Hebras y nodos

Nadie empieza a caminar en el primer kilómetro. Crónica de una mexicana en el Camino Portugués (II). Entrar en Galicia

Praza da Ferreria
Praza da Ferrería (DP).

Viene de la primera parte

Tui: la frontera antes del primer paso

La preparación terminó cuando apareció la primera flecha amarilla.

No tuvo solemnidad. Estaba allí, cumpliendo su oficio, como si no supiera que para nosotras marcaba un cambio de régimen. Hasta entonces el viaje había ocurrido en estaciones, aeropuertos, mesas, hoteles, conversaciones. En Tui empezó a ocurrir en otra unidad de medida: el paso. La mochila dejó de ser equipaje y se volvió peso. El paisaje dejó de ser vista y se volvió terreno. La ruta dejó de ser una idea organizada en etapas y empezó a pedir algo más elemental: apoyar el pie, mirar la señal, seguir.

De Vigo salimos hacia Tui, la ciudad donde comenzaría formalmente nuestra ruta.

Tui no es un punto de partida cualquiera. Está frente a Valença, Portugal, al otro lado del río Miño. Entre ambas ciudades se extiende el Puente Internacional, esa estructura de hierro que une dos países y que, para muchos peregrinos, funciona como entrada simbólica a Galicia. La etapa Tui–O Porriño, reconocida por la Xunta como parte del Camino Portugués, marca 18,1 kilómetros y dificultad baja. Leída en una guía, la cifra parece manejable. Puesta frente a los pies, cambia de naturaleza.

De un lado, Portugal. Del otro, España. En medio, el río.

Valença conserva su fortaleza; Tui, su perfil medieval, su catedral-fortaleza, su memoria episcopal y fronteriza. Dos ciudades amuralladas mirando la misma agua desde orillas distintas. El puente, inaugurado en 1886, pertenece a esa ingeniería que no solo resuelve un cruce: también modifica la relación entre territorios. Allí la frontera parecía menos una línea que una conversación sostenida durante siglos.

Cruzamos el Puente Internacional desde Valença hacia Tui con una conciencia extraña del límite.

La frontera tenía una materialidad sencilla: una línea sobre el puente, un lado Portugal, el otro España. Bastaba adelantar un pie para cambiar de país. Un gesto mínimo para entrar en otra jurisdicción, otra lengua dominante, otra historia, otra forma de nombrar el mismo río.

El Miño corría abajo sin obedecer la frontera. El agua seguía su curso; la línea, en cambio, era nuestra: una marca humana sobre el puente, suficiente para dividir mapas, policías, lenguas, papeles. Hay fronteras que se cruzan como trámite y otras que se heredan como herida. Allí, entre autos, bicicletas, vecinos y peregrinos, el límite parecía ligero. Pero poner un pie a cada lado seguía teniendo fuerza. Incluso cuando se vuelve transitable, una frontera conserva memoria.

Valença quedaba atrás. Tui aparecía enfrente. Entre una y otra, el puente no parecía una separación, sino una costura.

No hubo ceremonia, ni sello, ni campanas. Solo unos pasos sobre hierro, el viento del río, la mirada hacia Galicia y la intuición de que el Camino había empezado antes de la flecha: en el acto de cruzar.

Esa mañana no cruzamos solo de un país a otro. Cruzamos de la preparación al Camino.
Habíamos dormido en el Parador de Tui, cerca del puente que comunica con Portugal. El descanso previo ocurrió casi al borde de una puerta. Había algo justo en esa ubicación: dormir antes de empezar en un lugar que mira hacia otro país, como si la ruta necesitara recordarnos desde el principio que caminar también es atravesar límites.

Tui no se entrega de frente.

Obliga a subir, a girar, a mirar entre muros. La piedra aparece en las calles, en las fachadas, en la catedral fortificada, en esa manera que tienen las ciudades fronterizas de parecer más antiguas que su propio silencio. Desde allí Portugal no es una idea internacional, sino una orilla visible. El Miño corre abajo, Valença responde desde el otro lado y el puente mantiene abierta una conversación que empezó mucho antes que nosotras.

