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Dios, en alta resolución. EMOVERE · Smart Heritage y los retablos

Dios, en alta resolución. EMOVERE · Smart Heritage y los retablos
Detalle del retablo de la capilla de la Piedad de la iglesia de San Miguel, Oñati. Se trata de un retablo casillero de estilo plateresco ejecutado entre 1533 y 1536, considerado el mejor de su estilo en el País Vasco (ver aquí)

Si quiere ver usted a Dios, lo tiene bien sencillo: basta con visitar la iglesia parroquial de San Miguel en Oñati, Gipuzkoa, y buscarlo en lo alto del retablo que decora la capilla de la Piedad del templo, considerado el mejor conjunto plateresco del País Vasco. Lleva una corona triple, viste una túnica dorada con capa y luce una gran barba y una frondosa melena de color castaño, ya que se trata de una talla de 1536 —lo de imaginar a Dios entrado en años, con pelo cano y vestido todo de blanco es un invento moderno—. Lo malo es que para dar cuenta de Su look necesitará usted algo de ayuda. Como poco, gafas de lejos, aunque lo mejor serían unos pequeños prismáticos. Esta talla polícroma tan sumamente singular —las imágenes antropomorfas de Dios padre son muy poco frecuentes en las iglesias— se encuentra a una altura considerable y, además, hay que alejarse del retablo para verla. Desde la base, los arquitrabes, los frisos y los otros saledizos que adornan los primeros pisos impiden ver el ático, es decir, la parte alta del conjunto. No es que esté mal hecho, al contrario: es que los retablos son así, ya que representan la propia jerarquía del mundo. Como ocurre en la vida real, Dios está en lo alto y resulta complicado verlo desde el suelo.

Y si no puede visitar Oñati —o si le falla a usted la vista—, tenemos también la solución: la digitalización del retablo en alta resolución. No nos dé las gracias, déselas a EMOVERE · Smart Heritage, una empresa vasca de digitalización en fotografía de alta resolución y fotogrametría 3D del patrimonio histórico y cultural, y a su software Tacktil, que permite explorar de forma interactiva todos los edificios y obras de arte digitalizados. O en palabras de José Ramón Zubiria, cofundador de la compañía y director de fotografía, «complementar y enriquecer la experiencia del visitante y conseguir que el patrimonio llegue a una audiencia más amplia, superando barreras geográficas y temporales y fomentando la curiosidad por lugares y obras que antes podrían haber pasado desapercibidos».

Oñati es uno de esos pueblos que sorprenden por la densidad de su patrimonio histórico. Situado en Debagoiena, la comarca del Alto Deba, en el interior de Gipuzkoa, ejerció como foco de poder y cultura durante siglos, con instituciones y edificios que han dejado una huella monumental en el municipio. Ese pasado se conserva, entre otras formas, en la variedad y calidad de los retablos que han llegado hasta nuestros días tanto en su antigua universidad como en el monasterio y las iglesias, digitalizados por EMOVERE. «Oñati es un gran museo», resume Xabier Mendizabal Vitoriano, experto en investigación, análisis de estado de conservación y restauración de retablos. «Tenemos desde el más antiguo en la ermita de San Martín, de estilo gótico tardío, hasta platerescos, romanistas, churriguerescos y rococós». Por esa razón, el municipio ejemplifica bien el espíritu del proyecto Retabulum 3D de EMOVERE: poner en valor tesoros que permanecen fuera de los circuitos habituales y, al mismo tiempo, enlazarlos con enclaves más reconocibles, para construir un mapa amplio y coherente de este patrimonio.

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Detalle de la imagen 3D del retablo mayor de la iglesia de san Francisco en Arrasate. Esta imagen tridimensional de alta resolución permite al visitante moverse con total libertad y acercarse al conjunto barroco (ver aquí).

Ni cerca ni lejos, sino todo lo contrario 

Ningún retablo, o casi ninguno, ha sido concebido para ser contemplado de cerca. Y para acercarse a pocos centímetros y examinarlo minuciosamente, menos todavía. No es que sean delicados, que también: es que son piezas narrativas y deben verse como un conjunto. Por eso se suelen situar tras el altar mayor de las iglesias —de ahí su nombre: retro tabulum, «detrás de la mesa» en latín—, para convertir la bancada en el punto de observación ideal, o incluso en capillas enrejadas que garantizan la distancia físicamente.

