
El viaje hacia otra parte
La primera vez que alguien iba a Cemento sabía llegar, pero no terminaba de saber adónde estaba yendo. Había que bajarse en Constitución, caminar unas cuadras y buscar un galpón enorme en la calle Estados Unidos, una especie de animal urbano hecho para alojar máquinas, obreros, humedad, autos, ruidos industriales o algún secreto de la ciudad que convenía no preguntar demasiado. Pero lo importante empezaba antes de la puerta. En realidad, empezaba en los trenes, en esos vagones que durante los ochenta y noventa descargaban cada fin de semana en Buenos Aires una pequeña expedición de adolescentes y jóvenes llegados desde el oeste o el sur, desde estaciones que rara vez aparecían en los suplementos culturales salvo cuando había que hablar de inseguridad, pobreza o alguna otra forma estadística del espanto. Pibes con camperas de jean ajadas, cubiertas de parches, chicas vestidas de negro cuando el negro todavía no era una moda depurada por marcas sino una declaración de principios, con medias rotas, pero por la vida, no por un diseñador, botas gastadas, entradas dobladas en los bolsillos, alguna botella compartida con la solemnidad de un sacramento barato, la ansiedad callada de quien llevaba toda la semana esperando una noche sin saber si esa noche iba a salvarlo de algo o simplemente a darle un cansancio más digno.
A medida que el tren se acercaba a Constitución, Buenos Aires cambiaba de textura. Las avenidas perdían limpieza, las marquesinas elegantes quedaban atrás, las confiterías donde todavía se ensayaba esa tan porteña nostalgia europea parecían pertenecer a una ciudad paralela. La que aparecía era más áspera, más útil, más agotada, menos interesada en resultar bella. Constitución tenía, y todavía tiene, algo de frontera interna: no separa países, pero separa estados de ánimo. Uno llega allí y siente que la ciudad se desabrocha un botón, muestra la camisa transpirada, deja de fingir. Hay tránsito pesado, luces amarillas, bares abiertos a horas improbables, esquinas a las que entrás con siete puñaladas de ventaja, vendedores ambulantes, gente rara, terminales, valijas, gente que espera, gente que huye, gente rara, gente que no se sabe muy bien qué está haciendo pero hace rato que lo hace. Y que es rara.
En medio de ese paisaje aparecía Cemento, que no imponía respeto por su arquitectura, no era monumental ni aspiraba a convertirse en postal o convencer a nadie de que allí adentro ocurría algo prestigioso. La fachada parecía más bien resistirse a cualquier tentativa de embellecimiento, como si entendiera que cierto tipo de fealdad también puede ser una forma de honestidad. Otros lugares prometían glamour, comodidad o pertenencia social. Cemento trabajaba con otra clase de promesa, mucho más fuerte para un pibe que cruzaba el conurbano en tren buscando la posibilidad de que algo imprevisto, sucio y sin garantía ocurriera.
Y durante bastante tiempo eso alcanzó para cultivar las semillas del antro de época. El mito fundacional de Cemento como epicentro de la movida under porteña fue tomando forma.
La fila era parte del rito. Allí se mezclaban los que iban a ver a la banda principal, los que acompañaban amigos, curiosos, habitués que ni sabían qué banda iba a tocar ese día, los que todavía no sabían que años después recordarían esas noches como quien recuerda un país perdido, intelectuales alternativos y gente lo suficientemente intoxicada como para confundir realidad con ficción. Nadie decía que estaba participando de una experiencia generacional, porque las experiencias generacionales rara vez pegan el grito, son cosas que cuando te das cuenta de que suceden ya dejaron de existir. Uno cree que va a un recital, compra una entrada, toma una birra, empuja a alguien en el pogo y se vuelve de madrugada con olor a puchos en la ropa. Recién (mucho) después es cuando cae en la cuenta de que el edificio ya no existe y el cuerpo conserva detalles que la memoria ordenada perdió, entiende que en realidad estaba entrando en una zona de la ciudad donde la vida tenía otra temperatura.