Después vino el camino fluvial.

El agua, que en Vigo había sido descanso y antesala, apareció ahora como compañía. El sendero empezó a abrirse entre verde, muros antiguos, humedad, árboles, helechos, cruces de piedra, señales y pequeños altares espontáneos dejados por peregrinos: piedras, conchas, nombres, fechas, objetos mínimos al borde del camino. No interrumpían el paisaje. Cada uno parecía decir lo mismo sin levantar la voz: alguien pasó por aquí.

El bosque gallego no se mira desde fuera. Se entra.
En este tramo, Galicia pareció cerrarse alrededor de nosotras. La luz no caía completa; entraba por partes. La lluvia de días anteriores había dejado en la tierra una humedad que oscurecía la piedra y hacía brillar las hojas. Los árboles no estaban al fondo de la escena. Eran la escena. Caminar allí era aceptar un permiso temporal para entrar en una respiración más antigua que la nuestra.

En algún punto apareció el mojón: km 119,140.

La concha amarilla y la flecha señalaban hacia adelante. Ciento diecinueve kilómetros todavía eran una cifra abstracta, pero sobre una piedra dejaron de pertenecer al mapa. Santiago ya no era solo una ciudad, una imagen final o una idea cultural. Era una distancia. Una promesa medida en pasos.

En una pared rosa, bajo un cielo que cambiaba de humor, una flecha amarilla insistía en la dirección.

Más adelante aparecieron murales, siluetas de peregrinos, cruces de piedra, conchas pintadas, bancos, musgo, imágenes de Santiago. La ruta no conserva una estética pura; ahí reside parte de su vitalidad. Acepta la piedra medieval y la pintura reciente, el mojón oficial y el trazo popular, la devoción antigua y la marca improvisada de quien pasó por allí con ganas de dejar una señal. Más que museo al aire libre, es una ruta usada.

El Camino Portugués desde Tui ha crecido con fuerza. En 2025 superó los cien mil peregrinos, y Tui se consolidó como uno de sus grandes puntos de inicio: más de cuarenta y un mil personas comenzaron allí. Las cifras explican una parte del fenómeno, pero no su textura. La otra parte aparece cuando alguien se sienta junto a ti, te pregunta de dónde vienes o camina unos metros a tu lado. Entonces la estadística adquiere acento, edad, biografía.

Así conocimos a René.

René apareció hablando un español tan limpio que lo primero fue preguntarle de dónde venía. Filipinas, dijo. Luego Medellín. Luego California. Luego el Camino Francés. Su vida fue apareciendo por partes, como suelen aparecer las vidas en el Camino: no en orden cronológico, sino al ritmo de una conversación entre desconocidos.

Había aprendido español en Medellín y hablaba de Colombia con una gratitud luminosa, de quien no recuerda un país como postal, sino como experiencia. Vivía en California, había hecho el Camino Francés el año anterior —más de ochocientos kilómetros— y ahora recorría el Camino Portugués desde Oporto. Se preparaba para su próxima jubilación con una alegría tranquila, casi práctica: caminar mientras el cuerpo se lo permitiera.

No hablaba del Camino como hazaña.

No había en él tono de medalla, ni de reto deportivo, ni de épica personal. Hablaba con la naturalidad de quien entiende que andar es un privilegio. «Mientras el cuerpo me deje», parecía ser su filosofía entera. La frase no necesitaba adornos. El cuerpo, que en la vida diaria tantas veces damos por sentado, se vuelve maestro cuando el mundo empieza a medirse en kilómetros.

René traía Filipinas, Colombia, California, Oporto y el Camino Francés en una misma conversación. Su biografía cruzaba continentes con esa facilidad propia de algunas vidas contemporáneas. Y, sin embargo, allí, en medio del sendero, todos estábamos reducidos a lo mismo: pies, mochila, agua, bastones, una dirección común.