«El retablo nació para ser visto a distancia, para ordenar la atención y dirigirla hacia un relato», explica Mendizabal, especializado en talla y dorado por la escuela City and Guilds of London Art School. «Era como una pantalla antes de que existieran las pantallas, un dispositivo narrativo antes de que la palabra dispositivo se asociara a lo digital. Los retablos contaban historias, ordenaban cronologías, fijaban iconografías y, sobre todo, desempeñaban una función pedagógica esencial en comunidades donde la lectura era un bien escaso. Un retablo traducía ideas complejas en un lenguaje visual sencillo y comprensible, convirtiendo el espacio eclesiástico en una especie de escenario donde la historia se señalaba y se aprendía».

Pero, paradójicamente, muchos de estos retablos son difíciles de ver en la actualidad. «Su propia naturaleza monumental, su altura, su ubicación y la iluminación, pensada para el templo, no para la inspección del detalle, convierten su lectura en algo parcial. El visitante percibe la composición general, la fuerza del conjunto, pero se pierde la filigrana», explica Aiora Elkoro Igarza, restauradora y conservadora de patrimonio. Los matices en el brillo del pan de oro, los repintes sobre la madera, los rostros y las poses de las minúsculas figuras secundarias y las inscripciones diminutas desaparecen con la distancia.

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Detalle del retablo de la capilla del Santo Cáliz de la catedral de Valencia. Relieves con escenas protagonizadas por Moisés, obra de Giuliano di Nofri en 1418. Este retablo, esculpido en alabastro en estilo gótico flamígero, es un hito del primer Renacimiento en España y alberga el Santo Cáliz, lo que le confiere una importancia única (ver aquí)

Es algo que ejemplifica a la perfección el espléndido retablo de la capilla del Santo Cáliz de la catedral de Valencia, también capturado por los fotógrafos de EMOVERE en colaboración con Baukunst. Al hacer superzoom sobre las doce escenas en relieve de este conjunto gótico —esculpido en alabastro entre 1441 y 1446 por Giuliano di Nofri, alias el Florentino, y considerado una de las primeras obras renacentistas de España— se hace evidente que el retablo, al mirarse de lejos y de cerca, se convierte en dos obras distintas. Las imágenes de su exquisito programa iconográfico, rebosantes de detalles y con un naturalismo abrumador, se convierten en pequeñas estantiguas al alejarse, ya que la cualidad translúcida del alabastro confiere un cierto aire místico a sus personajes, que casi quedan reducidos a unos meros contornos blanquecinos. Como ocurre con los retratos con sfumato de Leonardo da Vinci o los cuadros puntillistas de Seurat, los doce relieves del Florentino cambian al hacerlo la posición del observador. Quienes acuden físicamente a la catedral pueden apreciarlo con sus propios ojos, pero los visitantes virtuales pueden hacerlo ahora también en sus pantallas. Esa es precisamente la posibilidad que ofrece la fotografía en alta resolución.

EMOVERE combina dos tecnologías en alta definición para llegar a cada matiz: fotografía en alta resolución, que registra la superficie y sus detalles con precisión, y fotogrametría 3D, que aporta volumen, relieve y profundidad. El resultado es una obra digital que se puede explorar con calma y rigor, útil para la conservación, el estudio y la divulgación, y extraordinariamente fiel a la original: es lo más parecido a estar frente al retablo real. Además, la experiencia digital no se queda en casa, sino que también acompaña a la visita presencial. Con el móvil en la mano, el retablo se vuelve más legible, porque puedes orientarte, identificar escenas y comprender mejor tanto el conjunto como sus detalles.

«Para nosotros es fundamental contar con una plataforma así, que permita ver los retablos con este nivel de resolución» dice Mendizabal. «A menudo tengo que hacer revisiones con prismáticos y, aun así, muchos detalles siguen siendo difíciles de apreciar. Con este nivel de resolución y la posibilidad de acercarnos tanto, podemos detectar deformaciones generales con mucha más claridad. Incluso aparecen indicios muy concretos, como elementos perdidos o a punto de desprenderse, y señales de ataques de xilófagos. Hasta llegas a ver serrín».

