Esta entrevista es un adelanto de nuestra revista trimestral Jot Down #55 «Modernismo», ya disponible aquí.

Candela Sierra (Ronda, 1990) acaba de cumplir el primer semestre de lo que ella misma llama, entre risas, su «reinado». En septiembre de 2025 el Ministerio de Cultura le concedió el Premio Nacional del Cómic por Lo sabes aunque no te lo he dicho (Astiberri), un libro que encadena historias breves alrededor de la incomunicación, las amistades que se desgastan y los pequeños silencios cotidianos. El jurado celebró su mirada fresca y la manera en que los recursos gráficos y narrativos sostienen una idea sutil y difícil de fijar. Antes de este reconocimiento llegaron Rotunda, un retrato de la precariedad laboral, y un puñado de premios menores que le permitieron, según cuenta ella, hacer un cómic sobre la precariedad sin tener que dibujarlo precariamente.
La conversación tuvo lugar en la segunda edición de Comicmed, el Festival Internacional del Cómic Mediterráneo que la Fundación Tres Culturas organiza en Málaga junto al Polo Nacional de Contenidos Digitales y el Ayuntamiento, dentro de la mesa titulada «Habitar la herida». En una charla larga, distendida, salpicada de complicidades y de ese humor de mala follá andaluza que la propia Sierra reivindica como herencia familiar, hablamos de premios, de huidas hacia adelante, de tipografías hechas en casa, del lenguaje del cómic frente al del cine y de por qué la inteligencia artificial no entra en su estudio.
A partir de ganar el Premio Nacional, ¿ha cambiado mucho tu trayectoria? ¿Te invitan a muchos sitios?
Ahora sí, ahora me invitan a sitios. Llevo seis meses de reinado y es muy raro, me sacan de paseo. Es el sueño húmedo de Umbral porque me invitan a hablar de mi libro, y yo lo estoy aprovechando. El único problema que tengo es que no me da tiempo a dibujar, así que resulta un poco paradójico.
¿Te han surgido proyectos nuevos a partir del premio?
Sobre todo trabajos de ilustración. Como el libro se ve más, me llaman para otras cosas. Proyectos de cómic propiamente, no tanto, y tampoco estoy en disposición de aceptarlos. Todos sabemos que el cómic es muy laborioso.
Tu carrera ha ido un poco de premio en premio. Con Rotunda ganaste el de Valencia y, antes del Premio Nacional, ganaste el Injuve, que es con el que empezaste a hacer este libro.
Visto en retrospectiva parece que a cada cosa que hago me dan un premio, pero no es así. Estuve dos años moviendo el dosier de Rotunda hasta que hubo una respuesta favorable, que es muy distinto a «hice un libro y gané un premio». Me propuse que ese libro, que hablaba de la precariedad laboral, no lo podía hacer precariamente. Entonces fui quemando los concursos, que en España son la vía de entrada económicamente más viable, hasta que sonó la flauta. Pero pasaron muchas convocatorias a las que me presenté sin éxito.
Ayer mismo en la escuela tuvimos una charla donde los autores aconsejaban presentarse a concursos, porque es una buena manera de entrar en el mundillo.
Completamente, y, en mi caso además, me impone una fecha de entrega, lo cual ayuda muchísimo a la motivación.
Ese tipo de premios, ¿te buscan o te presentas? El Premio Nacional, ¿estabas en tu casa y te llamaron?
Ese sí, porque hay un jurado que propone libros ya publicados y tú no tienes nada que hacer. En el resto, no, te los tienes que buscar tú. Mi algoritmo de Instagram no me muestra gatos, sino convocatorias. Lo tengo adiestrado. Me gusta ver qué se cuece porque me mantiene activa. Una residencia aquí, otra allá… Y no pierdo la esperanza, aunque me digan que no muchas veces.
Tu recorrido como autora es de viajes continuos. Te fuiste a estudiar fuera, hiciste un máster en Francia, un Erasmus en Bruselas, ahora vives en Madrid. ¿Ese movimiento ha influido en tu manera de crear, en tu manera de ser?
