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Antonin Artaud, destructor (y creador) de la cultura

Antonin Artaud en una imagen de La Passion de Jeanne d'Arc, 1928. Fotografía: Getty.
Antonin Artaud en una imagen de La Passion de Jeanne d’Arc, 1928. Fotografía: Getty.

Sé que Antonin Artaud ha «visto», en el sentido en que Rimbaud y aún antes Novalis y Arnim habían hablado de «ver»… El drama es que la sociedad a la que cada vez nos honramos menos de pertenecer persiste en considerar como un crimen no expiable que un hombre haya pasado «al otro lado del espejo». En nombre de todo aquello a lo que me siento unido más que nunca, aclamo el regreso a la libertad de Antonin Artaud en un mundo donde la libertad misma está por rehacerse; más allá de todas las denegaciones prosaicas doy toda mi fe a Antonin Artaud, hombre de prodigios; saludo en Antonin Artaud la negación desesperada, heroica, de todo lo que morimos por vivir.

(André Breton)

Cuando Bauhaus publicó su cuarto elepé, Burning From the Inside, que incluía la canción «Antonin Artaud», yo ya le había leído un poco, en los libros de la editorial Fundamentos, y la idea de conjugar al grupo más estiloso, avant garde y bello con uno de mis autores preferidos era lo máximo a que podía aspirar en el mundo. Cierto que la canción estaba bien, aunque la letra era demasiado grandilocuente, demasiado para un grupo de rock. David Jay, estudiante de arte y compositor de la misma, la hizo pensando en aquella dimensión del ballet de Artaud, su experiencia con los indios tarahumaras. Pero como yo era así, siniestra, enfadada siempre y, sobre todo, muy fuera de la realidad y centrada casi exclusivamente en la dimensión cultural del mundo, era lógico que los Bauhaus y Antonin Artaud se erigieran en figuras de primer orden de la niña Grace. Ahora me ha pasado muchas veces que al volver la vista atrás, me han horrorizado determinadas cosas que he seguido en el pasado, y en el caso de Bauhaus y Antonin Artaud, pues mis preferencias por el grupo… bueno, ahora los veo simplemente como un grupo, bien, no siento aquella devoción. Pero de Artaud sigo creyendo que es un autor genial, supongo que a su/mi pesar, y a pesar de lo mal-bien que lo pasó en su vida. Y aunque sepa que Johnny Depp colecciona memorabilia suya, que ya le vale. Porque su vida fue su obra, y esto es literal. Existen casos de literatos cuya vida es crucial a la hora de entender sus obras, pero creo que hay pocos como este, porque sus poesías, el teatro, incluso las cartas más pedestres están imbricadas en sus peripecias vitales de forma total. Él era consciente de ello, y ya en sus primeros textos lo deja patente:

No quiero la creación separada. Ni concibo al espíritu separado de sí mismo. Cada una de mis obras, cada uno de los proyectos de mí mismo, cada una de las heladas floraciones de mi alma fluye babosamente en mí». Y más adelante recalca: «Me niego a hacer diferencias entre los minutos de mí mismo. No acepto un espíritu programado. Es necesario acabar con el Espíritu y con la Literatura.

(El ombligo de los limbos)

Algunos exegetas hablan de Artaud como un escritor de la juventud; que solo los jóvenes pueden entender —y algunos disfrutar con— sus escritos. No acabo de entenderlo, pues tiene obras que sí, son ideales para conocerlas en juventud, pero hay otras que no son precisamente para leerlas siendo joven, y sin tener ciertas herramientas de crítica y conocer a otros escritores. (No sé, quizá el surrealismo y el análisis que hizo de él Foucault, por ejemplo. Tiene más ensayos escritos sobre él en los setenta que nadie: han hablado de él desde Maurice Blanchot a Jacques Derrida). Las cartas que creó (porque como he dicho al principio, hasta sus cartas más pedestres tienen una dimensión literaria), son un ejemplo de las condiciones penosas por las que pasó y el tratamiento al que se vio sometido, un tratamiento que se daba a todas aquellas personas cuyas psiques estaban en el límite de lo tolerable, sumado esto a las crisis que Artaud sufría, bien por las consecuencias de su meningitis, bien por su dependencia del opio, o de ambas cosas unidas a la fuerza.