La ruta produce una igualdad modesta.

Nadie deja de venir de donde viene. México, Filipinas, Colombia, Estados Unidos, España, Portugal: cada país sigue sonando en el acento, en la memoria, en las frases que se eligen para contar una vida. Pero durante unos metros todo se acomoda al mismo ritmo. Nadie necesita explicar su biografía completa. Basta una frase, una sonrisa, una anécdota, una pausa para beber agua. Cada peregrino lleva más de lo que se ve.

En algún momento apareció la frase:

El Camino es la meta.

Puede sonar a frase de pulsera, a consigna lista para repetirse sin pensar. Ese primer día, sin embargo, empezó a adquirir una utilidad concreta. No trataba de explicar la ruta, la volvía soportable.

La meta también estaba en la parada para respirar, en el banco donde alguien se quitaba la mochila, en la luz filtrada por el bosque, en la conversación con René, en cada paso que confirmaba, sin decirlo, que podía seguir.

Santiago quedaba lejos, pero la vida estaba ocurriendo allí.

Frente a los mojones, entre cruces y helechos, junto a peregrinos que ajustaban una correa o se detenían a beber agua, la prisa empezó a parecer una forma pobre de mirar.

La etapa Tui–O Porriño cambió la escala de todo.

La belleza de Tui quedó atrás, pero no desapareció. Se vino con nosotras en forma de frontera interior. El puente internacional, el río Miño, el Parador, las murallas, la piedra, Portugal al otro lado: todo eso quedó como imagen de inicio. El bosque hizo lo demás.

Entre sombras verdes y señales amarillas, entendí que no se empieza cuando el itinerario está bajo control. Se empieza cuando acepté entrar en una historia más amplia que la propia.

Una historia de ciudades fronterizas, peregrinos antiguos y contemporáneos, amigos que acompañan, desconocidos que aparecen, ríos, puentes, cruces y

bosques. También de quienes caminan a nuestro lado y de quienes no caminan ya, pero siguen modificando la dirección.

El primer día terminó con una pregunta menos práctica que el mapa. Si sabíamos estar ahí.

O Porriño-Redondela: todos los climas en un mismo camino

Los pies amanecieron sabiendo algo que la víspera todavía no sabían.

No me dolían. Estaban despiertos. Habían atravesado el primer tramo y, durante la noche, la emoción pareció convertirse en oficio: levantarse, buscar los bastones, ajustar la mochila, revisar el agua, salir. La marcha todavía empezaba, pero ya no preguntaba si podía caminar. Se preparaba para seguir.

En la muñeca, una pulsera azul decía con una claridad casi infantil: Camino de Santiago. No cuentes tu vida, vive tus sueños.

La frase podía parecer ingenua; esa mañana tuvo una eficacia práctica. Sin interpretación. Solo calcetines secos, capas, bastones, mochila, una señal visible y el primer paso del día.

La etapa de O Porriño a Redondela contiene 16,4 kilómetros, dificultad media y una duración estimada de poco más de tres horas. La ficha de viaje dice también que empiezan a ganar presencia los bosques de pinos y eucaliptos antes de alcanzar la ría de Vigo.

Esta etapa también se mide por el clima que cambia sin consultar, por la luz que aparece y se retira, por la cuesta que llega cuando ya nos sentíamos seguras, por el ruido de una carretera, por una flor roja después de la lluvia, por la mesa que espera y por el lugar donde los bastones, al fin, podrán descansar.

Ese día tuvimos todos los climas.

Amaneció frío. Salió el sol. El cielo se cerró de golpe. Cayó una lluvia fuerte. Volvió la luz. Más tarde, la tarde abrió otra temperatura, como si el día hubiera ensayado varias versiones antes de terminar. Galicia no cambiaba de humor: mostraba el suyo. Humedad, claro breve, nube, agua, resplandor, sombra.