Seguramente. Ahora lo pienso y era una huida hacia adelante como un piano. Era miedo a asentarme. No ha sido hasta que no me he establecido y me he hecho un poco mayor, con momentos reveladores como «vas a cumplir treinta años, ¿qué haces?», cuando me he puesto a dibujar en serio. Ha sido una búsqueda constante. También es verdad que disfruto con la formación (que puede ser infinita). Y luego, claro, una inseguridad y un miedo terrible a ponerme a hacer algo. Fueron varios años de trabajar de camarera, en diseño gráfico, de meter datos en un ordenador… antes de decidirme. Al final creo que nada es fácil. Por lo general, no sales de estudiar y te pones a trabajar de lo que quieres, sino que es un recorrido… muy condicionado cuando también tienes que pagar el alquiler. Hay gente que lo consigue antes, supongo que también porque lo tiene mucho más claro, pero ese no era mi caso.
Y te buscaste un máster en Francia gratuito.
Me costó seiscientos euros. Me lo recomendó Sergio García, que había sido mi profesor en la facultad y me llevó el proyecto final de carrera. Un proyecto de estudiante, sí, pero con el que no hice ni un triste fanzine… Los miedos siempre.
Cuando le dieron a Paul Auster el Príncipe de Asturias dijo aquello de que nos hacemos mayores, pero no cambiamos, nos volvemos más refinados, y en el fondo seguimos siendo como cuando éramos pequeños, criaturas que esperan ansiosamente que les cuenten otra historia y otra más. Es interesante, porque tu libro es una historia detrás de otra. Y, sin embargo, va precisamente sobre la incomunicación, sobre los que no escuchan. ¿Es un reflejo de la vida que vivimos ahora?
Sí, desgraciadamente supongo que sí. También es la premisa del libro. Alguna vez me han dicho que es muy bajonero, muy triste, que el mundo no es así, que también las cosas bonitas existen. Y yo estoy, por supuesto, de acuerdo en que las hay, menos mal, pero la premisa del libro eran esos problemas de comunicación y esos rasgos de personalidad. Y están inscritos en escenas cotidianas que vivimos todos los días. Creo que uno de los aciertos del cómic ha sido acercarse mucho a la vida de cualquiera. En cuanto a la estructura, una lectora muy querida me dijo: «Es como TikTok, va una historia, otra, otra. Es súper dinámico, tiene un ritmo increíble, y no solo en lo narrativo, también en lo visual. Aunque también te digo que algunos diálogos son un poco boomer».
Cuando vivías en Ronda, ¿leías cómics?
No mucho. En mi casa había libros y algunos tebeos de Ibáñez, luego yo leí los Mafaldas que tenía la biblioteca del colegio, pero en casa no había una tradición de comprar cómics. Y, aparte, me crié en Marruecos, con lo cual tampoco tenía tanto acceso a este tipo de publicaciones que yo pudiera leer.
Si la Candela niña viera ahora esta trayectoria en tan poco tiempo, ¿qué pensaría?
Imagino que estaría contenta de no tener que madrugar todos los días, lo cual no está mal. Como tampoco había mucha expectativa por ninguna parte, todo ha sumado. Cuando todavía no era público lo del premio, lo conté en el chat de la familia de la siguiente manera: «Pues parece que he ganado el Premio Nacional». Y mi madre respondió: «Bien». Y yo, viendo el entusiasmo, aclaré: «Bueno, el Premio Nacional y un buen dinerito», porque iba con la dotación económica. Y añadió: «No veas». Un rato después mi padre puso: «¡Bravo!». Y dos días después, mi hermano: «¡Enhorabuena!». Ese es el ambiente. Nos reímos mucho, nos llevamos bien y nos queremos, pero algo así fue la primera expresión de la celebración del éxito.
Eso quizá tiene que ver con Ronda. Me recuerda un poco a Granada también, ese carácter más de interior, no tan mediterráneo. Tu madre puede no ser muy expresiva, y en el fondo te quiere un montón.
Yo no tengo dudas de su apoyo y amor. Mi madre lo justifica con que no quería unos hijos creídos. Tenía sus motivos. A lo mejor habría publicado antes si mi madre me hubiera dicho: «Niña, qué bien dibujas». Pero también está bien saber vivir con la mala follá y reafirmarse independientemente. Eso sí, siempre me han ayudado en todo y han confiado muchísimo en mí, nunca podré decir lo contrario y me siento muy afortunada con la familia que tengo.
