
Algunos artículos hay que empezarlos con una fórmula ritual, como si uno se dispusiera a invocar poco menos que al demonio. Allá vamos: hay de todo. En casi todas las épocas se escriben novelas con más y con menos sexo, con más y con menos violencia, y como el número de títulos que se edita es astronómico, por cada diez ejemplos que ponga en una dirección se pueden encontrar otros diez que contradigan la tesis. Hay de todo y no se puede generalizar. Dicho queda, y ya asoman las pezuñas de cabra detrás del teclado. Parece que funciona.
Mi tesis, sin embargo, es que en la literatura actual hay menos sexo y más comedido que en la de las décadas anteriores más recientes. Mi experiencia, además, señala que los editores son cada vez más propensos a solicitar que se eliminen determinadas escenas o a hacerlas más «elegantes», suprimiendo alusiones genitales explícitas, pidiéndote que escribas caricias a botoncitos rosados en vez de clítoris y pezones, y otras lindezas por el estilo. Actualmente, rara vez hay que contar manos y pies en una escena para descubrir que un error de cálculo no te ha llevado a leer, o a escribir, un polvo alienígena con extremidades sobrantes, porque antes de llegar a eso te van a llamar la atención, pidiéndote que pises el freno narrativo y te centres en las miradas, en lo que piensan ellos, y sobre todo ellas, antes y durante el acto. La supresión del juicio moral en la literatura ha dejado paso a una permanente evaluación de la conciencia con que se narra, la búsqueda casi obsesiva del centro de gravedad moral de la historia y sus implicaciones sociales. O sea, su valor como propaganda o instrumento de ingeniería social. Cuando todo es concienciar, visibilizar o sensibilizar, cada serie y cada libro cuentan y no se pueden dejar cabos sueltos.
Para bien o para mal, en nuestra sociedad ya no se lleva el estilo de Pietro Aretino, el Azote de los Príncipes, ni menos aún el descarnado salvajismo del marqués de Sade, o la desternillante vulgaridad de Apollinaire en sus suculentas Las once mil vergas, con aquellos inolvidables versos:
Le cul
d’Omphale
Vaincu
s’affale—Sens-tu
mon phalle
aigu?
—Quel mâle!…Le chien
me crève!…
Quel rêve!…Tiens bien!
Hercule
l’encule.
Y no, no voy a traducirlos, por si alguien esperaba una nota al pie o algo similar.
Respecto a publicar a día de hoy una obra maestra como Lolita, de Vladimir Nabokov, mejor ni soñarlo, ¿verdad? Acaban en la cárcel el autor, el editor y hasta el fabricante de la imprenta que se atreviese a componer semejante atentado a la moral nacional seminarista, como diría Juan Manuel de Prada. Y no porque haya demasiado sexo en ella, sino porque la historia se cuenta desde el punto de vista de un depredador sexual, un puñetero delincuente de mierda. No como el tipo encantador que nos cuenta su vida en El perfume, de Patrick Süskind, por ejemplo, o en todas las novelas de psicópatas charcuteros que nos detallan sus despieces. Reconozcamos que hay una nada desdeñable dosis de hipocresía en el rasero moral con que se juzga la violencia, ya sea física o sexual. Esa hipocresía es una vieja conocida y se llama puritanismo.
Para mí, que para eso firmo el artículo, resulta indudable que en la literatura de nuestros días hay menos sexo y más comedido. La cuestión es bucear en las causas, no tan inmediatas como pueda parecer. No se trata solo de esa nueva apatía respecto al sexo que tantos estudios señalan, ni de que nuestra sociedad algorítmica se haya vuelto más digital y alejada de los paisajes húmedos (quizás por el cambio climático), sino que me da por sospechar que hay algo más.
En primer lugar, a nivel mundial y muy especialmente en nuestro país, se ha superado ya la fase en que las novelas tenían que contener una escena de sexo porque era lo que recomendaba el departamento de ventas. Ahora se exige que cada escena haga avanzar la trama de algún modo, y si la escena de sexo no es necesaria, se suprime o se sustituye por una reflexión comeflores o seudomágica, del tipo de la que encabeza estas líneas.
