Arte y Letras Historia

Se alquila ejército mercenario con experiencia

Mercenarios lansquenetes alemanes, siglo XVI. (DP)
Mercenarios lansquenetes alemanes, siglo XVI. (DP)

Un mercenario antiguo, de esos hombres que pasaban media vida siguiendo a un señor con bolsa llena y la otra media jurando que la ciudad incendiada tampoco había sidodel todo culpa suya, entendería nuestro presente si alguien le pusiera delante una web de contratación militar privada, aunque se le atragantaran las fotografías limpias, los cascos de diseño, la jerga corporativa y esa cortesía de aeropuerto con la que hoy se nombra la vieja profesión de ir a matar por encargo. Aquel tipo, que habría olido a cuero húmedo, vino espeso y caballo resignado, reconocería enseguida el fondo del asunto bajo la capa de vocabulario nuevo. Unos quieren violencia sin mancharse demasiado la manga. Otros saben proporcionarla. Entre ambos suele aparecer un contrato, una promesa de pago, un territorio desgraciado y esa confianza un poco infantil de los gobiernos en que la subcontratación vuelve menos obsceno aquello que ya era obsceno antes de pasar por administración.

La guerra ha tenido siempre una parte de oficio ambulante, aunque los Estados se hayan esforzado en vestirla con himnos, juramentos y madres que despiden a sus hijos desde una puerta con dignidad de cuadro histórico. Durante siglos, la Europa que hoy mira con superioridad moral cualquier sombra de mercenarismo funcionó gracias a hombres que vendían experiencia militar igual que otros vendían lana, sal o ganado. Las ciudades italianas de la Baja Edad Media contrataron condotieros mediante condotte, acuerdos muy serios para encargar desastres con letra elegante, porque Florencia, Milán, Venecia o el papa de turno necesitaban fuerza armada sin convertir a cada ciudadano en soldado ni esperar a que la virtud republicana resolviera a lanzazos lo que no había resuelto la diplomacia. Aquellos capitanes aprendieron pronto que la reputación podía valer tanto como la caballería y que una retirada calculada conservaba mejor el negocio que un heroísmo excesivo. En cuanto la guerra se vuelve profesión, morir deja de ser el gesto supremo y empieza a parecer una mala gestión de recursos humanos, detalle que incomoda mucho a los fabricantes de epopeyas, siempre tan aficionados a ponerle mármol a lo que, visto desde cerca, tenía más de nómina atrasada que de destino glorioso.

Los almogávares llevaron esa incomodidad hasta Bizancio con una alegría que debió de parecer, al principio, providencial. Roger de Flor y la Compañía Catalana acudieron al servicio de Andrónico II para combatir a los turcos en Anatolia, y durante un rato el invento funcionó con esa eficacia brutal que vuelve peligrosas algunas soluciones. Eran hombres hechos en frontera, soldados de intemperie, gente de cuchillo práctico y pocas contemplaciones, una herramienta magnífica mientras uno pudiera sujetarla por el mango. El proveedor recordó que también tenía hambre. El cliente descubrió que había invitado a su propia casa a una fuerza que no sabía quedarse quieta. El Mediterráneo oriental empezó a aprender que ciertos ejércitos sin patria estable no desaparecen al terminar la campaña, del mismo modo que una deuda no se borra porque uno deje de abrir las cartas. Los cronistas hablaron de devastaciones, venganzas y correrías. Las víctimas, si hubieran podido redactar memorias, habrían usado palabras menos literarias. A veces la historia conserva los nombres de las compañías y pierde el de los campesinos que las vieron llegar, lo cual dice bastante de la historia y de su mala educación con los pobres.

El lansquenete alemán añadió al negocio una estética casi insolente. Picas, cuchilladas, ropas imposibles, orgullo de infantería pagada en un mundo que todavía quería creer en el caballero como unidad de medida moral. La aparición de esos cuadros de hombres armados fue empujando el combate hacia una zona desagradable para la fantasía aristocrática, porque el soldado de oficio no necesitaba abolengo para estropearle la tarde a un jinete con blasón. Necesitaba disciplina, paga y una pica. El campo de batalla se llenó de gente que no había recibido educación para morir de manera hermosa, circunstancia que debió de irritar a más de un poeta cortesano. En el mar, mientras tanto, el corso permitió convertir el robo en servicio público con el simple milagro de un papel sellado. Un particular atacaba barcos enemigos, el Estado sonreía con la boca pequeña y el botín adquiría una respetabilidad de despacho. La patente de corso fue una de esas invenciones perfectas para demostrar que la moral cambia mucho cuando se le pone membrete.