¿No te planteas volver a Andalucía?
Cada vez que salgo de Madrid pienso: «¿Yo por qué vivo en Madrid, con lo bien que se está fuera de Madrid?». Pero, por cosas del destino, estoy en Madrid y ya está. No tengo mucho arraigo, aunque me reivindico andaluza, pero mudarme ahora mismo no es algo ni que piense ni que entre en mis planes.
En Rotunda haces una crítica de la sociedad patriarcal, sobre todo en el entorno laboral. En este libro, en cambio, si yo lo leyera sin saber la autoría, no podría decir que está hecho por una chica. ¿Es un zasca a ese sector?
Bueno, algún golpe directo al heteropatriarcado hay. Como he dicho, muchas historias parten de sucesos reales, pero a menudo cambio el género de los personajes. Invierto la situación a ver qué pasa. Para no hacerlo literal, para darle otro peso, para percibir mejor las dinámicas y para que no me denuncien (risas).
Habrás tenido haters después del premio.
No sé, trato de no dedicarle mucho tiempo a eso. Yo ya soy muy crítica y, honestamente, entiendo según qué comentarios que se le hacen al libro. Pero el libro ya está hecho y, en este caso concreto, por lo que sea, ha ganado el premio y ya está. A partir del momento de la publicación, yo no tengo mucho más poder, así que mi energía para eso también es limitada.
La última vez que nos vimos, hablamos de que tú empezaste haciendo animación. ¿Tu primer premio fue por una animación?
Sí, el primer reconocimiento más o menos importante que me dieron fue por cuarenta segundos de animación. Lo presenté al Notodofilmfest y tuve la suerte de ser galardonada con el Premio a mejor película de animación y el Premio Filmin, este último compitiendo con los de imagen real. Me hizo particular ilusión.
Y ahora has estado en una residencia para crear otra animación.
Sí, el año pasado. Como yo mando dosieres para becas como quien hace gimnasia, me presenté a la Residencia de la Academia de Cine con un proyecto de adaptación a largo de animación de Rotunda. Pero yo no estoy animando, lo que he hecho ha sido escribir una versión de guion para una película basada en este cómic. La trama cambia un poco, pero los personajes son los mismos.
¿Ves diferencia entre el lenguaje del cómic y el del cine?
Muchísima. A pesar de que hay cosas comunes porque los dos son artes secuenciales, no tiene nada que ver escribir para una cosa y para otra. Es curioso porque cuando escribo para cómic muchas cosas no las aterrizo en el texto porque ya pienso que las voy a dibujar. Recuerdo que, en la primera reunión que tuvimos con los compañeros de la Academia de Cine, la crítica al leer el tratamiento fue «es que tú no eres nada visual». Y pensé: «¡Pero si yo creo las imágenes!». También es un texto que va a leer mucha gente del equipo (cosa que en cómic se limita a tu editora, que confía en ti). El guion de cine es un documento de trabajo que tiene que ser muy claro y se tiene que poder visualizar sin los dibujos. Personalmente me sigue costando escribir pensando en que eso va a llevar un tiempo. Yo escribo pensando en el espacio todo el rato, que son las páginas y las viñetas. Ese es el tiempo en el cómic. Cuando hay que pensar en un lenguaje que se mueve, que es visual y que además tiene una dimensión sonora, cambia mucho.
¿Ese proyecto no sabes cuándo va a ver la luz?
La beca es para que escribas una versión de guion. Te lo pasas súper bien con veinte amigos nuevos de los que aprendes muchísimo, te llevan de viaje, vas a formaciones diversas, desde legislación hasta a hacer un dosier. A final de curso hay un pitch ante un montón de productores. Algunos se interesaron y me dijeron: «Mándanos el dosier». Como estaba todavía afinando el guion, les dije: «En septiembre». Y en septiembre me dieron el premio y se trastocaron todos mis planes.
Eres autora, viajas y además das clases en la Escuela Minúscula de Madrid, ¿no?
