
VIE,
Charles Laffite,
La Bibliothèque Oulipienne, Seghers,
París, 1979
Siendo Francia el país más literario de cuantos en el mundo han sido, tiene sentido que la obra más ambiciosa producida en el muy convulso siglo XX sea de un autor francés. VIE, es decir, VIDA, así, sin artículo y con letras mayúsculas, encierra en su complejidad su condición inequívoca de obra maldita, pues su naturaleza inabarcable encaja mal en eso que hemos venido a denominar libro, el espacio natural, el nicho ecológico de eso que hemos venido a llamar literatura. Es solo ahora, cuando el mundo digital permite saltarse libérrimo las castrantes costuras del papel, cuando hemos empezado a darnos cuenta de la magnitud de la apuesta de Charles Laffite, que así se llama el autor de este empeño colosal, de este delirio con tanto sentido como ausencia de final.
Nacido en una familia bretona trasladada a París gracias a la fortuna procurada por una fábrica de muebles con patas y mucho brillo, Laffite vive despreocupado una infancia normal en un barrio acomodado de la capital, y todo hace indicar que va a encargarse del negocio familiar, hasta que la literatura entra en su vida como entran las hordas en los grandes almacenes el día en que empiezan las rebajas. Habrán de pasar cansinos y puntuales muchos años hasta que VIDA entre ella en escena, años de formación o de barbecho según sus ahora numerosos biógrafos, años de los que disponemos de tan poca información que elucubrar es una actividad que sale casi gratis, trazar a toro pasado antecedentes y puntos de inflexión resulta un deporte impune practicado por muchos, inútil es aquí tratar de llevarles la contraria.
Pero son Perec y sus secuaces del OULIPO quienes primero descubren a Laffite y publican la primera versión de VIDA. A Perec, que acaba de publicar La vida, instrucciones de uso, le llama la atención primero el título, pero después, y de qué manera, el proyecto en sí. Conocedor de Laffite no por él sino por la madre de este (ella es quien le enseña parte del texto para ver si ahí hay algo que merezca la pena), Perec se involucra personalmente en esta edición (tres mil doscientas páginas, trescientos ejemplares), como muestra una misiva encontrada entre su ingente correspondencia, donde le pide a un banquero excéntrico que la costee, siendo el coste no menor, pues el papel biblia y una caja inmensa son la única opción para publicarla en un solo volumen, y dividirla hubiera implicado una traición al espíritu de la obra, a su misma esencia. Y no escatima elogios para casi rogarle al mecenas su contribución a la causa: «No debe dudar esta vez», le implora convencido, «pues estará usted uniendo su nombre al del mayor genio de las letras francesas, y créame que la hipérbole no figura entre mis muchos y lamentables defectos». Lo curioso es que Laffite nunca está de acuerdo con la publicación, y se niega a participar en presentación alguna, alegando que no es que sea de suyo incompleta, es que «es incapaz de mostrar siquiera la punta del iceberg de su verdadera dimensión», según cuenta en sus memorias Jean Queval, otro integrante ilustre del OULIPO, ese club de gente ociosa que juega con las palabras como otros practican senderismo, abrazan entusiastas el golf o hacen minuciosos croché en las tardes lluviosas de invierno. Para entonces Charles Laffite vive en la calle, es oficialmente un clochard, inventariado por el ayuntamiento como las farolas sin luz o los ajados bancos del parque, porque cuando ha decidido acometer (es el único verbo posible) la obra que da sentido a su vida, parece haber leído, pese a no haber sido escrita todavía, la definición que hace Bolaño de la literatura: «Tener el valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, y salir a pelear: eso es la literatura».