Cruzar la puerta era dejar Buenos Aires afuera; venía la penumbra. Después el ruido, espeso, construido con conversaciones, pruebas de sonido, vasos que chocaban, amplificadores que zumbaban y pasos sobre el piso de cemento. El lugar parecía respirar por sí mismo, como una criatura enorme alimentada por cientos de cuerpos. El olor era imposible de ignorar: cigarrillo, cerveza derramada, humedad, transpiración, baño, cable caliente, pared vieja. Ningún arquitecto habría imaginado eso como parte de una identidad cultural. Sin embargo, terminó siendo uno de los archivos más identitarios de la ciudad. Y forma parte de la memoria colectiva de varias generaciones: de pronto charlás con personas que no recuerdan con precisión qué banda vieron determinada noche, pero podrían reconstruir el olor de Cemento con exactitud de perfumista. La memoria del rock, a veces, está menos en los discos que en la ropa que no se podía usar al día siguiente.
Una ciudad que estaba aprendiendo a ser libre
Cemento fue un boliche, sí, aunque esa palabra le quede simpática por imperfecta. Fue también una sala de recitales, una madriguera cultural, un accidente urbano con demasiada gente adentro. Si se lo mira con demasiada prolijidad, se lo pierde. Es más probable que Cemento haya sido una de las formas que encontró Buenos Aires para responder una pregunta que, a comienzos de los años ochenta, flotaba sobre todo: ¿qué se hace con la libertad cuando vuelve después de haber estado prohibida en su sola noción?
La dictadura había terminado, pero sus restos seguían repartidos por la ciudad como una pátina de polvo invisible. Habían caído los gobiernos militares, habían desaparecido ciertas censuras explícitas (y personas), se había recuperado el derecho a decir algunas cosas en voz alta (y en voz baja), pero persistían los hábitos del miedo. Una sociedad no deja de susurrar de un día para otro ni se saca de encima años de vigilancia, silencio y muerte como quien cambia la decoración de una casa. La democracia avanzaba sobre un terreno movedizo plagado de ausencias, y la cultura fue uno de los primeros lugares donde esa respiración nueva empezó a ensayarse.
El asunto se sostenía menos en manifiestos que en una necesidad física de ocupar espacios, probar formas, hablar más fuerte, mezclar disciplinas, armar bandas, revistas, obras, fiestas, fanzines, performances, grupos que nacían y se deshacían antes de aprender a tocar bien. Era como si la ciudad quisiera recuperar de golpe todos los años perdidos, con la ansiedad de quien llega tarde a su propia juventud.
En esa Buenos Aires, la noche funcionó como un laboratorio que permitía construir comunidades efímeras. Gente que durante la mañana vivía en mundos separados podía reunirse durante unas horas alrededor de una banda, una obra de teatro, una lectura, una provocación o simplemente una conversación larguísima. Cemento pertenecía a esa genealogía de espacios donde la cultura no quedaba detrás de una vitrina: se transpiraba, empujaba y escribía en una pared.
Su diferencia, frente a otros refugios del under, fue la escala y la mezcla. Muchos espacios alternativos fueron pequeños, intensos, secretos, casi familiares, pero Cemento logró una rareza mayor: ser suficientemente marginal como para atraer a las vanguardias y suficientemente popular como para convocar a miles de jóvenes que jamás se habrían definido a sí mismos con esa palabra. Allí podían convivir el teatro experimental y el rock barrial, la poesía y el pogo, la performance y la cultura de cancha, el estudiante universitario y el obrero, el habitante del centro y el del conurbano. La ciudad, que suele ser experta en separar, por unas horas se confundía.