Sí, y me gusta un montón, lo disfruto. Me hace enfrentarme a otras maneras de trabajar y a otras problemáticas. Lo que más me gusta es el seguimiento de proyectos. Me he dado cuenta, gracias a las residencias en las que he estado, de que los proyectos crecen mucho cuando se comentan, se hablan y se pueden discutir. Y eso es muy especial también como profesora, porque aunque no seas creadora, eres un apoyo, estás al servicio del otro. También te hace cuestionarte tus propios mecanismos o proyectos propios, porque se abren otras ventanas y dinámicas, te descentralizas… En resumen, es muy estimulante. No quita que sea un trabajo muy sacrificado. En este momento no lo querría a jornada completa, pero es un buen complemento. Se aprende mucho enseñando, porque el alumnado te enseña, porque verbalizar cualquier problemática te hace entenderla mejor y porque, si no quieres ser una hipócrita, tienes que aplicarte muchas de las cosas que dices.
Has hecho el cartel del Día del Cómic de este año y hay un pequeño vídeo que explica el proceso. Me parece estupendo, porque mucha gente piensa que hacemos dibujitos sin valor y con tu vídeo se ve claramente que hay un proceso detrás.
El vídeo son dos minutos, aunque yo hablé como cinco o seis. Me lo cortaron. Parezco una youtuber (risas). Para mí siempre es interesante ver el proceso de trabajo de otros profesionales y quise explicarlo de tal manera que se pueda entender más el oficio del ilustrador, que es un trabajo como otro cualquiera que requiere reflexión y buscar soluciones. También me apetecía mostrar cómo una idea te lleva a otra, ese viaje, ese paseo en el que cuando empiezas tú tampoco tienes muy claro cómo va a ser el resultado final.
La experiencia de Rotunda con respecto a Lo sabes aunque no te lo he dicho, ¿en qué se diferencia en cuanto al proceso?
Es curioso, porque parece que los hice muy seguidos pero en origen son proyectos casi simultáneos. Empecé uno, paré, continué con el otro. No hice uno y luego el otro, sino que se solaparon y hubo grandes parones. Por esto mismo, en el planteamiento sí eran muy distintos. Con Rotunda quería hacer una historia canónica: presentación, nudo y desenlace. Personaje con su arco narrativo. Muy clásica. Diseñé los personajes y, como no me daba tiempo a experimentar demasiado, decidí prescindir de composiciones de página complejas. La energía la puse en otro lugar. Escribí el guion tal cual, como una obra de teatro; después, storyboard; después, la línea, y después, el color. Cada cosa en su tiempo, como siguiendo los pasos de una receta. Con Lo sabes aunque no te lo he dicho fue muy distinto. Hice una historieta en blanco y negro, me gustó, y dije: «A lo mejor aquí hay un hilo del que tirar sobre el tema de la incomunicación». Fui haciendo historias sin orden; de hecho, en el libro no aparecen cronológicamente. Luego pensé que me venía bien el color, porque otra de las premisas era utilizar los códigos del cómic para que la forma acompañara las ideas, y el color es parte importante de esa gramática. Al final decidí que se iban a unir. Que no iba a ser un recopilatorio de historias una detrás de otra, sino que habría transiciones suaves y los colores cambiarían de una a otra. La construcción del libro fue más desordenada, pero también más libre.
Tienes la dificultad, pero también la gracia de un ritmo acelerado y de que vas volviendo a los personajes. Eso permite segundas lecturas.
Cuando ya decidimos, mi editora y yo, que las historietas iban a estar unidas, tenía a lo mejor cuarenta páginas dibujadas. En ese momento me dije: «Ahora sí puedo hacer guiños. Que un personaje aparezca de fondo en otra historia, o vuelva a aparecer y haya otro remate a su historia». Gracias a eso se convirtió en un libro con más unidad, con más empaque.
Hay cosas en tus cómics que me gustan mucho. El jefe de Rotunda tiene cara de smiley, dos puntos y una boca, mientras el resto de personajes está bien definido. O en este, cómo se van poniendo rojos en la cara. ¿Lo haces de manera intencionada o te sale?
