólicas, que sentían un cierto hastío de lo ya conocido, incluidos sus propios afanes, que sentían deshacerse la juventud como arena entre unos dedos distraídos—, en el culto a los gloriosos destinos fracasados. Uno por uno los convirtió a la religión de la Posteridad. La suya, que iluminaría la de sus seguidores, o acólitos o monaguillos, o valedores o editores, ya lo he dicho, con la promesa de pasar a la Historia de la Literatura. No dijo, empero, que como caca de hormiga, simple nota a pie de página.

Siempre actuaba en la excesiva dosis que convenía para apuntalar el personaje. Construyó una historia, la del exiliado, poeta a un paso del hoyo, tumba u ojo de un puente sobre un cauce seco que iba a albergar su vida desmedrada si la poesía le daba la espalda. El hambre hablaba en su boca, o la huida de Chile donde pasó unos pocos días en una celda cuando quiso salvar al mundo, al país, al pueblo, de las botas milicas. ¡De donde fue rescatado por amigos del colegio! O hablaba el odio al padre inepto y vivo. Ladrón de historias ajenas, saqueador de tumbas de poetas, prestidigitador de exilios. Voraz Bolaño.

Penélope

—Algunas mujeres, algunos escritores, sentimos que habíamos perdido a nuestros novios, a nuestros amantes, la inminencia de un amor, y a nuestros editores, a nuestros críticos, a nuestros amigos. Nuestro futuro. Todos arrastrados en el torbellino, en la lava del volcán Bolaño.

VOZ I

—Cuando leímos 2666, entendimos el mensaje: que todos los años que vendrían desde el 2000 iban a ser para nosotros, destinados al olvido, el año de la Bestia. La Bestia Bolaño. Reclutas para una guerra de guerrillas, aterrorizados por la gloria arrebatada, algunos se sumaron a las filas del enemigo, se largaron a hacer la revolución contra nosotros, contra sí mismos. Adiós a todo lo nuestro y a nuestra inocencia. No muchos saldrían con vida de esa rabia de la naturaleza.

Penélope

—Pero, ay, rencorosos, tampoco queríamos que salieran indemnes de la devastación. Como si nada hubiese pasado, no. Tal vez queremos lamer sus heridas.

VOZ I

—Después de todo, vimos impotentes cómo esa pulga hacía bailar al elefante de la literatura en español mordiéndole en el culo, vimos cómo azuzaba un fuego escueto con dos sabios resoplidos —y no lo haría mejor ningún gitano—, de forma que solo le calentaba a él y a quien él quisiera.

Penélope

—Todo eso lo vimos, y su éxito, y sus grandes novelas, y su glorificación, y los cantos y las lágrimas. Y el desconsuelo de sus viudas, huérfanos, amantes.

VOZ I

—Tuvimos que prosperar en otras esquinas, en otros quehaceres, solos, mudos y furiosos, helados los pies, las lenguas dormidas. Nuestras pobres palabras asustadas por el olvido. ¡Eran tiza, eran universidad, eran rancias, nos dijeron! Más pobres de futuro que un yonqui en los años ochenta. Así quedamos.

En el fragor de la batalla, murió el Líder Carismático. La talla del caído, afilada como la sombra de dieciocho dioses sobre un coliseo a mediodía. A estas alturas del Juego, el botín era enorme: premios, conferencias, prólogos, ediciones autorizadas, congresos, giras internacionales, polémicas, etiquetas rutilantes. Largos años podrían vivir todos de la fortuna y los hechos y bravatas del bienamado Roberto Bolaño.

Los rebeldes prosiguieron entonces la guerra por el Destino de uno solo. Extenuados, sedientos de gloria y de tequila, cruzaban territorios ganados a la causa, donde los pobladores salían a recibirles coreando las consignas del poeta, «También nosotros somos los perros románticos». Y en las altas brumas que ceñían las montañas se perdían los ecos dóciles: «Románticos, Románticos, Románticos».

¿En qué momento se rompió el hechizo? ¿En qué momento las botas de los combatientes se pusieron a buscar solas el camino de regreso a casa? ¿Qué espejo de qué río les mostró sus ojos irreconocibles, turbios de celos, de codicia y tedio, añoranzas de risas tontas y libres de la hipoteca de una grandeza póstuma? ¿Qué día creyeron perder los dientes al pronunciar el nombre y los hechos de Bolaño? ¿En qué quebrada los vítores de los indígenas los avergonzaron al descubrir que habían ganado la guerra, que la habían perdido? ¿Cuándo fue insoportable la voz de las mujeres de Bolaño, el interminable hallazgo de más poemas, más versos, más diatribas, más legado, y escucharon el silencio de sus mujeres, Penélope desconsolada, y supieron que todos ellos eran personajes dentro de una ficción de un hombre muerto? No saben la fecha, recuerdan el calambre de los músculos, la vuelta, las heridas, los sarcasmos, el alivio. Sobrevivir a Bolaño.

Penélope:

—Como Penélope te acojo. Las heridas abiertas, que habrá que lamer. Empiezo por tu boca, por tu lengua, por tus palabras. Nosotros somos los perros románticos.

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3 comentarios

  1. Dije hace nada que Bolaño pues como que lleva bien el balón en los pies, pero le falta gol. Claro que como no tengo estudios, puede que esté equivocado.

    Ha donde quiero ir a parar es que como tu prosa es espesa como un ladrillo no acabo de entender de dónde te viene ese enfado para con un tipo que ambiciona algo, se pone y lo consigue. Novelando se me ocurre que te enseñaron las monjas que ambicionar «per se» era algo malo -a mi sí que me lo enseñaron, no las monjas, pero sí-. La otra posibilidad es que no volvió a llamar. ¡Hay habría una historia! El pilluelo que llega del otro lado del mar, con su aire de gato callejero, que incomprensiblemente seduce a todo el mundo, y camino de una gloria que se ha dibujado para si mismo muere. Ella que no supo que le amaba tanto hasta que paso a la siguiente lo recuerda.

    ¿Se llama simbolismo eso que haces? A veces tiene una chispa de belleza,- una brillante flor, una piedra, una gema, un cristal, un insecto nacarado, el diente de leche de un infante, etc. etc….- entre el fango del aburrimiento. Escribir así es barato, considero que es esconderse tras el texto, para no decir nada.

    ¿Tres novelas a tus espaldas? ¿Realmente piensas que eso es algo?

    ¿Por qué os ha dado a todos por escribir sobre Bolaño, es el aniversario de algo?

    Saludos.

    • María José Furió

      De leer justito y de comprensión lectora, cero. Vamos, que no has entendido nada, y sobre todo no has entendido la diferencia entre ficción y no ficción. Entre el mal rollo y el rencor del escritor que se quedó al margen cuando llegó el huracán Bolaño y la necesidad de que surjan más Bolaños.

      • He sido acusado de muchas cosas en la vida, pero de falta de comprensión lectora es la primera vez. Creo que volveré a mi mamá me mima, mi mamá me ama. Gracias por marcarme el camino.

        «Ha donde quiero… » Debería haber sido «A dónde quiero…»
        Mi ortografía es pésima, eso sí que lo reconozco.

        Rebatir una crítica no consiste en descalificar al que la hace.

        Chiste final
        Creo recordar un personaje de Vila-Matas que dice escribir en tiempos en los que se llevan las novelas ininteligibles y que se considera muy bueno porque las suyas son las más ininteligibles de todas.
        No creo que la densidad sea un valor por si mismo.
        Saludos.

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