
Sé que Antonin Artaud ha «visto», en el sentido en que Rimbaud y aún antes Novalis y Arnim habían hablado de «ver»… El drama es que la sociedad a la que cada vez nos honramos menos de pertenecer persiste en considerar como un crimen no expiable que un hombre haya pasado «al otro lado del espejo». En nombre de todo aquello a lo que me siento unido más que nunca, aclamo el regreso a la libertad de Antonin Artaud en un mundo donde la libertad misma está por rehacerse; más allá de todas las denegaciones prosaicas doy toda mi fe a Antonin Artaud, hombre de prodigios; saludo en Antonin Artaud la negación desesperada, heroica, de todo lo que morimos por vivir.
(André Breton)
Cuando Bauhaus publicó su cuarto elepé, Burning From the Inside, que incluía la canción «Antonin Artaud», yo ya le había leído un poco, en los libros de la editorial Fundamentos, y la idea de conjugar al grupo más estiloso, avant garde y bello con uno de mis autores preferidos era lo máximo a que podía aspirar en el mundo. Cierto que la canción estaba bien, aunque la letra era demasiado grandilocuente, demasiado para un grupo de rock. David Jay, estudiante de arte y compositor de la misma, la hizo pensando en aquella dimensión del ballet de Artaud, su experiencia con los indios tarahumaras. Pero como yo era así, siniestra, enfadada siempre y, sobre todo, muy fuera de la realidad y centrada casi exclusivamente en la dimensión cultural del mundo, era lógico que los Bauhaus y Antonin Artaud se erigieran en figuras de primer orden de la niña Grace. Ahora me ha pasado muchas veces que al volver la vista atrás, me han horrorizado determinadas cosas que he seguido en el pasado, y en el caso de Bauhaus y Antonin Artaud, pues mis preferencias por el grupo… bueno, ahora los veo simplemente como un grupo, bien, no siento aquella devoción. Pero de Artaud sigo creyendo que es un autor genial, supongo que a su/mi pesar, y a pesar de lo mal-bien que lo pasó en su vida. Y aunque sepa que Johnny Depp colecciona memorabilia suya, que ya le vale. Porque su vida fue su obra, y esto es literal. Existen casos de literatos cuya vida es crucial a la hora de entender sus obras, pero creo que hay pocos como este, porque sus poesías, el teatro, incluso las cartas más pedestres están imbricadas en sus peripecias vitales de forma total. Él era consciente de ello, y ya en sus primeros textos lo deja patente:
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Jo, Grace, aunque no he leído ahi a tope de atento me ha encantado el artículo, que no acababa de hincar el diente. Es que recuerdo tener un libro suyo pero nunca me he decidido a dedicarle el tiempo de leerlo, ahi a tope, como se debe leer todo libro. A mí me dicen los bros que en francés (aun traducido) me gustan hasta las recetas de cocina, pero no he flanqueado las primeras páginas. Me chifla que testimonie ese desapego por los Bauhaus, algo que en mí no concurre concretamente pero sí con músicas similares, cómo cambiamos.
Lo que sí le noto irónico es con la obra-vida, Leopoldo Maria que genio poético siempre entre enfermeras y tomando bebidas de cola y pastillas para el resfriado. Artaud ídem de lienzo. Usar el estigma de la enfermedad mental es sobrecigedoramente facilón y banal. A mí denme un Cela que iba a cuartilla por día, pero cuartilla de la familia de PD no es ninguna chorrada, o el de Crónicas Marcianas, un cuento a la semana. Cómo hubiera molado un Dylan Club 27, no me canso de reprochar. Dylan y sus voces ajenas a Robert Allan, y su talento embaucador. Y su persistencia de artesano que deja la jarra de barro para los restos. O sea, que discrepo en eso, salvo ironía.