Todo en él es violento y rabioso, sus escritos están hechos con furia, como decía Breton: «es oriflama calcinada». Para Artaud, la verdadera realidad son los sueños, los pensamientos delirantes y la imaginación cada vez desatada, y no al revés. Esa realidad a la que se refieren todos los autores es, según Artaud, un acuerdo que se toma, se da por entendido que eso es la realidad. Como hacen en el teatro. Por ese planteamiento interesó a los posmodernos, aunque sus ideales no tenían nada que ver.

«Más allá del arte y también a este lado del arte y de la historia conocida, hay una zona de efervescente fecundidad cuyas manifestaciones resultaron ser demasiado poderosas para la conciencia imbécil de la época; una época que no se conformó con obviar estas manifestaciones, sino que quiso enterrarlas tras haberles hecho una guerra de exterminio. A esta zona pertenece Balthus». Estas palabras que dedicó el escritor al polémico pintor se pueden aplicar a él, aunque Artaud nunca tuvo problemas con la academia, ni contra los bienpensantes, a pesar de que él lo pensara varias veces, como consecuencia de sus estados de paranoia. Y en España, en ciertas épocas, siempre ha estado en un lugar bastante incómodo. Su teatro, poderoso, nuevo, altivo, que reconstruyó los esquemas más inmóviles de la literatura, donde creación y destrucción iban de la mano, creando una sublimidad alternativa, extraña y ajena a la oficial, en la práctica apenas consiguió que el público se escandalizara al principio: todo lo más se rieron. 

A Artaud es realmente difícil hacerle un paralelismo con otros autores o corrientes. Algunos han comparado su rabia con los poemas de Rimbaud, pero es imposible situarlo en determinadas coordenadas que no sean las suyas propias. Eso le hace ser un personaje único, protagonista de incandescencias, sortilegios, oscuridad brillante, etc. Ciertos autores contemporáneos suyos se explayaron en críticas hacia su teatro. Por ejemplo, Ionesco dijo de él: «Ha hecho dirección sin teatro, escenografía sin texto… Sus teorías de la crueldad, su conocimiento del teatro ritual de extremo Oriente… parecen haber sido amasadas al azar. Queda sin embargo en él algo profundamente valeroso: su llama devoradora, de manera auténtica que, en efecto, lo ha devorado». No se puede decir mejor.

Nació Antonin Artaud el 4 de septiembre (virgo) de 1896 en Marsella, en el seno de una familia acomodada, que era de origen griego, algo que será importante para entender un poco sus libros. Será el primogénito de nueve hermanos, pero solo sobreviviría él. Él mismo está a punto de morir, pues a los cinco años sufre una meningitis grave. Pueden salvarle, pero siempre permanecerá enfermo, algo que para él no resultaba una cosa tan terrible: «Toda la vida he estado malo, y solo espero que continúe, ya que los estados de privación de mi vida siempre me han enseñado una gran cantidad de cosas, muchísimo más sobre la abundancia de mis poderes que el credo pequeño burgués hace mientras mantienes tu salud». Los males de Artaud eran variados: cefaleas continuas, síntomas de paranoia, convulsiones, pérdida temporal de la vista y la audición, etc. Pues aun así, o como dice él a causa de ello, desde muy jovencito comenzó a escribir. En el colegio funda una revista de poesía, y en ella publica sus primeros poemas, bajo un seudónimo, Louis de Attides. Era 1910, y cinco años después llega su primera visita a un psiquiátrico y a continuación el ingreso en el ejército, para ser licenciado por problemas de salud al poco tiempo, y a continuación la permanencia en diversas clínicas de salud. Sus padres deciden enviarle a París para ver al doctor Toulouse, autoridad de psicoanálisis de la época, que en cuanto le trata, da fe de que es un ser excepcional, a pesar de su enfermedad. O por ella.