En segundo lugar, los lectores hoy predominantes, que imponen su gusto a través del mercado, parece que prefieren la tensión emocional a los actos físicos, lo que viene a demostrar la vieja idea de que cada cual busca en los libros lo que le falta en su vida, como en aquella batalla en la que los nobles luchaban por honor y los mercenarios por dinero: justo lo que cada bando no tenía. Según parece, lo que está de moda es el fuego lento, la mirada, la caricia y la insinuación, y el sexo real, si llega en algún momento, es una especie de anticlímax, como tirar la baraja al río para terminar la partida. Ahora, digámoslo claro, el catre se ha sustituido por el diván, y los lectores más numerosos (masculino global para no liarla) prefieren las historias que hablan de superar juntos viejos traumas, la complicidad y la escucha activa a un simple y trillado revolcón.
Y esto nos lleva casi directamente al imperio de eso que llaman mirada ética. El escritor y el editor procuran evitar el sexo porque en la sociedad actual es un campo de minas donde puede estrellarse cualquier campaña promocional. ¿El modo en que trataste las preferencias sexuales de alguno de tus personajes puede sonar homófobo o tránsfobo? La cagaste. ¿Hay algo en las relaciones sexuales de tus personajes que pueda sugerir la menor tensión racial? Ni se te ocurra. Ya se sabe que es una norma no escrita incluir relaciones interraciales, pero a ser posible entre chicos racializados y chicas blancas, pero nunca al revés, si puede evitarse, porque podría interpretarse como un rasgo de dominación, o acaso hasta neocolonialismo. ¿Hay algo en lo que escribes que pueda sonar a relación no consentida, a violencia hacia la mujer, a prácticas que puedan tenerse por humillantes o a algo que se pueda tomar por discriminatorio? Prepárate, porque estás en el mismo lugar que el que hablaba de las tetas de la Virgen María durante el franquismo. Y las tenía, oye, y hasta existe un género pictórico específico, muy católico, al respecto de las vírgenes lactantes, pero era mejor dejar de lado el tema.
En este sentido, ocurre también algo curioso: si es una autora quien escribe sobre sexo, corre menores riesgos, pero si el autor es un hombre se arriesga a que lo acusen de perpetuar estereotipos sexuales masculinos, especialmente si en el texto carnal refleja los pensamientos de él en vez de los de ella. Y no lo juzgo, pero lo constato.
Por último, volvemos al diván: el sexo representaba placer y hoy lo que se busca es el trauma, con lo que a menudo, demasiado a menudo a mi juicio, cuando hay sexo en una novela aparece para representar dolor, miedo, dominación, humillación o simple abuso. Para eso no hay trabas, advertencias ni cortapisas. La víctima puede ser obligada a todo tipo de prácticas y eso se puede, y hasta se debe, describir con la máxima crudeza, pero recalcando que se trata de una víctima y que esto le va a generar una herida emocional que luego va a ser desencadenante o hilo conductor del resto de la trama.
Y la literatura actual es así, porque nuestra sociedad actual es así, seguramente.
Sabemos de sobra que hoy todo se controla y todo se mide. Sabemos que para pronosticar una guerra se cuentan las pizzas que encargan en el Pentágono, y que el resultado de unas elecciones se puede anticipar por el número de veces que sale una palabra en las redes, o que se cuenta el número de veces que las palabras «predecible» o «impredecible» aparecen en la prensa para determinar si el estado de ánimo del momento es alcista o bajista. Esas mismas métricas se articulan cuidadosamente para determinar qué productos culturales son merecedores de una mayor inversión y cuáles pueden dejarse correr tranquilamente a su propia suerte.
No es de extrañar, por tanto, que en el mundo editorial, tan dominado por la algoritmia de los temas que deben tratarse, el tipo de personajes que deben protagonizar la trama, los escenarios más atractivos y hasta las clases sociales y grupos étnicos preferibles a otros, los editores adviertan a los autores de su «cuadra» que se contengan a la hora de escribir escenas sexuales o que las eviten directamente para minimizar el peligro.
Porque el peligro de la antorcha y el dedo acusador está ahí. Y el sexo vuelve a ser terreno pantanoso. Seguramente, porque los ordenadores no follan.






Un artículo inteligente y divertido que quizás tendría más sentido en el 2022 cuando aquel acoso puritano estaba en plena eclosión. Quiero pensar que desde entonces, viendo lo que llega desde el otro lado, haya más relax entre los editores y los propios autores. Espero que la epidemia haya pasado o que no sea tan mortífera.