Esa confusión fue una de sus formas de belleza. Hoy todo parece más clasificado. Cada escena tiene su circuito, cada tribu sus códigos, cada consumo su público específico, cada algoritmo su corralito de influencias. En los ochenta y buena parte de los noventa todavía había una porosidad más torpe y generosa. Uno podía ir a ver una banda y encontrarse con otra estética, otra conversación, otro modo de estar en el mundo. Cemento no protegía a nadie del encuentro. Más bien obligaba a que el encuentro ocurriera, incluso cuando era incómodo, incluso cuando era ruidoso, incluso si terminaba mal. Quienes pasaron por allí suelen recordar mucho más que conciertos. Recuerdan amistades, discusiones, amores, viajes, esperas, madrugadas, la sensación de estar participando de un ritual anónimo. Como ocurre con los fenómenos vivos, nadie sabía del todo qué se estaba construyendo. Solo sabían que valía la pena estar ahí.
La república de los raros
Cemento producía especies. Una noche cualquiera podía juntar bajo el mismo techo a un metalero de Quilmes, un punk de Morón, una estudiante de Filosofía de Caballito, un artista performático que venía de la zona sur de Capital Federal, un pibe de La Matanza que había viajado dos horas para ver una banda que todavía no tenía disco y jamás saldría en la radio, un vendedor ambulante, un poeta, un dealer, un periodista inquieto, un futuro músico, un futuro desempleado, un futuro muerto… En ese momento nadie conocía el destino de nadie, y esa ignorancia era parte de la belleza. La noche siempre democratiza un poco porque suspende, aunque sea por unas horas, la biografía completa de las personas.
La primera impresión era la de un caos absoluto, aunque después de ir varias veces se percibía un orden secreto, como en los puertos, mercados o ciudades antiguas. Los veteranos ocupaban determinados sectores, los recién llegados miraban con algo de miedo y los habitués saludaban gente en cada rincón mientras los desconocidos intentaban descifrar cómo manejarse en ese ambiente. Había personas que parecían formar parte de la arquitectura del lugar: mimetizadas contra la misma columna siempre, cerca de la misma pared, materializándose en una zona híbrida entre la barra y la sombra. Uno sospechaba que algunos de ellos seguían allí cuando el local cerraba, como fantasmas empleados informalmente por la memoria del lugar.
El pogo era, quizá, la imagen más fácil y por eso mismo la más incomprendida. Desde afuera podía parecer una violencia idiota, una colisión masiva de cuerpos transpirados en pleno proceso de aleación, casi como una forma juvenil de accidente. Desde la humedad del interior de Cemento, todo tenía una lógica propia. Había empujones, sí, golpes, codazos, zapatillas que volaban hacia una dimensión paralela, pero también una solidaridad brutal y precisa. El que caía era levantado. El que quedaba atrapado encontraba una mano desconocida. El que perdía algo podía recibirlo de vuelta desde el centro mismo del tumulto o directamente perderse en un vórtice de personas bailando en la penumbra. La multitud lo mismo te golpeaba que te protegía, como si reprodujera una versión extrema del contrato social: nos destruimos un poco entre todos, pero nadie queda totalmente tirado.
A pocos metros de esa turbulencia física existía otro Cemento: el de las conversaciones. Mucha gente iba aunque el recital no fuera lo más importante. Iba a encontrarse, a circular, a saber qué estaba pasando. Antes de las redes sociales, las noticias viajaban con cuerpos. Una banda nueva, un demo recién grabado, un recital suspendido, un conflicto entre músicos, un rumor político, una traición sentimental, un amor que empezaba, otro que ya venía mal desde hacía semanas. La información tenía voz, olor a cerveza, un poco de mugre, demora y exageración. Alguien se acercaba al oído y te contaba.