Caminar allí exigía una administración pequeña y constante del ritmo: quitar una capa, poner otra, guardar el impermeable, volver a sacarlo, proteger el teléfono, agradecer un claro, dejar de pelear con la lluvia.

La salida de O Porriño tiene una tensión concreta. El peregrino no entra de inmediato en un bosque limpio de interferencias, sino en una Galicia donde las señales amarillas conviven con carreteras, polígonos industriales, autovías y cruces que obligan a levantar la vista del suelo. La ruta avanza por donde la vida ya estaba: fábricas, casas, huertos, bares, parroquias, talleres.

Esa mezcla incomoda solo si se espera una postal medieval. O Porriño-Redondela ofrece una Galicia en uso: húmeda y asfaltada, rural e industrial, antigua y productiva. Una nave detrás de un muro con musgo, una capilla después de la carretera, una flor roja creciendo junto al asfalto.

Después apareció Mos.

El recorrido pasa por la capilla de las Angustias, A Rúa, la iglesia de Santa Eulalia, el Pazo de los Marqueses de Mos y la subida hacia Santiaguiño de Antas antes de continuar hacia Redondela. El territorio cambia de textura: caminos rurales, parroquias, ascensos suaves, bancos, cruces cubiertas de musgo, flores mínimas al borde del sendero.

En una tabla de países apareció México junto a Portugal, Colombia, Japón, Brasil, Argentina, Irlanda, Chile, Perú, España.

Era solo un nombre escrito entre otros nombres. Aun así, verlo allí tuvo una emoción discreta. México ya no estaba únicamente en mi pasaporte, en mi acento o en lo que llevaba por dentro. Estaba mezclado con otros países en una tabla de peregrinos, como una pequeña prueba de que la ruta no pertenece a una sola geografía.

Los países dejan de ser mapas cuando empiezan a sonar en las voces.

También apareció la música gallega: la gaita, las melodías populares, ese tono entre fiesta y melancolía que ubica un territorio sin necesidad de explicarlo. Galicia se mira y también se oye.

Y después la comida.

Calamares, arroces, pulpo. Platos que no pretenden explicar una tierra y, sin embargo, la explican mejor que muchos discursos. El mar, la ría, el aceite, el pimentón, el arroz, el pulpo como emblema popular, los calamares como pausa feliz después de caminar.

Después de horas de ruta, el hambre entiende rápido ciertas cosas: el valor del pan, del aceite, del plato caliente, de una mesa donde nadie exige heroicidad. Comer después de caminar es volver a la vida por otro camino.

El día avanzó así: lluvia y sol, bosque e industria, piedra y asfalto, capillas y murales, música y comida. Nada apareció puro. Todo venía mezclado. Al final, esa mezcla fue lo que quedó. El segundo día no nos dio una Galicia idealizada. Nos dio una Galicia completa.

Llegamos a As Chivas, una casa rural en Redondela, rodeada de pinos y eucaliptos, sobre la ladera sur de la ría de Vigo y cerca de la ruta portuguesa. Después de un día de todos los climas, llegar allí tuvo algo de refugio.

Una casa gallega en medio del bosque no recibe como un hotel urbano. Recibe con madera, humedad, jardín, olor a tierra. No ofrece solo una cama; nos regala toda una experiencia.

Los bastones quedaron apoyados.

Las mochilas, con sus pines y sus historias, descansaron también.

Los pies habían pasado por lluvia, asfalto, musgo, comida, conversación, sol y sombra. Habían aprendido a no pedirle al día una sola forma.

Esa noche no hizo falta una moraleja. Los bastones estaban apoyados, la ropa empezaba a secarse y afuera seguía oliendo a tierra.

Redondela-Pontevedra: caminar despacio para que Galicia aparezca

Hay etapas que las guías resuelven en una sola línea: Redondela-Pontevedra, 18,2 kilómetros, dificultad media, unas cuatro horas y media de camino.