Lo malo es que, tras consulrar con gente del sector, el artículo tiene aún todo el sentido del mundo. La ola se mantiene en todo lo alto, aunque con menos ínfulas. Recobnozco que he escrito con cierta dosis de exageración, tanto por motivos satíricos como por recalcar ciertos fenómenos, peor en esencia, creo que me ciño a la verdad. No estamos tan lejos de 2022. No estamos tan lejos de nuestras propias estupideces.
Ni que decir tiene que, la pornografia en las redes, ha influenciado en la «calidad» de la literatura eròtica. Como muestra, la desaparición del premio la Sonrisa Vertical. En 2004 la editorial Tusquets decidió suspender el galardón, alegando como causa la escasa calidad de las obras presentadas a concurso y la difusión del erotismo literario en otras novelas de géneros más amplios.
Yo no hablo tanto de literatura erótica como del erotismo en la literatura, formando parte del personaje y las situaciones. Tan puritano es poner el sexo en el centro de la narración como arrinconar el erotismno a los suburbios de la lietratura. No me extraña nada lo que cuentas. Creo que viene a reforzar mi tesis. Gracias.
¡Pero si eso mismo lo vengo yo diciendo desde hace mucho ya y me miran mal cuando lo oyen!
Apúntate un par de tantos a tu favor, entonces. El sexo como castigo es algo que no esperábamos los de cierta edad. ¿No te parece?
En las novelas y fuera de las novelas. La sociedad occidental se extingue. Pero como dijo el poeta “no hay que afligirse”.
follar1
Definición
Der. del lat. follis ‘fuelle’.
Conjug. c. contar.
tr. p. us. Soplar con el fuelle.
prnl. Soltar una ventosidad sin ruido.
En las casas no hay fuelles y, los chistes de pedo, caca, culo pis, cada vez hacen reir menos
follar2
Definición
Der. del lat. folium ‘hoja’.
tr. Formar o componer en hojas algo.
¿efectos de la sequía?
follar3
Definición
tr. desus. hollar.
tr. desus. Talar o destruir.
Esta acepción si que está en boga.
No sé si el argumento es correcto. Sin ir más lejos, las novelas de Sally Rooney (Gente normal, etc) son bestsellers mundiales, son leídas masivamente y cuentan con el aprecio de la crítica, se las ve como literatura «de verdad», y tienen muchísimo sexo (hetero y visto generalmente desde el punto de vista femenino, y con algunos momentos BDSM). Lo mismo podríamos decir de los libros en España de Eva Baltasar o Sara Torres (en ambos casos, sexo lésbico).
Cabe suponer que, la trilogia de Grey, es demasiado gris para hacer sombra al erotismo, con fundamento!
Como curiosidad, oi una vez a Javier Cansado, que afirmava que si hablando en castellano repites una palabras , como por ejemplo la interjección que utilitzava Barragán, nyogo nyogo, acabas pensando en sexo. Quizás, solo quizás, nos falta imaginación. Solo solo.
Como dijo Cela, no es lo mismo estar jodido que estar jodiendo! Y, en nuestros tiempos, mola más ser victima y, por tanto estar jodido.
Creo que también lo dijo Cela que, en España (este país, en la frase) se follaba mucho y bien, pero siempre los mismos. La cosa no ha cambiado, al parecer.
Don Camil , «el del Nobel», sabía mucho de lenguaje erótico (escribió un Diccionario sobre ese tema), pero en la vida era un machista homófobo. Aparte de un ex censor delator.
Lo entrevisté hace muchos años, a pie de avión, en Menorca. Le pregunté, me dio en serio, medio en broma si , como había declarado en una entrevista televisiva, nunca había hecho ciertas cosas (ir en globo y «gozar del amor de los efebos»), esto había sido por falta de oportunidades. Su reacción fue de furia, me insultó e intentó agredirme. Su mal humor no se disipó en la rueda de prensa que dio en el Ateneo de Maó, más tarde.