Los baños merecerían un capítulo aparte en cualquier historia seria de Cemento. Allí funcionaba una especie de parlamento clandestino. Las paredes hablaban, declaraban amor, insultaban, prometían revoluciones entre olores nauseabundos, invocaban bandas, anunciaban teléfonos, respondían mensajes escritos semanas antes. Te vendían cualquier cosa en ese palimpsesto de diálogos interrumpidos sostenidos por desconocidos a lo largo de meses. Si alguien hubiera tenido la sensatez de preservar esas paredes, hoy tendríamos una de las grandes arqueologías sentimentales del rock argentino. Pero quizá estaba bien que eso no ocurriera, porque hay cosas que pierden potencia cuando se vuelven patrimonio, algunos altares solo funcionan mientras están sucios.
La fábrica de leyendas
La historia suele recordar a Cemento por las bandas que tocaron allí. Es lógico, porque los nombres ordenan el pasado y permiten venderlo en formato documental, libro aniversario o remera nostálgica. Pero esa mirada confunde el efecto con la causa. Para muchas bandas, tocar en Cemento fue una de las pruebas que las obligó a convertirse en algo más que una promesa.
El escenario funcionaba como un examen público. No había redes, métricas ni campañas de posicionamiento. Todo ese espacio estaba ocupado por cables, amplificadores Marshall, una multitud impaciente y una noche que podía brillar o arruinarse en proporciones parecidas. Las bandas tenían que ganarse cada canción frente a un público capaz de entregarse con una devoción religiosa o de condenar con una indiferencia asesina. Cemento ponía las carreras en peligro, y justamente por eso daba legitimidad.
Tocar allí era aceptar que la cultura todavía tenía algo de intemperie. Podían subir grupos destinados a convertirse en leyenda o bandas que iban a desaparecer pocas semanas después. En ambos casos, la reacción del público tenía una sinceridad cruel, sin filtros amables ni distancia. La multitud estaba encima, respiraba cerca, exigía y a menudo formaba parte de la escena. Y cuando algo sucedía, cuando una banda lograba atravesar esa pared de ruido, calor y expectativa, el lugar devolvía una energía difícil de encontrar en escenarios más prolijos. Aquel reconocimiento era físico. Recordamos Cemento porque parió mitologías, no músicos. Allí el rock, el punk, el metal, el teatro, la performance y la poesía circulaban mezclados dentro de la misma caja de resonancia. Una noche podía parecer un error de programación vista con un manual de marketing en la mano: públicos diferentes, estéticas enfrentadas, sensibilidades incompatibles. Sin embargo, funcionaba porque su lógica era la convivencia. O, mejor dicho, la contaminación.
Esa palabra le queda bien a Cemento: contaminación. Allí nada permanecía del todo puro. El rock barrial podía cruzarse con vanguardia, la cultura de cancha con una performance punk o con el teatro, el metal recibía un baño de estética oscura que llegaba de The Cure, Bauhaus o Echo & the Bunnymen, la provocación local se mezclaba con ecos de Nueva York y de esa idea warholiana, siempre un poco peligrosa, de que la noche también podía ser una fábrica de personajes, poses, vínculos, accidentes.
El propio nombre parecía resumirlo: Cemento. Nada de terciopelo, dorados, aspiración aristocrática. Cemento era materia bruta, algo que sirve para construir pero también para caerse encima. Incómodo, gris, urbano, sin delicadeza aparente. Como si el lugar hubiera elegido llamarse por su potencia material: levantar una escena donde todavía no había nada integrado.
Chabán y el arte de dirigir el incendio antes del incendio
Resulta imposible contar Cemento sin Omar Chabán, aunque conviene resistir la tentación de reducirlo a una palabra. Empresario se queda corto; artista, también. Productor, curador, agitador, actor, provocador, desprolijo, anfitrión, vendedor de humo, chamán de la energía nocturna, personaje insoportable y necesario: todo eso parece acercarse un poco más, aunque no termine de alcanzarlo. Quienes lo trataron cuentan que pertenecía a esa clase de figuras que solo pueden existir en ciudades donde la cultura todavía se fabrica con desorden. Chapoteaba en el caos.
