
Hacia 2025, el mundo (Twitter) se dividió en dos. Alguien planteó el siguiente dilema ético: vuelves a casa de la compra y tu edificio está ardiendo. Has de elegir entre salvar a tu perro o a un bebé desconocido que llora en el piso de al lado. ¿Qué eliges? La respuesta, paradójicamente, fue unánime: «¿Dónde está el dilema? Yo no veo ningún dilema». Para la mitad del mundo era evidente que había que salvar al niño; para la otra mitad, al perro.
Desde Wittgenstein, conviene mostrar el marco y la definición de las cosas para que los problemas filosóficos se disuelvan, así que la anécdota (que no lo es, pues constituye un síntoma de los tiempos) introduce mi definición de uso. Un «enemigo de la humanidad» (EH) es quien tarda más de dos segundos en responder: «Al niño, evidentemente». No pretende ser un término peyorativo ni tiene nada que ver con Ibsen. Es una mera descripción.
Los EH abundan en el campo ambiental. En mis nueve años de decano de Ambientales conocí a decenas de ellos, y muchos de mis colegas lo son. Consideran que el ser humano es una plaga para el planeta, que la Tierra es un ser vivo y que el mundo estaría mejor sin nosotros, o al menos con bastantes menos humanos. Otorgan derechos a los animales, equiparan su sufrimiento al humano y recelan de cualquier cosa que se parezca al progreso o a que alguien gane dinero. Utilizan términos como armonía universal, equilibrio del planeta, sabiduría ancestral, conexión profunda con la naturaleza y Madre Tierra (si hablan de la Pachamama es que estamos ante un caso clínico). Son muy pesados, pero, por encima de todo, nada humanistas.
Un ejemplo era Jane Goodall. Su aspecto de viejecita apacible y sus modales pausados la inmunizaban contra toda crítica, de modo que aún hoy cuestionarla en público equivale a un suicidio social y convierte en un monstruo desalmado a quien ose hacerlo. Sus afirmaciones, impecablemente EH, se le perdonan, o se interpretan bajo la luz más favorable, una que nos haga sentir bien. Equiparó el matadero con la trata de esclavos y reclamó prohibir la ganadería para que los animales vivieran su vida a su manera. También sugirió, en Davos, que la mayoría de los problemas ambientales no existirían si la población humana siguiera siendo la de hace quinientos años. Dicho de otro modo, vino a decir que el problema somos nosotros, y que cuantos menos, mejor. Más allá del error invencible que supone imaginar que nuestro mundo actual, el mejor que ha existido nunca, podría haber sido construido con menos gente, el plan de futuro que se deriva de la idea es poco tranquilizador.
El problema de estas ideas surge cuando alguien decide hacer caso a los EH o, mejor dicho, cuando la opinión pública les coge cariño. Gracias a eso pueden llegar a tener mucha influencia y orientar políticas, porque no olvidemos que en ese campo, el de la política, andan muy justitos y se agarran a lo primero popular sin sopesarlo demasiado, sin reparar en que los EH son el tipo de personas que, en Inglaterra, hacen que se retire el aire acondicionado de las casas pese a hacer cuarenta grados, o que sostienen que los hospitales y los colegios pueden apañarse con alternativas a la refrigeración mecánica.
Los decrecentistas pertenecen a esta familia. Para ellos la solución es consumir menos, siempre menos, aunque el detalle de quién paga ese «menos» quede convenientemente fuera de plano. Consumir menos lo suele predicar quien ya tiene casa, trabajo fijo y la nevera llena; el que todavía no ha llegado a eso descubre que la fiesta se acaba justo cuando entra él. Sucede como con la vivienda y las zonas tensionadas y los umbrales para que no se gentrifique (i. e., se apijote) el barrio: donde yo quiero vivir solo deberían dejar vivir a la gente que gana, casualmente, justo lo que yo.
El perfil del EH es el de una persona invariablemente religiosa. Puede afirmar que es ateo, pero en realidad no lo es, porque cree en cosas como Gaia, la moral objetiva, la ley natural, el amor fraterno y el pecado, aunque a este último lo llame huella de carbono. Si fuera un ateo de pro, argumentaría que la Tierra es una roca de unos 4500 millones de años a la que le quedan unos 6000 millones de años y que esas creencias son ridículas y culturales, trazables a un punto del tiempo y del espacio. Suele ser, además, alguien urbano, titulado y de orden, por mucho que se presente como rebelde. También se dice progresista, cuando en el fondo es más conservador que un calvinista ginebrino del siglo XVI, con unos estándares morales que harían dar palmas de aprobación al reverendo Dimmesdale de La letra escarlata, de Hawthorne, y un ideal de vida para los demás calcado de la Comarca de Tolkien. Se podrá decir que exagero y que semejante empanada mental sería incompatible con funcionar en sociedad; sin embargo, Harari se define como un judío budista y ahí sigue, escribiendo larguísimos libros de pseudociencia o pseudohistoria que pretenden persuadir a millones de personas de que lo mejor para el universo es renunciar a la carne.
En España, además de religiosos, los EH suelen ser funcionarios. Protegidos de los vaivenes económicos y de gobierno por su plaza en propiedad, pueden permitirse el lujo de apoyar políticas a las que son inmunes. El espécimen característico de EH del reino es el funcionario nominalmente ateo y orgullosamente progresista que vive dentro del anillo de la M-30 y tiene una dacha en la sierra. Nadie menos indicado en todo el país (con la notable excepción de periodistas semiincultos como Sergio del Molino, pero esto merece un monográfico) para pontificar sobre lo malos que son el automóvil, el poblamiento rural disperso, la sanidad privada, la caza, los pastores, los pantanos, la agricultura intensiva, el libre mercado y una larga lista de asuntos cuyas consecuencias perversas, de hacerle alguien caso y aplicar sus fantasías, no van ni a rozarle.
El problema de tomarse demasiado en serio las religiones es que se cae con facilidad en el fanatismo. Y aquí ya el subconjunto de los EH fanáticos resulta un peligro inmediato. No porque alguno de los elementos del conjunto vaya a hacernos nada con sus propias manos, que para eso es pacífico, vegano y habla bajito y despacio como un seminarista, sino porque legisla, enseña, escribe y firma manifiestos convencido de que sacrificar a unos cuantos humanos por una buena causa es, en el fondo, un acto de amor. Y aquí volvemos al principio. Quien tarda más de dos segundos en decidir que hay que sacar al humano del incendio, quien siquiera se plantea la alternativa, no es que participe de una moral más refinada que el resto: es que tiene un problema, y ese problema, tarde o temprano, acabamos sufriéndolo todos los demás porque esa persona es, por definición, un enemigo de su especie.






