
Uno de los teólogos más interesantes del siglo XX posiblemente sea Paul Tillich, un pastor luterano alemán que acabó estadounidense. Decía que «La idea de que la mente humana es una fabricante perpetua de ídolos es una de las más profundas que puede decirse sobre nuestra idea de Dios. Incluso la teología ortodoxa es a menudo nada más que idolatría». ¿En qué se basó Tillich para llegar a semejante conclusión? Seguramente en la teología, la filosofía y la historia, quizás también la antropología y la paleontología. ¿Puede la ciencia, digamos pura y dura, tratar de explicar esa profunda idea? Difícil, sobre todo por falta de, digamos, mano de obra voluntaria.
Todo científico veterano ha sido invitado a lo largo de su vida a debates, tertulias y eventos de ese estilo para afrontar el asunto de Dios. A ellos asisten normalmente teólogos, historiadores, filósofos, escritores y científicos creyentes —los hay— y, cómo no, un científico agnóstico, o mejor, ateo declarado. Pero esto hace tiempo que pasó a la historia por incomparecencia de estos últimos. Nos sentimos abrumadoramente derrotados de antemano y cualquier invitación la rechazamos más o menos educadamente. Si un destello de ánimo nos lo diera recordar a Tillich, lo primero que tendríamos que hacer es averiguar cómo distingue el insigne teólogo los ídolos y la idolatría de los dioses y las religiones. O de Dios en mayúsculas como hace él mismo. Nada: abatidos y educados insistimos en nuestra negativa a participar en ninguna clase de eventos teológicos «multidisciplinares».
A pesar de todo lo anterior, un día me topé con una reseña que despertó singularmente mi curiosidad. Un nutrido grupo de investigadores de diversos centros internacionales habían analizado detalladamente una infinidad de datos que sustentaran, lo más aproximadamente posible, la época en que surgieron los dioses, en particular los moralizadores, en las sociedades numerosas y complejas.
Para establecer semejante hipótesis, los autores habían codificado sistemáticamente los registros, elaborados por más de cien investigadores, de 414 sociedades que abarcaban los últimos 10.000 años de 30 regiones de todo el mundo, utilizando 51 parámetros de complejidad social y 4 parámetros de cumplimiento sobrenatural de la moralidad. En total analizaron 47.613 registros. La sorpresa me hizo traspasar el umbral del periodismo científico y me introduje en el terreno de la investigación profesional.
El artículo fundamental se había publicado en Nature, 568, 226-229 (2019). Quedé pasmado al abrir el PDF del artículo: todas las páginas del largo y detallado estudio estaban cruzadas por las dos palabras más temidas por los científicos: RETRACTED ARTICLE.

Tras la publicación de los resultados de la tremenda investigación, otros colegas de los autores publicaron un informe argumentando que los resultados primarios presentados en el artículo de Nature se basaban en un tratamiento de datos inexistentes junto a otros fidedignos. Quedaríamos sorprendidos, como yo quedé al afrontar este artículo, al ver la sucesión de ecuaciones matemáticas acopladas que los centenares de investigadores han desarrollado en sus estudios sobre los dioses moralizadores. En paralelo, los programas informáticos que tuvieron que elaborar y utilizar, haciendo uso finalmente de la inteligencia artificial por poco desarrollada que aún estuviera en 2019, fecha de publicación, eran de una sofisticación suprema.
Los autores, ante la crítica, aceptaron que deberían haber etiquetado a algunos dioses moralizadores a los que hacían referencia como «ausentes» o «inferidos ausentes», en lugar de «desconocidos». En ciertas partes del conjunto de datos analizados antes de las fechas de sus primeras apariciones no deberían de haber convertido los «no ausentes» en ceros durante la fase de análisis.
Me costó entenderlo, pero es bien sabido en matemáticas, desde Arquímedes, que no es lo mismo un número finito, por pequeño que sea, que el cero. Las consecuencias conceptuales de la distinción son enormes, pero las computacionales son desastrosas. Piénsese que simplemente dividir una cantidad por un número pequeño dará lo que sea, pero si dicho número es cero el programa informático colapsa porque el asunto se va al infinito.
La conclusión a la que llegaron los autores después de aceptar la crítica fue:
Desde la publicación de este artículo, hemos refinado a fondo nuestros datos y análisis, y hemos constatado que nuestras conclusiones originales siguen estando firmemente respaldadas. No obstante, las diferencias entre nuestros análisis revisados y el texto original son lo suficientemente sustanciales como para justificar una retractación del artículo publicado.
Hemos presentado los análisis mejorados para su revisión por pares y su posible publicación en otra revista. Animamos a la comunidad a consultar estos nuevos artículos en el futuro en lugar de este, ahora retractado. Pedimos disculpas a la comunidad científica por la confusión involuntaria.
Los coautores John Baines, Alan Covey y Kevin Feeney no están de acuerdo con esta retractación.
Peter Turchin, de la Universidad de Connecticut, lo expresa así:
Nuestros análisis no solo confirman la asociación entre los dioses moralizadores y la complejidad social, sino que también revelan que los dioses moralizadores siguen, en lugar de preceder, a grandes aumentos en la complejidad social.
Otro de los coautores, Harvey Whitehouse, de la Universidad de Oxford, arguyó:
Durante siglos se debatió por qué los humanos, a diferencia de otros animales, cooperan en grandes grupos de individuos no relacionados genéticamente. Las respuestas eran por la agricultura, la religión y la guerra. Para nuestra sorpresa, nuestros datos contradicen fuertemente la hipótesis de la etnografía tradicional que sostiene que los dioses moralizadores son necesarios para permitir la aparición de las grandes sociedades.