Venía del Café Einstein, aquel antecedente pequeño, explosivo y fundamental donde ya se había demostrado que Buenos Aires necesitaba espacios nuevos para una generación que no entraba del todo en los moldes heredados. Cemento fue otra escala: un territorio. Un galpón capaz de alojar algo que ya no cabía en habitaciones chicas, bares o sótanos. Con Cemento, Chabán entendió algo elemental: las escenas no se fabrican por decreto. Se alojan, se alimentan, se protegen y, de vez en cuando, se dejan pelear entre sí.
Su presencia era parte del espectáculo. Locutaba, discutía, programaba, actuaba, anunciaba, provocaba, recorría el lugar como si fuera el intendente de una ciudad onettiana que solo existía de noche y al amanecer quedaba sin jurisdicción. Podía parecer un empresario y al minuto siguiente un performer que había olvidado dónde terminaba el escenario. Esa ambigüedad, irritante y fértil, marcó la identidad del lugar. Cemento era una cabeza cultural puesta en marcha, con todas las luces y todos los cortocircuitos que eso implica.
Años después llegaría la tragedia de otro de sus naufragios, Cromañón. Y con ella una sombra enorme, legítima, imposible de esquivar, que volvería muy difícil hablar de Chabán sin que todo se reorganizara alrededor de esa pesadilla que marcó los consumos culturales argentinos durante lo que va de este siglo. Esa sombra no se borra ni se suaviza, pero las vidas culturales, como las personas, suelen ser más complejas que la sentencia que les queda pegada al final. Durante mucho tiempo, antes de que el nombre de Chabán quedara asociado de manera irreversible a la negligencia y al desastre, fue una figura central de la cultura porteña. Cemento fue su obra más ambiciosa: un espacio donde una ciudad permitió que lo imperfecto existiera.
La cueva contra el brillo
Los noventa llegaron con su escenografía de modernidad súbita. Shoppings, tarjetas de crédito, pizza con champán, televisores gigantes con grandilocuentes personajes mediáticos (por decirlo de una forma amable…), farándula, promociones, privatizaciones, luces de neón, la fantasía de que Argentina podía convertirse en un país del primer mundo con solo mirar vidrieras luminosas. Todo empezó a parecer más brillante, vendible y fotografiable. La cultura también sintió esa presión: profesionalizarse, segmentarse, encontrar su público, volverse producto, sonar bien, verse mejor, caber en una agenda. En medio de esa fiesta de superficies, Cemento seguía pareciendo una cueva, orgullosamente un refugio donde el calor, la humedad y unos baños difíciles de defender, incluso desde el cariño, resultaban trinchera. Paredes cubiertas de grafitis, olor a cigarrillo, cerveza derramada, cables dudosos, un VIP que no terminaba de ser VIP, con una precariedad que no siempre era romántica y muchas veces era simplemente ausencia de regulaciones. Pero allí estaba también su fuerza. Buena parte del país perseguía la ilusión del brillo y Cemento insistía en otra clase de energía: la intensidad antes que la comodidad, el encuentro antes que la experiencia diseñada, el ruido antes que la decoración. Nadie entraba allí pensando que estaba combatiendo el neoliberalismo mediante un vaso de cerveza caliente o una pared húmeda. La cultura rara vez funciona de manera tan ordenada, pero había algo resistente en esa negativa a volverse completamente presentable. Cemento parecía recordar que una escena cultural puede empezar siendo fea, poco rentable e incómoda, y aun así resultar importante. A veces necesita un margen donde equivocarse, un escenario donde probar, una multitud donde perder el miedo, un lugar donde la ciudad no exija modales.
Por eso su precariedad no puede quedar reducida a un dato pintoresco. Sería demasiado fácil, y también injusto en tanto incompleto. Hubo incomodidad real, condiciones discutibles, riesgos, asperezas que no conviene convertir en souvenir. Pero también hubo una potencia que hoy resulta difícil de imaginar en espacios diseñados para que nada se salga de lugar. Cemento pertenecía a una época en la que el recital todavía podía ser acontecimiento, con una intensidad que desbordaba la lógica del contenido. Uno iba allí a exponerse a algo que podía gustarle, aburrirlo, asustarlo o cambiarle la noche, no a confirmar un gusto previamente organizado por plataformas.