Se cuenta (se non é vero é ben trovato) que una vez el Emérito fue a verle de madrugada, tras una noche bien regada. Se asomó a la ventana y preguntó quién era. «Soy el «guei», dijo S. M.. Y Don Camilo contestó : «¡A tomar por retambufa, bujarrón de mierda! No conozco a ningún gay»…
No sólo en la literatura. En el cine prácticamente ha desaparecido el polvo de rigor entre los protagonistas. Cierto es que era una escena que no aportaba nada más allá de la carnaza que suponía verle los pechos a tal actriz, o el trasero a tal actor, pero que ya no hay esas escenas, es totalmente verídico. También en la sociedad el sexo parece haber perdido valor. Cuando hay «sexo» accesible en todas partes (el porno por internet, al menos), el sexo de verdad parece que pierde interés. Habría que estudiar este fenómeno, porque es una pena que el «metersaker» ya no motive tanto.
Si vas al mercado y encuentras una marca de yogur, la compras o la dejas. Si hay cincuenta, aturde, no las puedes probar todas y, quizás la que mejor se adaptaría a tus gustos, queda relegada a una estantería, por falta de nombre, promoción, el estilo den que se nos presenta.
El sexo “de verdad”, podría ser el de la estantería y, sin duda, el que más incomodaría.
Estoy de acuerdo con usted en que en «Lolita» en realidad no hay mucho sexo —y sí mucha frustración—, aunque resumir a Humbert Humbert únicamente como «un puñetero delincuente de mierda» me parece una sintetización fácil. Aunque coincido en que es un rato irritante —supongo que es esta acepción de puñetero la que usa—, me pareció, ya en una primera lectura, que el personaje debía ser leído y entendido más que por lo que afirmaba por lo que no decía; pero, claro, siempre tengo tendencia a entender cosas diferentes en mis lecturas que las que se tienen por establecidas, sin duda una forma de egocentrismo.
Las fajas de «El perfume» creían necesario aclarar que ante todo era «La historia de un asesino». Y no recuerdo que se relatara en primera persona, ni que él fuera un tipo encantador, a no ser que esta valoración sea por comparación con la sociedad y el tiempo en que le tocaba vivir.
Daré por bueno que estas menciones, a vuela pluma, son solo atrezzo en su escrito, algo destinado a —como más adelante menciona— marcar la diferencia entre el diferente tratamiento que se da a la violencia a secas y a la violencia sexual, aunque yo hubiese ido más allá y hubiese puesto de manifiesto el trato diferenciado entre la violencia institucional y la que va por libre. Definir la frontera que separa ambas daría para un ensayo que yo, desde luego, no escribiré.
Me sorprende la cantidad de libros que parece usted leer sobre el monto total para defender la opinión que da título a este divertimento. También la cercanía que dice tener hacia el gremio de editores: parece tratar con muchos, los suficientes para poder construir un grupo estadístico —además de uno de control— para que sus afirmaciones tengan valor. No escribo muchas escenas de sexo («solo si lo exige el guion») y suelo despacharlas en dos párrafos, y no trato ya con editores, pero le aseguro que si alguno de ellos me dijese de cambiar una sola línea, atendiendo a los criterios que usted menciona, lo enviaría de seguido a la mierda.
¿Por qué estoy escribiendo esto? Lo he olvidado. ¡Ah, sí! Es porque usted presenta lo que es una sensación, un pálpito, como una verdad casi absoluta. Además desliza, parece aceptar, como quien no quiere la cosa, que el fin último de la escritura es la venta y no el acto en sí de escribir. O, dándole la vuelta, que solo lo publicado ha sido escrito.
En fin, que su texto me ha resultado dulcemente irritante, lo que debería ser un contrasentido y no lo es. Ya dicen que sarna con gusto no pica.
Saludos.
PD: En https://pacodetorresapuntesdelnatural.blogspot.com/2023/12/lolita-en-hong-kong.html me extiendo más sobre el amigo Humbert Humbert, yo lo trato de medusa.
Muchas gracias, Paco.
En realidad creo que tiene razón en casi todo. Si pasó un buen rato leyéndolo, me basta, pues también yo pasé un buen rato escribiéndolo.
De todas las verdades que dice, me quedo co una: «Es porque usted presenta lo que es una sensación, un pálpito, como una verdad casi absoluta. » Tremenda verdad.
Gracias.
Rebeca Yarros, bestseller para adolescentes, dragones y demás, una castaña peero tienes sexo explícito y sin explicitar. Hasta dan clases, y sinceramente, no aporta mucho a la historia (que ya es floja de persé) salvo hojas de relleno.
Occidente está acabado y se nota en todas las áreas….