Arte y Letras

Un cuervo nunca viene solo

Detalle de El cuervo, de Carl Spitzweg (1808-85).
Detalle de El cuervo, de Carl Spitzweg (1808-85).

De niño escuché contar una historia en mi pueblo. Una mañana una mujer encontró un grupo de cuervos en el huerto de su casa, rodeando el cadáver de otro cuervo. Aquella escena le pareció triste y hermosa, como si estuvieran velándolo. Así que enterró al cuervo en un rincón y dejó una flor sobre la tumba. Durante las semanas siguientes aparecieron flores frente a su puerta.

Un cuervo nunca viene solo. El que murió sobre aquel huerto lo había hecho en compañía y los demás parecían profesar suficiente pesar como para que una mujer reconociera en aquella estampa un velatorio. Hay animales que vienen al mundo cargados de historias y a los cuervos les hemos construido unas cuantas. Nos gusta imaginar al cuervo como una solitaria mancha negra interrumpiendo el azul del cielo con descaro porque nos ha visto llamando destino a la mala suerte, las guerras y una mala gestión de lo que viene siendo morirse. El animal real ya tiene bastantes méritos para que acabemos colgándole un montón de símbolos, porque los córvidos vienen por naturaleza con una inteligencia inquietante y unos hábitos que nos pueden resultar perturbadores, suficiente como para que el bicho no ejerza solamente de figurante sobre una lápida. Así que nos pusimos a fabricarle una narrativa al cuervo y aparecieron cuentos sobre el origen del mundo, dioses, la muerte, la poesía, y esa costumbre que nos caracteriza como especie de ver a un animal listo y decidir que algún significado profundo habrá ahí. Le quisimos dar sentido a una criatura que ya era rara de cojones antes de convertirla en heraldo de nuestros miedos y deseos. Si un pajarraco negro nos mira desde una rama, debe de haber algo trascendente, aunque lo cierto es que estará calculando cómo podrá aprovecharse de nuestros desperdicios.

Si de verdad nos ponemos a mirar al animal, el animal nos devuelve la mirada mientras toma notita. Los cuervos parecen estar reuniendo información para cuando no estemos y puedan aprovecharse de la circunstancia, igual que se aprovechan de cualquier desecho. Los córvidos comen lo que pueden sin mucho remilgo y nosotros, que hemos levantado civilizaciones alrededor de la idea de ponerle rimbombantes nombres a una receta, les damos esa mala prensa de carroñeros por aprovechar que hemos llenado campos de batalla y lugares de ejecución con materia comestible. Menos mal nos parece que se alimenten de frutos, insectos, animalitos más pequeños, restos de basura urbana y cualquier otra cosa que no les haga jugarse mucho el culo, pero en eso no nos fijamos tanto.

Para ser precisos hay que decir que con la palabra «cuervo» llevo un rato refiriéndome también a otros pájaros de la familia. Cornejas, grajos, urracas, arrendajos y otros bichos de la misma parentela entran en todos estos mitos y símbolos, aunque decimos «cuervo» y tiramos, resumiendo bajo esta palabra a una constelación de córvidos que la imaginación humana ha ido metiendo en sus historias. Dejando la imaginación aparte, resulta que esta criatura recuerda rostros humanos, aprende de los suyos, desarrolla estrategias y fabrica y utiliza herramientas de notable complejidad, el tipo de cosas por las que un simio se coloca unas gafas de pasta y decide que es el súmmum de la creación. Y como este simio que somos necesita tener protagonismo en cualquier historia, nos fijamos en la inteligencia del córvido para meterlo en nuestras mitologías y a la vez explicarnos sus maravillas biológicas. Esta costumbre de construir relatos la tenemos con muchos otros animales, pero vamos a traer un momento al lobo porque sostiene con el cuervo una fascinante relación. Los cuervos memorizan las costumbres de caza de las manadas, se mantienen cerca para aprovechar los restos y por su parte parecen capaces de avisar a los lobos de la existencia de presas heridas o vulnerables. El lobo, como si existiera algún extraño lenguaje comprensible solo entre ellos, ejecuta lo que el cuervo no podría haber hecho por sí mismo y convierte a la presa en un montón de carne abierta para empezar el reparto entre dos oportunistas que se conocen entre ellos seguramente mejor de lo que los conocemos nosotros. Hay algo hermoso y primordial en ver a estos dos animales juntos sobre la nieve compartiendo una presa. Mucho antes de que apareciéramos nosotros a meterlos en nuestros mitos, lobos y cuervos ya se habían encontrado en el bosque y habían decidido sacarse partido.