La descripción cabe en nuestra ficha. Salir de Redondela, pasar por Cesantes, ver la ría de Vigo con las islas de San Simón y Santo Antón, atravesar Arcade, Pontesampaio y continuar hacia Pontevedra. Todo parece ordenado, medible, dispuesto para ejecutarse en una jornada.

Nosotras la hicimos en dos días. Esa decisión cambió la escala. Esperábamos lluvia.

El día volvió a desobedecer la previsión. El sol apareció con una generosidad inesperada. La humedad era visible. Maravillosa. El verde brillaba más. Los muros parecían recién lavados. Las flores salían al borde del sendero como pequeñas interrupciones de color.

Galicia se abrió en detalles.

Una bicicleta con imágenes de arte detenida junto a un muro antiguo. Una virgen dentro de una iglesia. Un reflejo nuestro en una ventana. Mochilas con nuevos pines. Una flor roja contra el verde. Un helado comido en Pontevedra con la felicidad sencilla de quien ha llegado caminando. El bosque de Tomeza, pidiendo menos conversación y más oído.

Desde Redondela se avanza hacia Cesantes y la ría de Vigo aparece al oeste. Al fondo, entre agua, bateas y memoria marítima, se recorta el puente de Rande. Después llega Arcade, pequeño y hermoso, con esa escala de los pueblos que no necesitan imponerse para permanecer. Allí la etapa dejó de sentirse como tránsito y empezó a parecerse a una respiración.

Dormir cerca, detenerse, mirar el bosque despacio, escuchar el agua, observar la vida mínima: todo eso cambió la jornada. Arcade fue nuestra pausa. Nuestro regreso a la naturaleza.

Luego vino Pontesampaio.

El puente medieval, con sus arcos antiguos, no aparece como pieza aislada del pasado. Está ahí, todavía cumpliendo su oficio de paso. En esa zona se recuerda la Batalla de Pontesampaio, ocurrida en 1809, decisiva en la Guerra de la Independencia contra las tropas francesas. Cruzarlo fue poner el pie sobre una geografía que ha visto defensa, comercio, tránsito, peregrinaje, cansancio y vida cotidiana.

El puente no explicaba nada. Estaba allí para cruzarlo.

Después, el verde volvió a cerrarse. La subida hacia A Canicouva y la Brea Vella aparece en varias guías como uno de los tramos más evocadores, ligado a la antigua vía romana XIX. Esa expresión —vía romana— tiene una fuerza especial cuando se camina despacio. Recuerda que todo camino antiguo es una superposición: imperio, religión, comercio, guerra, campesinos, peregrinos, turistas, bicicletas, botas modernas, teléfonos móviles, mochilas, mujeres mexicanas avanzando bajo el sol gallego.

Nada desaparece del todo. Algunas cosas quedan debajo de los pasos.

El bosque entre Arcade y Pontevedra tenía helechos, robles, eucaliptos, muros cubiertos de musgo, mucha agua, sombra, flores silvestres, pequeñas marcas dejadas por otros caminantes. En el entorno del río Tomeza, protegido como Espacio Natural de Interés Local, la belleza traía una responsabilidad concreta. Caminar por un lugar hermoso no lo vuelve nuestro. Solo nos vuelve responsables de cómo lo atravesamos.

Esa pregunta se volvió más concreta al dormir por segunda ocasión en una casa rural gallega.

Una casa rural puede parecer, para el viajero, una imagen amable: muros antiguos, madera, jardín, silencio, una mesa preparada, una ventana hacia el verde. Debajo de esa belleza hay una transformación más honda. Galicia, como tantos territorios rurales de Europa, enfrenta el envejecimiento de sus pueblos, la pérdida de población, las casas cerradas, la dificultad de que la vida cotidiana permanezca donde durante generaciones hubo familias, cultivos, animales, oficios y conversaciones a la puerta.

Ese pensamiento no apareció de la nada.

