
Hay cineastas que van de raros y otros que son raros de verdad. Los primeros buscan epatar, los segundos simplemente se expresan, y allá las consecuencias. Werner Herzog (Múnich, 1942) pertenece a la estirpe de los raros auténticos, con su mirada alucinada, pesimista, excéntrica e incómoda, mezcla de la sincera curiosidad del documentalista y de la audacia del inventor de ficciones. A menudo, sus películas son tan desconcertantes como controvertidas. Los críticos se esfuerzan por encontrar interpretaciones a las extravagancias de sus personajes, en un desesperado intento de anudar lo narrado con hechos reales, como si todo su cine no fuese más que una gran metáfora o un conjunto de símbolos con mensaje filosófico de fondo. Pero las historias de Herzog siempre van por otro lado y jamás se apegan a la actualidad inmediata. Quizá por eso, entrevistado en televisión por Stephen Colbert en 2011, afirmaba: «¿Sabes? Si solo nos basáramos en los hechos, el libro de libros en literatura sería el directorio telefónico de Manhattan: cuatro millones de entradas, todas correctas».
De él se dice que pasó su infancia completamente aislado en un pueblecito austriaco, que no se enteró de la existencia del cine hasta los once años (ni vio televisión ni escuchó la radio) y que hizo su primera llamada de teléfono a los diecisiete. Pero a los diecinueve ya estaba rodando su primer cortometraje, Herakles, y desde entonces ya fue un no parar. Con una veintena de largometrajes y otros tantos documentales, trabajos para televisión y hasta óperas, en toda su obra, heterogénea y desigual, se rastrea un aroma común: el de la decadencia, no en el sentido de evocación nostálgica de épocas pasadas, sino en el de degeneración, el de caída.
Su segundo largometraje, También los enanos empezaron pequeños (1970), podría ser un buen ejemplo de esto. Rodado íntegramente con actores acondroplásicos o con otros trastornos de crecimiento, pertenece a la misma época que Futuro limitado (1971), su documental sobre los niños afectados por la talidomida en la Alemania de los sesenta, y que El país del silencio y oscuridad (1971), en torno a la figura de Fini Straubinger, una mujer sordociega. Sin embargo, a diferencia de estas obras, en También los enanos… no hay una reflexión sobre la discapacidad y sus limitaciones sociales, sino sobre el poder en abstracto. Que todos los actores sean enanos es, en este sentido, una formidable provocación. En sus propias palabras: «No son los actores los que son pequeños, sino que el mundo ha perdido su forma».
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Algunas de las cosas que hace Herzog no tienen demasiada justificación, más allá de que a él le dé la gana hacerlas. Por ejemplo que en Fitzcarraldo haya hecho efectivamente pasar el barco sobre la colina por medios primitivos, es algo que él por algún motivo sintió que tenía que hacer, pero que a mí como espectador no me agrega nada.
Es una rareza importante. Siempre me ha fascinado Herzog, pero con esta película tengo mis reservas. La frontera entre reírse con los enanos y reírse de ellos es muy difusa. La crueldad animal es poco soportable (yo, inocente, prefiero pensar que es más aparente que real). No obstante hay que ser muy Herzog para atreverse a hacer algo así. Desde luego es inclasificable y diferente, y las lecturas que se pueden sacar de ella son tantas que abruman. Uno duda entre si es una genialidad o una tomadura de pelo. Y es ahí donde radica su magnetismo.
Es rarito e inquietante y es algo que también transmite en su faceta de actor. A mí siempre me ha interesado su cine y centrándome en sus colaboraciones con Klaus Kinski, decir que el muy mal rollo que a veces tenían entre sí, se transmitía de manera desasosegante al film, con lo que este ganaba muchos enteros. «Grito de piedra» es una de las pocas cosas que no he podido ver de él porque no la encuentro en ningún comercio ni en ninguna plataforma. Si alguien sabe algo y me quiere ayudar…
Herzog encarna como pocos artistas el espíritu de esa época , los años de las guerras y guerrillas entre finales de los 60 y comienzos de la siguiente década.
Pasa de lo aberrante a lo sublime, de lo prosaico a lo poético sin transición.
Un genio, un maldito, un profeta.
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