En casi cualquier región del mundo de la que tenemos datos, los dioses moralizadores tendieron a seguir, no a preceder, a los crecimientos de la complejidad social. Los rituales religiosos ayudaron a crear una identidad colectiva y un sentimiento de pertenencia que actuaron como un pegamento social, pero solo ayudaron a que la gente de estas sociedades cooperase.
Dicho de otra manera, este autor sostenía que hay factores más importantes que las creencias religiosas para dar forma y vida a las identidades colectivas. Los dioses a los que les preocupa si somos buenos o malos no fueron los que impulsaron el surgimiento inicial de las civilizaciones, sino que llegaron más tarde.
Así, los otros autores precisaron que los poderosos grandes dioses moralizadores y el castigo sobrenatural tienden a aparecer solo después del surgimiento de «megasociedades» con poblaciones de más de un millón de personas. Los dioses moralizadores no son un requisito previo para la evolución de la complejidad social, pero pueden ayudar a sostener y expandir complejos imperios multiétnicos una vez que se hayan establecido.
Los anteriores asertos se han hecho con un objetivo y solo uno: invitar a distinguir los argumentos y resultados basados en pilares sólidos, por más que algunos de estos puedan mostrar cierta debilidad, de aquellos cuyo sustento se base exclusivamente en la autoridad y la amenaza del poder que esta puede conllevar.
Del estudio anterior —tras la retractación en Nature parte de los autores publicaron otros artículos, en particular en Science, que no han sido cuestionados científicamente— podemos sacar una conclusión indiscutible por más intuitiva que siempre haya sido: las sociedades crearon a los dioses moralizadores, por lo que estos no pudieron crear a los hombres que las forman.
Montaigne dejó dicho que «El hombre es muy necio: no sabría forjar un insecto, pero crea dioses por docenas». Tenía razón, aunque esta fuera poca y no valiera para casi nada, porque la verdadera cuestión que sigue al descubrimiento anterior es por qué los hombres crearon a los dioses previos a los moralizadores y, sobre todo, qué ventajas ofrecían estos últimos para motivar su invención.
Hemos de tener en cuenta que estamos ante un fenómeno global, porque creo sinceramente que no hay ninguna sociedad prehistórica, por primitiva y tosca que fuese, que no haya dejado pruebas de su creencia en entes sobrenaturales ni de sus dos consecuencias esenciales: la vida más allá de la muerte y, estos ya sí con los dioses moralizadores en juego, en el premio o castigo a recibir en función de nuestro comportamiento en vida.
Los humanos toman consciencia muy pronto de que el mundo no lo han creado ellos, por lo que las preguntas se desencadenan en sus mentes. ¿Quién ha hecho el cielo, la tierra y los mares? ¿Y las plantas y los animales? Podían haber estado ahí siempre, pero la cuestión sigue siendo más o menos la misma. Esos entes, llamémosles ya dioses, no solo se han de diferenciar de los hombres en su inmenso poder sino en algo mucho más esencial: seguramente no son mortales.
La muerte para el hombre primitivo estaba tan presente y era tan inminente que formaba parte esencial de su existencia. Como ahora, pero con infinidad de causas más probables y cotidianas que podían llevar a ella: fuegos durante las tormentas, ferocidad animal, envenenamiento con plantas, caídas desde alturas notables, volcanes, mares enfurecidos… Tal poder para crear o al menos manejar obra tan compleja como es la naturaleza y tan magna como parece ser el cielo nocturno no podía estar en manos de seres tan efímeros como ellos. Además, las causas de la muerte normalmente eran provocadas por esa obra.
Tras decidir, o más bien asumir, la existencia de los dioses, se han de desarrollar los sentimientos y temores inherentes a la veneración de los mismos. Pronto entrarán también en juego las conductas personales y sociales. Aún no se puede hablar de moral colectiva, pero sí de prácticas rituales destacando en ellas la oración, las ofrendas e incluso los sacrificios para contentar a los dioses y ganarse así su compasión y favor.
Pero la muerte, además, provoca pena. Profunda pena en la mayoría de los casos. Y de ahí a la esperanza no hay más que un paso. ¿Ya no se reencontrarán unos padres con una hija muerta siendo niña? Los indicios funerarios que muestran los dos sentimientos, pena y esperanza en el reencuentro, aparecen en las tumbas más antiguas que se conocen. Ha de haber vida después de la muerte. ¿Tendrá nuestro comportamiento influencia en lo que nos puede esperar tras morir?
¿Será verdad que los científicos no estamos llamados a responder a estas preguntas? Igual llevan razón los que dicen que esto es cuestión de fe y eso es asunto de ellos y no de pobres científicos. Si no que les pregunten a los más excelsos santos padres de, por ejemplo, el cristianismo como Aurelio Agustín de Hipona o Tomás de Aquino. El primero sostuvo, entre fascinantes y acertadas intuiciones científicas, y lo digo en serio, que «No tendría fe si no fuera por los milagros», y el segundo que «La doctrina sagrada es ciencia porque saca sus conclusiones de una ciencia superior: la Ciencia de Dios y los Santos». Al menos no nos avasallan, porque Martín Lutero se muestra contundente cuando con finura sin par dice que «La razón es la ramera del diablo, que solo calumnia y daña todo lo que Dios dice o hace». Afortunadamente hoy día, al menos en Europa, lo único que nos ha de inquietar a los científicos y debemos temer antes de que nos «retracten» artículos como este es si en el frigorífico tenemos suficiente cerveza fresca.
Manuel Lozano Leyva, Catedrático Emérito de Física Atómica y Nuclear de la Universidad de Sevilla. Autor de El sueño de Sancho, una historia irreverente del conflicto entre la ciencia y las creencias, Debate, 2019, 681 págs.