Ana Isabel Ugalde Gorostiza, doctora en Historia del Arte, licenciada en Historia y miembro de Arrasate Zientzia Elkartea, explica que la idea es «fascinante». Como experta en patrimonio y educación patrimonial, destaca la importancia de «poner al alcance de la vista aquello que queda lejos, muchas veces a oscuras, y poder disfrutar de detalles o elementos que pasan completamente desapercibidos. Es una oportunidad única para el público en general y lo es para los historiadores del arte, que se las ven y se las desean para tener acceso a esos lugares recónditos».

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Detalle del retablo del santuario de Arantzazu. Este retablo-mural de estilo abstracto, completado por Lucio Muñoz en 1962, cubre todo el ábside del edificio y alberga la pequeña talla gótica de la Virgen de Arantzazu (ver aquí).

«Es de suma importancia contar con la colaboración de especialistas para nuestro proyecto», resaltan desde EMOVERE. «Son los historiadores, los conservadores y las entidades locales quienes conocen a fondo cada obra y su contexto. Su aportación añade rigor y matices imprescindibles y convierte cada retablo en un relato bien documentado y fiel a su entorno».

Tacktil y Tacktil Digital Explorer: ver mejor para comprender mejor

En el centro de todo esto se encuentra Tacktil, el editor y visor de imágenes interactivas en alta resolución 360º de EMOVERE, que permite acercar los tesoros digitalizados a cualquiera con un ordenador, tablet o smartphone. Como recuerda Uxue Montero, cofundadora de la empresa y directora de proyectos, la digitalización no puede limitarse a colgar fotos en una página web, ya que «el patrimonio, sin comprensión, se vuelve un simple decorado». Por el contrario, debe «construirse una experiencia en la que la imagen puede explorarse, ampliarse y contextualizarse, integrando el storytelling: el relato que guía la mirada y convierte cada detalle en significado. Los retablos, por definición, lo piden: son grandes composiciones hechas de microhistorias». Con el visor interactivo Tacktil, esas microhistorias se vuelven comprensibles, ya que el usuario puede navegar, acercarse, comparar, leer textos explicativos, descubrir capturas de detalle preparadas para orientar esa mirada y permitir comprender el conjunto. «El detalle no es un lujo», resume Montero: «es un lenguaje».

También ayuda a mirar como se miraba entonces. Mendizabal lo resume con una imagen muy clara: «Tradicionalmente, los retablos se iluminaban con velas, una luz más suave, y con esa vibración del fuego que hacía que el dorado cobrara vida. En cambio, la iluminación actual, con focos de gran potencia, probablemente sorprendería a quienes los concibieron y ejecutaron. Por eso también hay que aprender a leer la intención del artista: esa iluminación moderna es muy útil para apreciar detalles y evaluar el estado de conservación, pero no siempre reproduce la manera en que la obra estaba pensada para ser contemplada».

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Una captura de Retabulum 3D.

La otra parte de la ecuación es Tacktil Digital Explorer, una plataforma pensada como un lugar de encuentro para estas obras. Se trata de un portal con diferentes «ventanas», cada una de las cuales conduce a un retablo concreto. El visitante digital navega por un mapa/galería, elige una pieza y, al clicar, accede a su visualización en Tacktil. Según explican desde EMOVERE, la idea es «concentrar retablos digitalizados en una misma plataforma, creando una suerte de depósito digital en alta resolución, accesible y legible. Hemos comenzado en Gipuzkoa, pero el objetivo es extender el proyecto a otros territorios y seguir sumando piezas. Cada nuevo retablo digitalizado es una nueva puerta para volver a entrar en la historia del arte desde un lugar más íntimo, más cercano, táctil».

«Esta web es una herramienta de primer orden para conocer los detalles de los retablos que a veces pasan desapercibidos», comenta Ion Ander Arcelus, licenciado en Historia y guía local de turismo en Gipuzkoa. «Es perfecto en mi trabajo para enseñar a los visitantes los detalles del retablo (sin andamios). A veces están muy arriba o en lugares inaccesibles».