Lo de la cara de Delfín, por supuesto, fue una decisión. Fue gracioso porque cuando mandé el dosier inicial de Rotunda a muchos sitios, una editora me respondió que le gustaba mucho, que los personajes estaban muy bien, pero que había uno peor dibujado que los demás y era una pena. Yo pensé: «Vale, si no has entendido esto, a lo mejor no estamos pensando en el mismo libro», porque es una propuesta de diseño consciente. Tiene esa cara porque el tipo no tiene identidad, y así resolví la representación gráfica de su vacío vital. Y luego, sí, cuando los personajes (y animales) están enfadados se ponen más rojos. La sangre se les sube a la cabeza a medida que se van enfureciendo.
Como hay muchos estudiantes, cuéntanos cuáles fueron tus referentes. ¿Has empezado a leer más cómics o también ilustradores, artistas, pintores, directores?
Un poco de todo. De directoras de cine, de las que más me gusta es Alice Rohrwacher, la de Lazzaro feliz. Su última película es La quimera. Me gusta mucho porque trabaja temas muy políticos desde la fábula. Crea universos que parecen normales, y de pronto hay algo que es raro. Eso me maravilla. También me gustan mucho autores como Juan Pablo Villalobos o Aurora Venturini, que usan muchísimo el humor. No diría «referentes», pero sí lecturas que disfruto, no solo porque me hacen gracia, sino porque me fascina toda la construcción que hay debajo. No es el humor del chascarrillo o el de ocultar una debilidad, es la base de algo muchísimo más grande. En dibujo, por mi formación belga, diría Dominique Goblet, una dibujante que se acerca al cómic de una manera muy libre, como si le diesen igual los códigos. Hace lo que quiere y da mucha alegría ver a gente tan desacomplejada. Siguiendo con los belgas, Olivier Schrauwen, porque no se lo pone fácil. En cada obra se renueva y yo siento que se lo pasa bien, y en el transcurso va reinventando el medio. Y Brecht Evens, uno de los primeros autores que leí y al terminar pensé: «Yo quiero hacer esto». Todavía no lo he conseguido, pero poquito a poco. Me he ido muy lejos, porque si empiezo a nombrar a los compañeros españoles no acabo y seguro que encima se me olvida gente. Vosotros sabéis quiénes sois. Ah, y las clases de Sergio García fueron muy importantes, por supuesto.
¿Crees que tu formación en Bellas Artes ha tenido que ver con tu forma de trabajar?
Sí, porque dejé de pintar. Yo entré en Bellas Artes porque me gustaba pintar y hacer copias de óleos clásicos, renacentistas. Era como una mujer de quinientos años. Y cuando entré me di cuenta de que a lo mejor era muy guay, pero no dejaba de ser una cosa técnica. Es una disciplina increíble y compleja y no la quiero infravalorar, ni muchísimo menos, pero entendí que a mí me gustaban las narrativas, las historias. Disfruto muchísimo en un museo y también disfruto muchísimo leyendo. Unir lo gráfico y lo literario era el cómic. Se reveló así. Y, además, es muchísimo más barato de hacer, ocupa mucho menos sitio, se seca más rápido, se puede corregir con bastante facilidad y se puede experimentar sin comprometerse demasiado.
En tus páginas se nota mucho ese espíritu experimental. La narrativa, los personajes que se salen de las viñetas…
Lo intento, y también hay algunos homenajes conscientes. La historia de los inicios de la ilustración está llena de recursos muy similares. Lo que pasa es que después el cómic se estandariza por cuestiones de mercado y de industria. Ahora parece que estamos rompiendo el canon, pero muchas soluciones ya existían. Y estaba tratando el tema de la incomunicación y busqué maneras visuales de representarlo o de reforzarlo. A lo mejor otro artista ya había utilizado el mismo recurso formal pero con otro sentido. La solución puede ser la misma, al final está casi todo inventado, la cosa es darle un nuevo significado. Y esto también lo digo para no llevarme méritos que no merezco.
En cuanto a la técnica, que a la gente le interesa, tu ilustración tiene una textura muy plástica, muy orgánica, pero trabajas en digital.
Sí, lo siento. Siempre me preguntan: «¿Lo haces tú a mano?». Y digo: «A mano sí, pero no es a lo que te refieres». Este libro está hecho esencialmente en Photoshop. Si tenéis curiosidad: tengo en una pantalla una tableta gráfica con la que trabajo y, al lado, un monitor con la paginación. Así voy viendo cómo se va construyendo el libro.