Lo que desapareció
Los lugares desaparecen dos veces. La primera cuando cierran. La segunda, cuando dejan de producir preguntas. Con Cemento pasó algo extraño: el edificio desapareció, pero la experiencia siguió trabajando en la memoria de quienes estuvieron allí, incluso en la de muchos que llegamos tarde y solo conocemos el mito por relatos ajenos. Eso también dice algo, porque los lugares que se vuelven legendarios suelen ofrecer una coartada perfecta para la nostalgia. Cemento, en cambio, sigue siendo incómodo: no permite añorar solamente una sala de recitales. Obliga a preguntarse qué tipo de ciudad hacía posible un espacio así, y qué tipo de ciudad lo vuelve hoy inimaginable.
Vivimos rodeados de mecanismos diseñados para reducir el azar. Aplicaciones que indican dónde ir, plataformas que sugieren qué escuchar, algoritmos que ordenan gustos con más precisión que aquella con la que nosotros mismos los conocemos. Cada uno circula dentro de una versión personalizada del mundo, acompañado por personas que se le parecen, músicas que ya sabe que más o menos le gustan y recomendaciones que confirman una identidad previa. Cemento trabajaba desde otro sitio: provocaba. Su virtud principal consistía en dejar a la gente sin demasiada protección, obligarla al encuentro, la fricción y el descubrimiento, incluso al desencuentro.
Uno podía ir a ver una banda y terminar descubriendo otra. Podía llegar buscando música y salir pensando en una conversación. Podía entrar solo y encontrarse con una tribu provisoria o volver a su casa en un tren cansado, con los oídos zumbando y la ropa arruinada, sintiendo que había participado de algo que no podía explicar sin exagerar. La cultura, allí, era una experiencia compartida. Una forma de estar juntos, aunque fuera de manera torpe, ruidosa, conflictiva, hermosa.
Quizá la verdadera importancia de Cemento exceda el hecho de haber alojado una parte decisiva de la historia del rock argentino. Eso es cierto, pero se queda corto. Su importancia fue haber demostrado que una ciudad puede producir belleza en sus zonas más ásperas. Que una comunidad puede aparecer donde solo parece haber desorden, donde precariedad y potencia no son opuestos. Que los lugares más importantes no son necesariamente los más cuidados, sino aquellos capaces de darle forma a una necesidad colectiva antes de que esa necesidad encuentre palabras.
Por eso, si hay que imaginar un final para Cemento, no conviene cerrar con una fecha burocrática ni con una moralina. Es mejor volver al principio, al tren llegando a Constitución, al pibe que mira por la ventana sin saber todavía que esa noche, en un galpón húmedo, entre desconocidos, va a descubrir una forma de pertenencia. A una fila sobre la calle Estados Unidos. A la luz amarilla. Al murmullo creciendo detrás de una puerta. A ese instante mínimo en que Buenos Aires quedaba afuera y, adentro, comenzaba otra ciudad.
Quizá Cemento fue el nombre que una generación encontró para una pregunta: qué espacios somos capaces de inventar cuando dejamos de pensar la cultura como entretenimiento y volvemos a imaginarla como una forma de encuentro. La pregunta sigue ahí, dando vueltas por Buenos Aires como una canción mal grabada que nadie consigue borrar del todo. A veces aparece en un sótano, en una banda que toca para veinte personas, en un fanzine que alguien imprime sabiendo que probablemente pierda plata, en un recital chico donde nadie está filmando todo el tiempo, en cualquier lugar donde un grupo de desconocidos se reúne alrededor de algo que todavía no tiene nombre. Entonces, por un segundo, una partícula de Cemento vuelve a encenderse bajo las ruinas.