La modernidad sacó sus códigos, sus convenciones, su pulcritud de posguerra escrita con mano temblorosa, y decidió que el mercenario era una figura incómoda, fea para los álbumes nacionales, demasiado franca en su indecencia. El derecho internacional trató de definirlo con precisión, como si una palabra bien vallada pudiera impedir que la realidad cavase por debajo. El resultado ha sido curioso. El mercenario clásico se volvió un apestado jurídico, mientras alrededor crecían figuras más presentables, asesores, contratistas, proveedores de seguridad, instructores, personal de apoyo, nombres todos ellos con olor a pasillo refrigerado. Blackwater se hizo tristemente famosa en Irak y Wagner puso durante años al servicio de Rusia una maquinaria útil en los sitios donde convenía actuar con una bandera borrosa. La vieja compañía de fortuna regresó con sociedades pantalla, aviones de carga, concesiones mineras y comunicados que parecían redactados por alguien que había leído demasiados informes y demasiada poca tragedia griega. La violencia privada había aprendido a hablar en limpio. Peor aún, había aprendido a facturar en limpio.

La guerra en Ucrania ha llevado esa transformación a una zona más fría, menos novelesca, aunque igual de inquietante. El mercenario con botas sigue existiendo, desde luego, pero la guerra reciente ha abierto el escenario a empresas que venden drones, análisis de datos, comunicación encriptada, mantenimiento, visión desde satélite, sistemas de interferencia, entrenamiento y esa clase de capacidades que permiten matar a distancia con una pantalla de por medio y una factura defendible ante cualquier comité. La vieja soldada se ha descompuesto en servicios, licencias, suscripciones, actualizaciones y paquetes de soporte. Uno imagina al condotiero medieval mirando todo aquello con una mezcla de admiración y asco, preguntándose cómo demonios consiguieron sus descendientes espirituales que el saqueo pareciera una vertical de negocio. La novedad no reside en cobrar por la guerra, costumbre más vieja que muchas patrias. Lo obsceno está en haber rodeado el cobro de una niebla técnica donde casi nadie parece responsable del cadáver entero. El piloto opera un dron, la empresa mantiene el sistema, el analista ordena señales, el inversor celebra crecimiento, el político pronuncia una palabra grave en una rueda de prensa y el muerto, que suele tener pésima capacidad contractual, queda fuera de la conversación.

A los antiguos tampoco conviene concederles el privilegio de la mugre pintoresca. Los condotieros cambiaban de bando, los almogávares podían ser una desgracia con piernas, los corsarios robaban con entusiasmo legalizado y los lansquenetes no eran monjes con problemas de vestuario. La diferencia más venenosa está en el decorado moral que cada época necesita para mirarse al espejo. Antes se aceptaba con cierta brutalidad que un hombre podía vender su espada. Ahora una compañía ofrece soluciones integrales en entornos complejos. La frase debería oler a cadáver, pero huele a feria sectorial. Ahí se encuentra una de las pequeñas victorias retóricas del presente, haber conseguido que la violencia alquilada no suene a violencia alquilada, del mismo modo que ciertos despidos dejaron de llamarse despidos en cuanto alguien descubrió que reestructuración parecía una palabra más adecuada para arruinarle el martes a una familia.

El mercenario contemporáneo resulta menos pintoresco y más perturbador que su antepasado. El viejo soldado de fortuna, con toda su mugre, llevaba la transacción escrita en la cara. El nuevo puede aparecer en una conferencia sobre seguridad, presentar métricas, hablar de innovación, prometer reducción de riesgos y marcharse después a cenar con alguien que usa la palabra ecosistema sin sentir vergüenza. Ha cambiado la ropa, se ha refinado el intermediario, se han vuelto más opacas las cadenas de mando. La hostia, privatizada desde hace siglos, ha aprendido modales de consultora. Y mientras la modernidad presume de haber enterrado al mercenario medieval en algún descampado de la barbarie, sus herederos trabajan con tarjeta corporativa, actualizan LinkedIn y llaman experiencia operativa a lo que sus abuelos habrían llamado, con menos higiene verbal, saber matar sin preguntar demasiado.

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