«Contarlo todo», ese es el propósito de VIDA, y cuanto hace de este un proyecto tan faraónico como imposible. Alguno ha querido compararlo con Larva, la novela de Julián Ríos, sin duda por el hecho de que en las primeras cuatrocientas páginas no hay un solo punto, pero eso sería limitar y mucho el alcance de su ambición, bastaría señalar que en las trescientas siguientes hay casi más signos de puntuación que palabras, más comas que adverbios, más puntos que sustantivos. Y quizá convenga aclarar que cuando Laffite arranca decidido la escritura de VIDA, tiene en su ignoto haber cuatro libros de poesía publicados, que han pasado casi tan desapercibidos como sus clases de literatura en Tours, en un colegio privado de enseñanza secundaria donde lo contratan por influencia de su madre, que abona una cantidad nada desdeñable como donación al colegio, después de que su padre haya decidido desheredarlo y echarlo de casa y no por ese orden, por renegar del imperio familiar y anunciarle un día solemne que iba a dedicarse por entero a la literatura. En Tours se acentúa su misantropía, ya advertida por algún sagaz profesor en su infancia, y apenas se relaciona con sus congéneres, lee compulsivamente cuanto encuentra en la biblioteca municipal, se emborracha de forma consuetudinaria en la Place Plumereau, e imparte puntual pero desobediente sus clases, donde se salta el programa para escándalo del director y solo enseña la obra de las únicas personas que respeta en este mundo, Alfred Jarry, Erik Satie y Antonin Artaud. Los tres citados son los faros que guían su devenir, como cuenta enfático a sus estupefactos alumnos, al primero le rinde homenaje paseando en bicicleta cada 8 de septiembre con la cara pintada de verde, del segundo copia su manera de presentarse («Me llamo Charles Laffite, como todo el mundo»), y al tercero le rinde tributo tratando de emular un día en clase su grito desgarrador, y más de un alumno tendrá pesadillas el resto de su vida.
El 20 de diciembre de 1960 le escribe a su madre, su único interlocutor hasta su muerte, informándole escueto de haber tenido esa semana una epifanía tras ingerir dos litros de pastís sin agua, y anunciándole que va a dedicar su vida a escribir el libro total, no lo llama novela porque, según él, el término es reduccionista, «como llamar gota al mar o flor a la primavera». Y dicho y hecho, deja el trabajo, para solaz del director, deja Tours, para disgusto de los comerciantes locales de pastís, y vive desde entonces en París y en la calle, la única forma de entender la vida, le escribe de nuevo a su madre. Accede a acudir al domicilio familiar una vez al mes, sin que su padre lo sepa, donde se ducha, acepta la ropa limpia y el dinero que su madre consigue sisar a su tacaño esposo, y en estricta represalia le deja los cuadernos Constellation donde VIDA va tomando forma, con una letra primorosa que más parece la caligrafía perfecta de una alumna aplicada de un colegio de monjas que lo escrito por un vagabundo alimentado de alcohol. Y eso hace, durante más de veinte años, con un tesón y una puntualidad innegables, ajeno al muy limitado éxito de la publicación del OULIPO, hasta que un grupo de skinheads le da una noche de un abril una paliza de la que no se recupera, muy cerca del puente donde Paul Celan se arrojó al Sena sin quitarse el abrigo, y muere en un hospital privado, tras casi año y medio sumido en un coma profundo del que nunca despierta.
En la página web que su sobrino nieto ha consagrado a esta obra, VIE.com, convirtiéndola contra todo pronóstico en un fenómeno literario sin precedentes en Francia, se recogen más de sesenta mil páginas, primero escaneadas, hoy digitalizadas, y así el lector puede sumergirse (de nuevo no hay otro verbo posible) en ese magma ingente, cuya disposición tipográfica a veces nos hace pensar que estamos ante un programa informático que puede ser también la lista de la compra, otras ante un texto convencional, las más ante un mar de letras sin orden ni concierto. Paul Laffite, heredero en más de un sentido de Charles, es un ingeniero informático, y en su web propone lecturas alternativas a través de un algoritmo que alterna páginas en un sistema aleatorio convirtiendo en inacabable la obra, en un bucle que a veces es espiral y otras una larga línea recta que se pierde diminuta en el horizonte. Y al cabo, esa y no otra era la idea original de Charles Laffite, una obra que nunca se acaba, que siempre es distinta, que es y no es, que refleja en suma la vida como ningún otro texto de la tradición occidental, que ayuda a entenderla pero no a aprehenderla, pues es inasible como la escarcha, escribe Paul Laffite citando un haiku de Matsuo Bashō: «Quiero asirla, dice que no, la escarcha. Quiero aprehenderla», corrige Laffite, «dice que no, la VIDA».