Porque la locura, o lo que entendían por ella a principios del siglo XX, es fundamental para poder atisbar cómo funcionaba la figura de Artaud, aquello que no puede desligarse de su vida ni de su obra. Muchas veces se le consideró una especie de genio-loco, alguien extrañado de su época y sus semejantes, que escribía siguiendo solamente los dictados de su mente. Esto no significa que su obra sea un disparate, todo lo contrario, tiene en sí misma una coherencia, y una —extraña— belleza que sorprende. Y conmueve de verdad cuando te enfrentas a ella.

A partir de 1923, conoce al «todo-París». Hace amigos con Tristan Tzara, Cocteau, André Gide, etc. Entonces ya es un adicto al opio, que toma para mitigar sus dolores. Al año siguiente, y tras haber conocido a Breton, se adhiere al surrealismo, y publica El ombligo de los limbos, imbuido por esta corriente. A pesar de tener un cargo de responsabilidad, al año siguiente le echan de las filas surrealistas. Él se va, decepcionado con la deriva política de Breton. Publica su texto sobre el teatro de Alfred Jarry, y esta relación se extiende hasta el final de los veinte. En 1932, comienza la redacción de su Teatro de la Crueldad. En él refleja su visión nihilista del mundo, además ese concepto de crueldad no se refiere a algo físico, sino a una estricta disciplina, una violenta determinación física para destrozar la falsa realidad. Por eso su admiración por formas de teatro orientales, por ejemplo el teatro balinés, porque ponen el énfasis en el cuerpo más que en el texto. Se trataba de acabar con la hegemonía de la cultura omnipresente, de volver a una concepción del ser humano y sus herramientas mucho más primitivo, buscando lo verdadero.

Es la época en la que escribe su obra quizás más conocida, Heliogábalo o el anarquista coronado (1934), un ensayo en el que se desbordan los límites de este género, pues Artaud, además de documentarse con gran prolijidad en la vida del emperador y las costumbres de aquel momento histórico, le defiende frente a todos los historiadores que le han presentado simplemente como un joven degenerado. Artaud, por el contrario, le hace ser a nuestros ojos,un ejemplo de la cultura siria donde nació, descendiente de la dinastía de los Basanidas, reyes de Emesa y sacerdotes del sol, que adoraban al dios Baal y a la manera que estos hacían combinando los principios masculino y femenino, en su cultura solar-lunar. Tras la batalla de Antioquía, Heliogábalo llegó a ser emperador. Él fue un ser andrógino, más allá de la propia androginia, que implantó en palacio, unido a su creencia inveterada de ser un dios, pero no un humano que hace leyes en función de dios, sino un verdadero dios, que tiene sus propia conducta, como tirano, en la cual le han iniciado. Según Artaud, durante los cuatro años que duró en el poder, el pueblo romano le quiso mucho, pero el ejército de Alejandro Severo le apartó de él de la forma más terrible. O más extravagante, como habían sido sus años en el poder.

Comienza la década de los treinta más en forma, porque ha intentado varias curas de desintoxicación que le permiten incidir en su teatro de la crueldad y también en el teatro alquímico. Realiza varios viajes, a Argelia, a México, donde es recibido con simpatía por la comunidad de escritores locales, y se desplaza al territorio indio de los tarahumara, quienes hacen el culto del peyote, y tras muchas vicisitudes, consigue participar en sus ceremonias. Regresa a París, y en 1937 se va a Irlanda y es detenido en Dublín. Cuando logra volver a París, es internado en un manicomio. En ese año, se publica «El teatro y su doble», libro fundamental para la evolución del teatro del siglo XX, y una de sus mejores obras:

«Pueden quemar la biblioteca de Alejandría. Por encima y fuera de los papiros hay fuerzas; nos quitarán la facultad de encontrar otra vez esas fuerzas, pero no suprimirán su energía… la cultura sin espacio ni tiempo, limitada solo por nuestra capacidad nerviosa, reaparecerá con energía acrecentada».