Meses antes de caminar por Galicia conocí a Juan Carlos Pérez Rodríguez, CEO de Aldealista, un gallego brillante y generoso, de esos que hablan del rural con la precisión de quien entiende el problema y con la ternura de quien todavía escucha latir una casa familiar. Nos contó lo que estaba construyendo: una manera de conectar personas con pueblos, vivienda con empleo, comunidad con futuro. Su pregunta era sencilla y enorme: cómo puede una aldea volver a ser lugar de vida.

Juan Carlos hablaba de Galicia con una mezcla poco común de inteligencia estratégica y amor territorial. En Aldealista, las aldeas cerradas, las viviendas vacías, los oficios posibles y las comunidades que envejecen dejan de ser un dato triste para convertirse en un mapa de posibilidades. La prensa gallega ha resumido el modelo como una forma de conectar vivienda, empleo y comunidad frente a la despoblación rural; incluso lo ha llamado una especie de «Tinder de aldeas». La fórmula es útil, pero apenas roza lo que realmente está en juego.

Lo que él me transmitió fue que un abrazo rural puede cambiar y sostener la vida.

Un abrazo hecho de cosas concretas: una casa abierta, una comunidad que recibe, un empleo posible, una conexión a internet, un vecino que saluda, una mesa encendida, un territorio que deja de ser ruina y vuelve a tener puerta, fuego, conversación. En Galicia, donde muchas aldeas enfrentan envejecimiento, pérdida de población y dificultad para acceder a servicios básicos, ese gesto deja de ser romántico y se vuelve económico, cultural y humano.

Por eso, al dormir en una casa rural durante el Camino, aquella conversación volvió con más fuerza. Los muros antiguos, la madera, el jardín, los caminos entre aldeas, los hórreos, las fuentes, las capillas pequeñas, los huertos y los corredores en sombra no estaban ahí solo para nuestra emoción de peregrinas. Fueron vida. En algunos lugares todavía lo son. En otros, esperan.

La casa dejó de ser únicamente refugio. Se convirtió en una pregunta: qué ocurre con estos lugares cuando los caminantes se van; quién sostiene el paisaje cuando deja de ser rentable; cómo se cuida una aldea sin volverla decorado; cómo se llega a un territorio con la delicadeza suficiente para no agotarlo en una fotografía.

Llegar a Pontevedra fue otra forma de entrada.

Después del bosque, la ciudad apareció con su casco histórico, sus plazas, sus soportales, su piedra clara y esa escala caminable que la hace sentirse humana. Pontevedra invita. Tiene el encanto de las ciudades que no parecen hechas para ser consumidas deprisa, sino recorridas con atención.

Cenamos en Marna, en la Praza da Ferrería, en pleno casco histórico. La cena cerró la etapa sin grandilocuencia.

Después de dos días de ruta, agradecimos otra lengua: una mesa bien servida, una ostra sobre hielo, una carne cuidada, un plato verde y luminoso, una conversación sin prisa. Galicia volvió a aparecer desde la comida: mar servido con precisión, tierra llevada al plato, vino, producto tratado con respeto, una plaza latiendo afuera.

Esa noche pensé que habíamos hecho bien en caminar menos kilómetros por día. La atención exige bajar el ritmo. Hay trayectos que se empobrecen cuando se cumplen demasiado rápido. Dividir la etapa permitió que Arcade no fuera solo un punto intermedio, que Pontesampaio no fuera solo un puente, que el bosque no fuera solo sombra, que la casa rural no fuera solo cama, que Pontevedra no fuera solo llegada.

En esos dos días la distancia dejó de ser el único criterio. Se midió también en Arcade al caer la tarde, Pontesampaio, el bosque hacia Pontevedra, el sol que no esperábamos, una casa gallega guardando una forma de vida y una plaza histórica donde la comida volvió a reunir cansancio y territorio.

Caminar despacio no fue caminar menos. Fue llegar con más cosas vistas.

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