Ciencias

El fin del mundo

La nebulosa de la hélice (o NGC 7293), a unos 700 años luz de la Tierra. Foto NASA. fin del mundo
La nebulosa de la hélice (o NGC 7293), a unos 700 años luz de la Tierra. Foto: NASA.

En el año 2026 tenemos una teoría científica muy precisa de cómo va a ser el fin del mundo, pero no siempre ha sido así. Las ideas sobre este tema, lo que se venía conociendo como escatología, han sido variadas. Los mayas contaban el tiempo en ciclos. El que se cerraba el 21 de diciembre de 2012 alimentó una industria editorial y cinematográfica que sobrevivió a la decepción de la fecha, aunque en realidad ninguna inscripción maya anunciaba catástrofe alguna. Los egipcios, por su parte, atribuían a Atem la decisión de devolver lo creado a las aguas primordiales, tal como recoge el capítulo 175 del Libro de los muertos, y de quedarse a solas con Osiris bajo la forma de una serpiente. Los nórdicos describieron el Ragnarök: tres inviernos sin verano, el lobo Fenrir devorando a Odín y el gigante Surtr prendiendo fuego a todo lo demás. La teología cristiana encontró en el Apocalipsis de san Juan un decorado de jinetes, trompetas y bestias, con un juicio final y un cielo nuevo como remate.

Esta escatología, la católica, evolucionó. La doctrina tradicional se entretuvo en ordenar las llamadas postrimerías en cuatro: muerte, juicio, infierno y gloria. Al morir, cada alma comparece ante un juicio particular y va al cielo, al infierno o al purgatorio, un lugar de depuración que los concilios de Lyon (1274) y de Florencia (1439) fijaron como dogma. Al final de los tiempos llegará la parusía, la segunda venida de Cristo, con la resurrección de los cuerpos y un juicio general cuya idea canónica viene a ser la que pintó Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. La fecha de estas cosas tan terribles no se puede saber. San Agustín, que era listo, descartó leer el Apocalipsis como un calendario en La ciudad de Dios y la Iglesia, con buen criterio, mantuvo esa prudencia como línea oficial. El argumento, impecable en sus términos, es que, según el Evangelio de Marcos, nadie conoce el día ni la hora, así que fijar una fecha equivale a contradecir al texto que se pretende interpretar.

Esto no impidió que la práctica teológica fuera por otro camino. Los más inquietos, en efecto, no siempre obedecieron. Joaquín de Fiore, abad calabrés del siglo XII, dividió la historia en tres edades, la del Padre, la del Hijo y la del Espíritu, y calculó que la tercera comenzaría hacia 1260, dando a generaciones de franciscanos radicales una razón para esperar. Otro iluminado, Vicente Ferrer, un dominico valenciano, recorrió Europa a comienzos del siglo XV anunciando la proximidad del juicio final. Debía tener don de gentes porque el tipo llenaba plazas con un público que, según las crónicas, lloraba y se confesaba en masa. Histeria colectiva de libro. Con el tiempo, el centro de gravedad doctrinal se desplazó del cuándo al qué. Ratzinger, antes de ser papa, escribió en 1977 un tratado sobre la materia que todo el mundo debería leer, y Juan Pablo II se sintió obligado a explicar en 1999 que el infierno es un estado de autoexclusión de la comunión con Dios, no un recinto con llamas. Esto dejó mucho más tranquila a mucha gente.

Todas esas ideas son ocurrencias; fantasías más o menos floridas sobre el fin de los tiempos basadas en diversas enajenaciones mentales, incomprensiones varias y la conveniencia de quien se beneficia de administrar el miedo ajeno y la ignorancia de gente que lee poco. La ciencia, por el contrario, usando el método hipotético-deductivo, ha llegado a unas conclusiones que, aunque siempre son provisionales, son congruentes con las observaciones de la naturaleza que hemos realizado a lo largo de décadas y que no dependen de intereses particulares. No asumen otros procesos que los conocidos, y además se han podido validar con observaciones. Porque el caso es que tenemos varios cientos de casos documentados de muertes de sistemas solares como el nuestro.

Gracias a eso, sabemos bastante bien cuál es el guion del fin de los tiempos. Dentro de unos 5000 millones de años, el Sol agotará el hidrógeno de su núcleo. Sin esa fuente de energía, el núcleo se contraerá y se calentará. La estrella se hinchará entonces hasta convertirse en una gigante roja de un radio cercano a doscientas veces el actual. Mercurio y Venus serán sin duda engullidos, y la Tierra, según los cálculos publicados por Schröder y Smith en 2008, correrá la misma suerte, pues el rozamiento con las capas externas del Sol pesará más que el alejamiento orbital causado por su pérdida de masa. Ese será, técnicamente, el fin del mundo, pero para entonces nadie estará aquí para contarlo. La luminosidad solar aumenta cerca de un 1 % cada cien millones de años, de modo que los océanos se habrán evaporado mucho antes, en torno a los mil o mil quinientos millones de años desde hoy. Si para entonces no hemos conseguido llegar a otro sistema solar, nuestra bonita historia como especie acabará más o menos por ahí.