El resto de esos años, es un desfile de crisis terribles, estados de ansiedad provocados por la falta de drogas, y escritos continuos. En 1943, se le traslada, en un estado lamentable, al clínico de Rodez. Allí mejoran sus condiciones vitales, le dan sesiones de electroshock, y escribe los artículos que formarán parte de Viaje al país de los tarahumara, que se publicará en el 45. En el 46, se publicarán sus Cuadernos de Rodez. Mantiene correspondencia con mucha gente, entre ellas con su amigo Arthur Adamov, que lucha por que le saquen del psiquiátrico, y otros amigos que piden que le lleven a un sitio mejor, y le crean un fondo de ayuda. Al final, consiguen llevarle a París, y le instalan en Ivry, la clínica donde estuvo anteriormente el romántico Nerval, que comparte no pocas cosas con él. Todos piensan en publicar sus Obras completas. Durante 1947 escribe sin descanso y se publica otro de sus libros más reconocidos: Van Gogh, el suicidio de la sociedad. En 1948 se organiza un escándalo cuando suspenden su programa de radio, que había iniciado el año anterior, Para acabar con el juicio de Dios. Le diagnostican un cáncer incurable y muere en pocos meses. 

En su trayectoria de artista total, no puedo olvidar su breve pero fulgurante carrera como actor a principio de los años veinte, que se convirtió en un rostro conocido por los aficionados. Por ejemplo, en la célebre producción Napoleón, dirigida por Abel Gance en 1927 (da vida a Marat); en El clérigo y la caracola, de Germaine Dulac, de 1928, fue el guionista, una peli surrealista que quedó oscurecida por el Perro andaluz, de Buñuel y Dalí, estrenada un año después; en La pasión de Juana de Arco, de C. T. Dreyer, donde encarnaba a Jean Massieu, uno de los clérigos que participaron en la rehabilitación de la santa; en La ópera de tres centavos (1931) versión de G. W. Pabst; en la producción de Raymond Bernard, Las cruces de madera, de 1932, hace el papel de uno de los soldados. Por su aparición en estas películas, por otra parte pelis de gran trascendencia en la historia del cine, y también por la gran cantidad de retratos que le hicieron amigos fotógrafos y pintores, se convertirá, cuando salgan las ediciones de los setenta, en un autor casi más conocido por su apariencia que por su obra. Era Artaud delgado y menudo, con un rostro inolvidable, mirada de iluminado, pómulos salientes y peinado extravagante. De joven, Anaïs Nin que se hizo amiga de él, se queda impresionada «por sus ojos de visionario, azules de languidez, negros de dolor». Por otra parte, es muy doloroso ver los retratos de sus últimos años, pues no era tan mayor cuando falleció, y aquellas fotos le muestran ya no como un anciano, sino como un enfermo cuya vida había sido una lucha a muerte por su obra, que no fue vencida ni por la neurosífilis, ni por el cáncer. Ni por la locura. 

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Un comentario

  1. Don Joserramon

    Jo, Grace, aunque no he leído ahi a tope de atento me ha encantado el artículo, que no acababa de hincar el diente. Es que recuerdo tener un libro suyo pero nunca me he decidido a dedicarle el tiempo de leerlo, ahi a tope, como se debe leer todo libro. A mí me dicen los bros que en francés (aun traducido) me gustan hasta las recetas de cocina, pero no he flanqueado las primeras páginas. Me chifla que testimonie ese desapego por los Bauhaus, algo que en mí no concurre concretamente pero sí con músicas similares, cómo cambiamos.
    Lo que sí le noto irónico es con la obra-vida, Leopoldo Maria que genio poético siempre entre enfermeras y tomando bebidas de cola y pastillas para el resfriado. Artaud ídem de lienzo. Usar el estigma de la enfermedad mental es sobrecigedoramente facilón y banal. A mí denme un Cela que iba a cuartilla por día, pero cuartilla de la familia de PD no es ninguna chorrada, o el de Crónicas Marcianas, un cuento a la semana. Cómo hubiera molado un Dylan Club 27, no me canso de reprochar. Dylan y sus voces ajenas a Robert Allan, y su talento embaucador. Y su persistencia de artesano que deja la jarra de barro para los restos. O sea, que discrepo en eso, salvo ironía.

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