Así que el cuervo es como es y a un animal así hay que sacarlo del bosque y meterlo en el origen del mundo. Entre los pueblos nativos americanos del noroeste del Pacífico el cuervo aparece en los relatos cuando el mundo todavía no tiene forma precisa y está sumido en una oscuridad primigenia, mientras la luz permanece guardada y oculta a buen recaudo. Cuervo libera o roba la luz según versiones que cambian con la comunidad y el narrador, a veces transformándose y colándose donde no debería, y engaña al dueño de la luz lloriqueando o aprovechándose de alguna debilidad para al fin conseguir que el sol, la luna o las estrellas salgan de su escondite. La luz ilumina al mundo contra la voluntad de sus dueños gracias a la fullería de un pájaro negro. Y es que el cuervo es, entre otras muchas cosas, un trickster, una criatura bromista y de una moral, por decirlo suavemente, distraída. Su inteligencia se parece a la de un niño buscando la manera de birlarle al poderoso aquello que guarda con mayor celo sin ningún objetivo concreto más allá de la diversión del momento. El cuervo de estos mitos nativos americanos es un cabroncete, pero sus trucos revelan la forma del mundo. El cuervo creador trae la luz como un ratero y abre el día con sus plumas llenas de noche.

El pájaro que roba la luz también puede dedicarse a otros oficios, como traer una noticia o saberes. Odín necesitaba un servicio semejante. Como padre de todos y gran dios de los Æsir, la guerra y los muertos caían dentro de sus asuntos, pero también la poesía o la magia, y por ello sufría una sed de conocimiento por la que estaba dispuesto a hacer lo que fuera, como entregar un ojo a cambio de sabiduría o colgarse durante nueve noches de Yggdrasil para arrancarle al mundo el secreto de las runas. A un dios así no le bastaba saber lo que tenía al alcance de su único ojo. Sus cuervos Huginn y Muninn, Pensamiento y Memoria, volaban sobre la tierra y regresaban a sus hombros con noticias de cuanto habían visto. Odín había sumado a los dos cuervos otros dos compañeros, Geri y Freki, sus lobos, reuniendo alrededor de sí a los mismos animales que llevaban milenios entendiéndose en los bosques infinitos. Para saber del mundo aquel dios tuerto había elegido a Pensamiento y Memoria, nombres que tienen mucho que ver con el comportamiento del cuervo. El pensamiento sobrevuela el mundo, y la memoria se queda con el rostro de quien arrojó una piedra y el de quien dejó comida. La mitología apenas tuvo que retocar al animal para ponerlo al servicio del conocimiento, bastaba con mirar un poco al animal real para ponerse a producir metafísica a cholón. Odín, que quería saberlo todo, soltaba a sus cuervos para hacer el trabajo de mirar por él y ellos le traían de vuelta un mundo más grande. 

