
Una de las cosas más importantes para ver un eclipse es tener párpados. Tampoco viene mal disponer de cuello. Porque los dos artefactos permiten hacer algo interesantísimo: no mirar. Si la intención era perdérselo no pasa nada, adelante. Bastaba con cerrar los ojos o girar la cabeza. Incluso se podían utilizar paredes y puertas. O una serie, yo qué sé. Pero si uno miró, si orientó sus órbitas hacia el cielo, lo recomendable era utilizar algo entre lo que vino (la luz) y lo que vio (la retina).
Porque la retina hay que cuidarla. Solo tenemos una por ojo y no viene con recambios. Es parte del sistema nervioso central y habita dentro de una casi esfera. Como Vegeta cuando llegó a la Tierra. Se sirve de un líquido y un orificio para interpretar qué nos rodea. Es una manta llena de neuronas peculiares que convierten la luz en una señal eléctrica que permite que usted siga leyendo esto. Si quiere. Recuerde que tiene párpados y cuello e incluso manos para cerrar la ventana de su navegador. Espero que no lo haga, por supuesto. A mí también hay que cuidarme.
Hace unos días disfrutamos de una sombra en España. El orgullo de Sauron pero en bonito. Un eclipse lunar lamió nuestra península como si esta fuera una bola de helado. En ese surco estupendo se situaron una cantidad considerable de humanos dispuestos a mirar hacia arriba. Poseedores de un conocimiento recién adquirido sobre rotaciones, alineamientos, coronas y totalidades. Fuimos todos criptobros de la astronomía. Sabios de lo que dura muy poco y pasa cada mucho tiempo.
Resultó peculiar observar cómo una minoría de la población se negó a interpretar el evento como un hecho aleatorio, impresionante y digno de explicar aunque nos dejara sin palabras. Era, según ellos, una amenaza para el individuo y, al tiempo, una demostración más de que la ciencia es una nueva forma de asustar a la gente. Ahora lo inteligente, evitar ser un borrego, es alejarse de lo objetivamente adecuado. Mejor las radiografías y los cristales de soldador que gastarnos dos euros en unas gafas homologadas. Incluso se ha defendido que no resulta lesivo echar un ojo al Sol de forma mantenida porque ya se mira unos instantes cuando atardece y la peña sigue teniendo la vista de un cóndor en racha. Puede que sean los mismos que te dicen que antes íbamos sin cinturón en el coche y «no nos pasaba nada». Luego echas un vistazo a las estadísticas de mortalidad o lesionados medulares en carretera y resulta que lo que ocurría es que sí que pasaba, pero a otros. Aunque sean muchos, muchísimos, cuando no nos toca a nosotros es evidente que las estadísticas mienten o, como mínimo, hay que sospecharlas.
Pero regresemos a los ojos, que son un elemento de precisión magnífica y fragilidad máxima. Como para que se ponga uno a hacer malabares con ellos. En la retina, como dije antes, se dispone una manta de neuronas peculiares que se estimulan con la luz. Son como un español durante la siesta. De forma muy resumida podemos hablar de dos habitantes fundamentales en su superficie: conos y bastones. Cuando escuchaba esto en la carrera terminaba diciendo mentalmente «siempre quieren ser los campeones». Esto último no aporta nada a este artículo, pero me ha llegado mientras escribo. Otras neuronas distintas haciendo de forma precisa y estúpida su trabajo.
Los bastones se encargan de hacernos ver en la oscuridad, al tiempo que los conos permiten lo propio en las condiciones contrarias. No son neuronas «pata negra» como dije, pero se parecen mucho a ellas. Convierten la luz en un estímulo eléctrico interpretable que regresa al interior del cráneo para anidar en la región occipital. Se complementan y ayudan creando una trama sensible y maravillosa que escapa del globo ocular a través de un espacio llamado mácula. Un sumidero para terminaciones nerviosas, eso es la mácula.