Digo otro sistema solar porque en el nuestro tampoco habrá mucho que hacer. En unos años más, el Sol expulsará sus capas exteriores, que formarán una nebulosa planetaria. Cuando eso suceda, dejará un núcleo del tamaño de la Tierra que se enfriará durante un tiempo superior a la edad actual del universo, es decir, más de 13 800 millones de años. Esta enana blanca tendrá una densidad increíble. Su masa rondará las seis décimas de la solar, pero comprimida en una esfera de unos 6400 kilómetros de radio, de modo que cada centímetro cúbico de materia pesará cerca de una tonelada. Una cucharadita de café equivaldría a lo que pesa un elefante africano. Los átomos no resisten esa compresión por sí solos. Lo que evita el colapso es la presión de degeneración de los electrones, consecuencia del principio de exclusión de Pauli: dos electrones no pueden ocupar el mismo estado cuántico, de manera que, al apretarlos, se ven obligados a ocupar estados de energía creciente. Esa presión no depende de la temperatura, y por eso la estrella muerta se enfría sin encogerse. Esto lo explicó en detalle Ralph Fowler ya en 1926.

Nebulosas planetarias hay muchas. En el Nuevo Catálogo General, el NGC, se cuentan un centenar largo. En el cielo de esta época podemos ver la Dumbbell, la de las pesas, un objeto celeste precioso que se puede observar incluso con un telescopio modesto. Figura como M27 en el catálogo de Messier, está en la constelación de la Zorra, a poco más de mil años luz, y fue la primera de su clase en descubrirse, en 1764. Tampoco es la única. La del anillo, en la Lira, se deja ver a finales del verano, y la de la hélice, en Acuario, es una de las más cercanas a nosotros. El nombre es un error histórico: Herschel las llamó «planetarias» porque en el ocular mostraban un disco redondeado como el de Urano. No tienen relación alguna con planetas. Pero da igual; son preciosas.

La física de todas ellas es la misma. Una estrella de la masa del Sol, en su fase de gigante roja, pierde masa de forma continua mediante un viento lento, de unos pocos kilómetros por segundo, impulsado por la presión de la radiación sobre los granos de polvo de su atmósfera. Cuando agota el combustible de la capa que la sostiene, queda expuesto el núcleo, con temperaturas que superan los 100 000 kelvin. Ese núcleo emite sobre todo en el ultravioleta, y esos fotones ionizan el gas que ha venido expulsando. Cuando los electrones se recombinan con los iones, el gas emite luz. La nebulosa brilla, por tanto, por fluorescencia, no porque refleje la luz de la estrella. El verde azulado que muestran las fotografías procede de una línea del oxígeno doblemente ionizado, a 500,7 nanómetros. En 1864, William Huggins observó esa línea en el espectro de una nebulosa, comprobó que no correspondía a ningún elemento conocido y propuso que pertenecía a uno nuevo, el nebulio (cuatro años después, siguiendo la misma idea, se descubrió el helio primero en el Sol). Ira Bowen resolvió el problema de Huggins en 1927: se trataba de oxígeno, en una transición prohibida, nada de un nuevo elemento. Lo interesante del caso es que una transición así solo se completa si el átomo tiene tiempo de emitir antes de que una colisión lo desexcite, y eso exige densidades inferiores a las del mejor vacío que se podía lograr en un laboratorio. La nebulosa es, en ese sentido, un experimento que la naturaleza hace mejor que nosotros.

La forma de una nebulosa planetaria se debe a la interacción de dos vientos. El núcleo expone una superficie caliente que se escapa a velocidades de miles de kilómetros por segundo, y esa corriente barre y comprime la envoltura que se ha formado antes. De ahí las cáscaras, los anillos y los lóbulos que se ven en las imágenes que tomamos desde la Tierra y desde el espacio. La razón por la cual muchas son bipolares, y no esféricas, es motivo de debate científico, con candidatos como las estrellas compañeras o los campos magnéticos. El espectáculo de los colores dura poco a escala cósmica. Unas decenas de miles de años, un instante en la vida de una estrella. Después el gas se diluye, la estrella central se enfría y la nebulosa desaparece.

Estas nebulosas son un adelanto del fin de los tiempos. Nos recuerdan que todo lo que una vez formó parte del sistema solar quedará reducido a una bolita de una densidad fabulosa y a capas de gas que se escaparán a velocidades inimaginables hasta mezclarse con el medio interestelar. Ese gas llevará helio, carbono y nitrógeno sintetizados en el interior del Sol. Todo lo que una vez fue, y toda información que alguna vez se generó en la Tierra, desaparecerá. Cada uno de nuestros átomos se irá por ahí, hasta formar parte de nubes futuras donde nacerán otras estrellas, igual que el Sol se formó a partir de los restos de estrellas anteriores. Visto así, el fin del mundo es nada más que un episodio de reciclaje en un universo demasiado inmenso como para tenerlo de una vez en la cabeza.

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