Eso sí, la experiencia no se agota en el detalle. En Tacktil, cada retablo incorpora un enlace que permite dar el salto inverso: de lo pequeño a lo grande, ya que nos lleva al espacio original en el que se encuentra la obra. Gracias a esta funcionalidad, el visitante accede a la visita virtual 360º del edificio donde se integra el retablo y puede apreciarlo, si lo desea, desde el lugar preciso donde fue concebido para ser visto. De este modo, la tecnología hace posible una experiencia innovadora: no solo observar el retablo con una precisión imposible a simple vista, sino comprenderlo dentro del templo que lo acoge, en su contexto físico, artístico y espiritual. Como ocurre con la pieza original, tampoco su contrapartida virtual debe ser una imagen aislada: es inseparable del lugar para el que fue creada.

Tacktil Digital Explorer incorpora además un sistema de búsqueda y filtrado que convierte el portal en una herramienta de consulta: el visitante o el experto puede explorar los retablos por estilo, procedencia, cronología, materiales y técnicas, o por otros campos descriptivos. Así, la plataforma, además de reunir obras, permite encontrarlas, compararlas y leerlas con intención para aprender, investigar, conservar o sencillamente emocionar.

En conjunto, la selección de retablos digitalizados por EMOVERE es tan amplia como diversa. Al recorrido por Oñati y su trabajo en Valencia hay que sumar ejemplos como el monumental retablo del Santuario de Aránzazu, de seiscientos metros cuadrados, que data de mediados del siglo XX, o el espectacular altar mayor de la basílica de Loyola, levantado entre 1750 y 1757 en estilo churrigueresco. Entre ambos extremos estilísticos, la empresa ha documentado conjuntos barrocos, renacentistas, neogóticos y contemporáneos tanto en templos principales como ermitas y monasterios recónditos. «La colección que estamos reuniendo en estos momentos dibuja un arco temporal amplio: del siglo XV al XX, con estilos y sensibilidades distintas», resumen desde EMOVERE. «No es solo una suma de piezas: es una manera de entender cómo el retablo dialoga con el territorio, cómo cambia la iconografía según los contextos y cómo evoluciona la teatralidad. En resumen, de cómo se transforman las técnicas y los gustos a medida que las comunidades se miran a sí mismas y se representan a través de lo sagrado. Pretendemos que el explorador digital no solo vea un retablo, sino que pueda pasar de uno a otro, establecer vínculos, percibir cambios, aprender a comparar y entender las distintas épocas, hasta llegar a algo más ambicioso: ponerse en la piel de quienes los imaginaron y los tallaron para leer en cada obra, además del estilo, una intención y una forma de mirar el mundo». 

El detalle como lenguaje

Comenzar en Gipuzkoa es una decisión natural por las redes de colaboración, el conocimiento del terreno y la trayectoria de EMOVERE, pero la ambición es mayor: seguir ampliando el mapa, incorporar más retablos, abrir la plataforma Tacktil Digital Explorer a nuevos territorios y construir una colección digital que, sin perder rigor, sea navegable, atractiva y útil. En ello es clave una red amplia de colaboradores, instituciones, especialistas, comunidades locales y profesionales del patrimonio, que ya hace posible que nuevas digitalizaciones estén en marcha y se sigan incorporando al proyecto.

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Detalle del retablo mayor de la iglesia de San Sebastián de Soreasu en Azpeitia. Esta obra barroca, encargada en 1682 y dorada en 1742, está presidida por una magnífica escultura de san Sebastián tallada por Julio Beobide en los años 30 del siglo XX, después de quemarse el lienzo que figuraba en el mismo lugar (ver aquí).

En ese delicado equilibrio entre la distancia y la cercanía, la tecnología sirve para mostrar, divulgar y conservar. Al permitirnos detenernos donde el ojo no llega, las imágenes en alta resolución profanan un poco el misterio, cierto, pero también lo dan a conocer y lo prolongan para los siglos venideros. Porque el patrimonio no es solo lo que se conserva: es lo que se comparte. Y compartir, hoy, implica también traducir las obras a un lenguaje visual sin traicionarla. Así que no se deje amilanar usted por la jerga del oficio: fotografiar a Dios, en el fondo, no es tan distinto del trabajo que hacían los antiguos imagineros de los retablos, aunque ahora se haga con zooms, alta resolución, interactividad, fotogrametría y soluciones multimedia. Hoy, las  imágenes de Dios están al alcance de cualquiera, pero siguen indicando lo de siempre: que en la vida, como en aquel retablo de Oñati, Él permanece por arriba.

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