Para proteger la retina disponemos de varios medios físicos. Así alrededor encontramos paredes de hueso. Una habitación con vistas conformada por frontal, cigomático, maxilar superior, etmoides, esfenoides, lagrimal y palatino. Podría ser el nombre de los compañeros de Odiseo si Christopher Nolan hubiera decidido improvisar. Crean entre todos ellos el habitáculo en el que reposa el ojo para rodearse de músculos y almohadas de tejido adiposo. Los músculos mueven el globo ocular tirando de la esfera. Imaginen un mini Charlton Heston detrás de su ojo dirigiendo los caballos en la carrera de cuadrigas de Ben-Hur. Según hacia dónde tire de las riendas se desplazará el globo ocular. Finalmente, a todo ello se añade en el interior un contenido líquido que amortigua las deformidades y transforma el paso de la luz hacia la retina. La parte posterior del ojo la ocupa el humor vítreo y en su parte anterior, desde la pupila hacia delante, el humor acuoso. Tenemos los ojos llenos de humor, aunque a veces no lo parezca.
Como última herramienta frente a las agresiones se ha puesto a disposición de la retina un óculo maleable: la pupila. Este orificio se expande o contrae en función de las condiciones del entorno. Si hay luz excesiva se vuelve un punto. Si es necesario capturar todo lo que brille se expande. Seguro que ha escuchado que los buenos piratas parecían ser estupendos conocedores de la fisiología pupilar. De ahí los parches. Antes de entrar a un lugar oscuro, si temían una espada que no se merece, se tapaban un ojo. Eso provocaba una dilatación de la pupila ante la oscuridad obligada. Así, al entrar en un espacio sospechoso y peor iluminado, no perdían tiempo esperando a que su vista se adaptara. Con descubrir la pupila bajo el parche y tapar la que aún estaba en pañales ya estaban listos para defenderse. Puede ser una leyenda, claro, pero reconocerá que usted le ha puesto cara de Jack Sparrow.
Este tira y afloja de la pupila está condicionado por la respuesta e interpretación de la retina. Esta superficie protegida envía órdenes a los músculos que, como un cinturón, abren o cierran el orificio por el que pasa la luz. Por eso se pasa una linterna encendida por delante de los ojos para determinar si ese reflejo se conserva. Puede estar artefactado por el efecto de un fármaco o una lesión neuronal. De hecho, si no hay fármaco y no hay respuesta, su ausencia traduce potencialmente un daño grave e irreversible que podemos llamar muerte.
En el contexto de un eclipse, que es de lo que estábamos hablando, la retina quiere ver pero también no hacerse daño. Es un adulto con vértigo en un parque de atracciones. La exposición continuada al estímulo luminoso del astro rey puede provocar un daño irreversible. Conos y bastones dejarían de ser los campeones, claramente. Y se podría generar incluso una lesión en la mácula. En condiciones normales, cuando miramos al Sol durante unos instantes la pupila se contrae y minimiza el daño. Además, es probable que se nos obligue a un parpadeo y a girar el cuello. Instintivamente no queremos mirar si vamos a hipotecar la visión. Si decidimos enfrentar nuestros ojos al Sol de forma continuada, y en un contexto de luz decreciente, la pupila responde con menos soltura. Ejecutaríamos la receta de «retina en su humor a la brasa» si nuestro oftalmólogo fuera Arguiñano. Es por ello necesario añadir una barrera en forma de gafas. Por sentido común, vaya. Es ciertamente curioso pensar que puede que haya gente que, para llevar razón, por no creer las recomendaciones, observó a la Luna situarse delante del Sol mientras sentía que sus ojos le pedían, quizá con lágrimas, que usara por favor al menos los párpados.
En los próximos años volveremos a disfrutar de un par de eclipses en España. El primero en verano se presentará de nuevo de forma completa y el posterior ocurrirá en invierno y será parcial. Y seguirá habiendo gente hablando del cielo. Unos para observar en él algo que sobrecoge. Otros para dejar claro que no son parte de una mayoría estúpida y que solo moverán la cabeza bajo sus condiciones. Todos ellos habitantes de un universo sobrecogedor y fascinante que ha tenido a bien diseñar a los humanos con un par de retinas sin recambio. Entrenen cuello, pupilas y párpados. Toca disfrutar de lo que se viene y asumir, para bien o para mal, que incluso los eclipses tienen efectos secundarios.