¿Y el texto y los bocadillos? ¿Haces primero la rotulación o lo llevas a la par?
Pues me hice mi propia tipografía, que ya tengo que renovar porque la hice con un programita gratis de internet y tiene sus fallos. Es como una caligrafía propia y mecanizada que traslado a la maqueta del libro desde el principio y que me permite corregirme más rápido.
¿Prefieres poner antes el texto para saber el espacio que te queda para la ilustración?
Depende. En algunos libros sí prefiero tener ya el bloque de texto. En uno en el que estoy trabajando, donde no he escrito yo el guion y tengo mucho menos margen de maniobra, dispongo el texto en las páginas, las exporto y obtengo una paginación aproximada. Después voy moviendo el bocadillo como quiero. Es difícil componer viñetas y páginas en cómic porque tienes que pensar todo el rato: «Aquí, ¿quién habla primero? ¿Dónde pongo la “cámara”? ¿Quién habla después?». Para componer la viñeta es fundamental saber cuánto te va a ocupar el texto, porque este es un elemento de la composición tan importante como cualquier otro.
Tienes mucho detalle en los personajes, en la ropa, en cómo van vestidos. Representas las personalidades a través de la moda. ¿Te gustan más los personajes o los fondos?
Disfruto más con los personajes. Con los fondos puede que menos. Un personaje ya es una condena para empezar, porque lo tienes que repetir mucho. Si te haces un fondo demasiado complicado y lo tienes que repetir, para mí resulta un poco aburrido… Hay que pensar en tu yo del futuro y en el regalito que le estás haciendo. Puede que sea algo perezosa, lo reconozco. También pienso que para representar un espacio, una escenografía, no te hace falta dibujarlo todo. Un personaje, en cambio, suele tener mucha más carga expresiva, es cambiante, y según cómo sea el libro, para mí es más divertido.
La charla se titula «Habitar la herida» y habla de tu forma de entender el cómic como un espacio abierto donde lo físico y lo emocional se transforman en lenguaje. ¿Cómo lo planteas?
La frase tiene potencia, me he abrumado un poquito. En los dos libros que he hecho, que tampoco son tantos como para decir «yo soy así», actué de maneras muy diferentes, me preocuparon cuestiones distintas. Me interesa mucho el paraguas de la ficción, porque la ficción, a pesar de partir de una anécdota o experiencia cercana, te permite hacer lo que la historia necesite sin rendir cuentas a la realidad. Lo que sí que tiene que interpelarme personalmente es el tema subyacente, la idea que domina todo.
En Rotunda la precariedad era muy evidente, estaba rabiosa. Y en Lo sabes aunque no te lo he dicho me cuestionaba sobre algo distinto: ¿qué tiene que pasar para que dos personas dejen de tenerse en cuenta o de quererse, o para que una amistad se rompa? ¿Cómo abordar esto en el mundo que yo conozco? Por supuesto no deja de ser una mirada muy sesgada, muy occidental y muy de nicho. Pero debajo de todo eso, seguramente sí que hay una heridita.
Veo muchas situaciones cotidianas, y también parece un libro que habla de cuando te haces mayor. Cosas que te preocupan que antes no. Supuestamente, cuando eres joven, no las tienes en cuenta. Y, sin embargo, me pones a un adolescente preocupado por cosas trascendentales mientras su padre pasa de todo. Me rompes los esquemas. ¿Son problemas de la edad adulta y del mundo en el que vivimos?
Bueno, eso está bien, ¿no? Son problemas de la edad adulta y del mundo en el que vivimos. A lo mejor cuando eres joven no eres tan consciente, tus amigos son tus amigos, no te abandonan, están contigo siempre. Y cuando eres joven también pasan tantas cosas tan rápido… Yo he tenido mucha suerte en la vida, todo sea dicho. Mis primeras historias eran de desamor, pero bastante tontas y ridículas vistas desde fuera. Hasta que empecé a tener experiencias laborales y me di cuenta de lo difícil que era salir al mundo adulto, alguien que encima lo había hecho todo «como había que hacerlo». Entiendo que también es una reacción muy desde el privilegio blanco: «Se me ha prometido esto, ¿por qué no lo tengo?». Todo eso entra en juego. En cualquier caso, era algo que me apetecía contar porque tenía compañeras de clase y de generación que estaban pasando por lo mismo. No es que mis historias de amor tontorronas no fueran válidas, es que yo me involucraba menos… Las vivía más ligeramente, mucho más que mi situación profesional. Para hacer un libro, con tanta dedicación, un poco por amor al arte, sí que quería temas que me fueran determinantes.