Con tanto viaje por ese mundo, por cierto, el cuervo termina sabiendo también de la frontera mejor vigilada, que es la que separa a los vivos de los muertos. De tantas cosas que ha visto, por pura estadística de las costumbres humanas la guerra no se queda fuera, y así después de una batalla los cuervos tenían comida para una temporada y por allí aparecían, con la mala fama que les acabó trayendo aquella costumbre. ¿Qué queríamos que hicieran con los muertos que les dejábamos? Bastante habíamos puesto de nuestra parte para que el animal terminara asociado a la guerra. En los relatos irlandeses nos encontramos a la Morrígan, una divinidad que puede cambiar de aspecto y presentarse como mujer o animal según le convenga. Tan asociada a la fertilidad y al deseo sexual como a la guerra, suele aparecer en historias de batallas anunciando alguna desgracia a los que van a pelear o tomando parte ella misma. Con la Morrígan tuvo que vérselas Cú Chulainn, el gran héroe del ciclo del Úlster, que sostuvo casi solo la defensa de su tierra frente a un ejército entero. El semidiós tiene un buen puñado de gestas, pero aquí nos interesa su encuentro con la diosa, que lo amenaza y llega a combatir contra él adoptando distintas formas. La Morrígan tampoco llega sola. A su alrededor aparecen otras diosas que los relatos unas veces distinguen como sus hermanas y otras mezclan como tres caras de la misma. Una de ellas es Macha, también relacionada con la guerra y la soberanía, y la otra es Badb, cuyo nombre remite al cuervo o la corneja. Como Badb Catha, la corneja de batalla, sobrevuela los combates anunciando la muerte con sus gritos y sembrando el pánico entre los guerreros, como si no tuvieran bastante con verse con las tripas fuera. Y el cuervo sigue apareciendo en estas historias, incluso cuando llega la hora de morir del propio Cú Chulainn. Sabed que el héroe, herido de muerte, se ató a una piedra para morir de pie y que sus enemigos siguieran temiéndolo. Nadie se atrevió a acercarse hasta que un pájaro negro se posó sobre su hombro. Solo entonces supieron que sus gestas habían terminado.

No es raro que de tanto relacionarse con muertos el cuervo acabase figurando entre los psicopompos, esos seres que acompañan a las almas en el paso de la vida a la muerte, criaturas liminales que deambulan por nuestro lado de la frontera pero parecen saber cómo se cruza al otro. El color y el tono del graznido ayudaron a que le atribuyéramos ese oficio, y tampoco hacía falta ir a un cementerio para encontrárselo, pues una corneja graznando en el tejado basta para que uno se pregunte a quién habría venido a buscar. Luego el gótico metió al pájaro dentro de casa, en una habitación con libros donde un hombre lloraba a una mujer muerta. Sobre un busto lo dejó posado y el hombre se encargó de escuchar en sus graznidos lo que estaba pudriéndose en su cabeza.

En El cuervo, Poe cuenta cómo un hombre que ha perdido a la mujer que amaba recibe de noche la visita de un pájaro que se posa sobre un busto de Atenea. El animal parece haber aprendido a decir «nunca más» y de ahí no lo saques. Cualquier conversación sensata habría durado poco, pero el hombre se pone a preguntarle por lo que más le duele y sigue haciéndolo cuando ya sabe qué respuesta le espera. ¿Para qué seguirá preguntando? Algo de hacerse daño hay en esa insistencia, y al cuervo le basta con quedarse quieto y repetir lo suyo mientras el hombre acaba escuchando una sentencia dirigida expresamente a él. Veníamos de encontrar al pájaro entre los muertos y ahora lo tenemos dentro de casa, haciéndole compañía a alguien que no sabe qué hacer con la ausencia de una mujer.

El pájaro, por su parte, siguió a su bola. Basta salir de los mitos y poemas para encontrarlo al borde de un polígono industrial a las siete de la mañana buscando algo que comer. En estos territorios tan poco bucólicos también le hemos dado motivo para acompañarnos, entre restos de basura y animales atropellados en la carretera. La frontera entre naturaleza y civilización aguanta genial en las sobremesas de gente que dice «el campo» con voz de dominguero, mientras al córvido esa raya le importa una mierda. Una urraca revisando una papelera tiene bastante claro qué puede sacar de nosotros, y a fuerza de observarnos estos bichos aprenden qué contenedor merece una visita.

El cuervo simbólico puede resultar más guay, el de los antiguos dioses y el de los poemas, el bromista que liberó la luz y el que conduce a los muertos. Nos permite hablar de sabiduría o de duelo, mientras que el de la farola del barrio, mirando cómo una bolsa de basura gotea caldito sobre la acera, parece tener menos que contarnos aunque dentro de esa cabeza negra ocurren las mismas cosas que nos dieron para imaginar a los compañeros de Odín, Pensamiento y Memoria. Resuelve problemas y fabrica herramientas, aprende de los suyos y de nosotros, y recuerda durante años la cara de quien le hizo mal y de quien le hizo algún bien. El cuervo sigue ahí y devuelve la mirada desde un árbol o desde una tapia, negro contra la mañana, y acaso recuerda también el rostro de una mujer que, en un huerto de mi pueblo, enterró a uno de los suyos y dejó una flor sobre la tierra.

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