Además son muchas historias distintas. ¿De dónde sacaste la inspiración? ¿Te ibas apuntando cosas en una libreta?
Apuntaba en un cuadernito cosas propias, cosas que me contaban, reflexiones que surgían viendo las noticias o a partir de un trocito de una canción. Todo eso se transforma y toma una forma más o menos homogénea. Yo parto del destello y le busco un contexto literario. «Literario» suena grandilocuente, pero sí, le busco una ficción, algo que me permita trabajar ese concepto. Otras veces pasaba que tenía la idea gráfica. Por ejemplo, una de las últimas historias es una relación de pareja cuyo dibujo se va degradando conforme se degrada la relación. Pensaba: «Me gustaría hacer una historia que conforme avance la acción esté peor dibujada». Estuve varios días buscando: «¿Qué va cada vez peor y es cotidiano? La rutina de pareja». Luego todo me lo llevo a la hipérbole, a la exageración. Una amiga me dijo: «Es que tu novio tiene que entender que no es tu familia, que se tiene que seguir duchando». Y pensé: «Esto es, tal cual».
Ahora me gustaría que el público preguntara. ¿Alguien con interés en dedicarse al cómic?
Que pregunten, ¡claro!
Has trabajado con animación, cómic e ilustración. ¿Con cuál te quedarías?
Depende para qué. Para ganar dinero, el cómic no. Para desarrollarme en lo artístico, el cómic. Tiene esa parte narrativa que te permite profundizar o rodear un poquito más las ideas. La ilustración es una profesión genial y lo que importa es la síntesis. La disfruto mucho porque cada proyecto te permite probar cosas nuevas de manera efectiva. Eso es estimulante. Y la animación… No soy especialista. He hecho muy poquitas cosas. «Animo», dicho con comillas, porque en realidad son ilustraciones que se mueven. Si fuera por el lenguaje, me quedaría con la ilustración y el cómic, porque también tienes más control. Y, si fuera rica, también haría películas con equipos de gente más lista que yo.
Como trabajas en digital, con tabletas, ¿has experimentado con inteligencia artificial? Ahora hay posibilidades de continuar personajes, de variarlos. ¿Qué te produce?
No la utilizo, por una cuestión muy sencilla: lo más bonito del trabajo creativo es el proceso, la satisfacción de llegar a una conclusión y materializarla. Si me «ahorro» el proceso, ¿qué interés puede quedar? Tampoco necesito «generar» más imágenes en menos tiempo. ¿Para qué? El mundo no necesita más imágenes, más rápido. Además me da miedo atrofiarme. Así que no le estoy echando mucha cuenta, supongo que me estallará en la cara en algún momento. Me parece que la inteligencia artificial tendría que servir para mecanizar procesos, actividades tediosas, alienantes, complejas y, sobre todo, repetitivas. Yo quiero una IA que me friegue los platos, que me barra la casa. Tengo la Thermomix, que ahí está y ni es tan inteligente ni te deja experimentar demasiado. Me cuesta imaginar que alguien que disfruta pensando y sorprendiéndose a sí mismo utilice la IA para acabar «sorprendiéndose» de una máquina. Y luego está la cuestión ecológica, la cuestión sobre los derechos de autor, etcétera.
¿Qué proyectos tienes a futuro? ¿Una tesis doctoral?
Me queda otra prórroga todavía para retrasar la defensa de la tesis… ¿Llegará ese día? Tengo un proyecto de libro relacionado con la supuesta tesis que me gustaría hacer. Tiene mucho que ver con el libro Una educación oriental, de Charles Berbérian, que se ha presentado también aquí, porque me gustaría trabajar con la forma del dibujo, con esa capa de significado que aporta por su naturaleza y que no va necesariamente en lo puramente representativo. A ver cuándo me da tiempo…









