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La modernidad y su influencia en la psicopedagogía

modernidad y su influencia en la psicopedagogía Pablo Amargo
Ilustración de Pablo Amargo.

Metáforas del síntoma

El modernismo expresivo y artístico (1880-1920) se caracterizó por centrar la atención en la subjetividad y en la búsqueda de la belleza, en contraposición al realismo, que perseguía el fiel reflejo de la realidad.

Esta corriente priorizó la libertad creativa, aun a costa de la evasión de lo real. Por eso promovió el viaje a lugares exóticos o a épocas pasadas para conseguirlo. También empleó símbolos y arquetipos que reflejaran la expresión personal de la existencia. Aunque la simbología es el punto de encuentro entre lo individual y lo colectivo.

Podemos definir la modernidad como la búsqueda del verso libre y subjetivo. En este contexto, las disciplinas que estudian el comportamiento humano, como la pedagogía o la psicoterapia, adquieren una gran relevancia, ya que rescatan el significado y la fuerza del discurso psicológico y subjetivo.

Imagina que alguien de nosotros le hubiera podido decir a una persona de la Edad Media que sufrimos de ansiedad o de alguna fobia. Creo que no nos habría entendido. Quizá nos hubiera preguntado si teníamos hambre, o frío, o sueño. Pero no entendería el proceso psíquico que nos conduce a un síntoma de elaboración psíquica que no respondiera directamente a las necesidades básicas humanas.

La modernidad abrió paso a la importancia de la realidad individual. Es interesante reflexionar sobre las distintas formas que ha habido de entender el síntoma a través de la historia.

En la Grecia clásica el síntoma es entendido como un castigo sobrenatural o como una posesión demoníaca. Por tanto, es merecido y motivado por una falta que hubiera cometido la persona, o por una transgresión colectiva o por algún crimen perpetrado por los ancestros.

El cristianismo, por su parte, afinó este criterio considerando el síntoma como un castigo adecuado y acorde con la falta cometida.

En la filosofía política de Maquiavelo se introduce la idea de desorden del organismo y la necesidad de prevención y observación del comportamiento del síntoma.

Desde el idealismo, la salud es un estado utópico no alcanzable, pero al que siempre hay que tender.

El siglo XVIII inicia una concepción psíquica del síntoma, poniendo énfasis no en la dimensión física, sino en la interacción psicológica del sujeto con su realidad.

Ya en la modernidad, la filosofía de Kant introduce la idea de conexión del síntoma con los sentimientos y la influencia de la desmesura de estos en la salud.

El romanticismo ahonda en este sentido y propugna la expresión de los sentimientos como indicador de vitalidad y, sobre todo, de especificidad subjetiva. Las emociones, más que las ideas, son las que nos hacen individuales y originales. El síntoma sería entendido como deseo intenso. El legado más importante del romanticismo fue la idea de lo interesante.

Susan Sontag enumera las interpretaciones del síntoma más relevantes de la modernidad en su libro La enfermedad y sus metáforas (1996). En este sentido, afirma que la salud es expresión del carácter y el resultado de la voluntad. La curación se produce si la parte sana de la voluntad es capaz de doblegar a la otra parte.

Actualmente, se añaden interpretaciones que hablan del síntoma como consecuencia de la represión en personas insensibles, indiferentes, inexpresivas y negadoras del propio deseo.

Por último, y desde una perspectiva sistémica, el síntoma puede ser entendido como la única respuesta adaptativa a contextos patógenos y desestructurados.

Así, el origen del síntoma a lo largo de la historia se ha atribuido a desequilibrios humorales, desórdenes fisiológicos y bioquímicos, al alejamiento voluntario de la razón y la ruptura del pacto social, a disfunciones cerebrales y a mecanismos fallidos de adaptación social.

La modernidad consolidó una interpretación del desorden psíquico como una relación inadecuada de la persona con el mundo. Y las corrientes psicoterapéuticas vigentes en la actualidad han dado una importancia relevante a la producción subjetiva del sentido de la realidad y han evolucionado sus principios de actuación en la siguiente dirección.

Principios y creencias tradicionales de las terapias de cambio personal

(O’Hanlon, W., y Davis, M. V. 1993: 37-42)

El síntoma es la punta del iceberg que simboliza el problema de fondo. Hay que descubrir las causas para poder solucionarlo.

Para que se produzca el cambio es necesario tomar conciencia o tener un insight sobre la dificultad.

Los síntomas cubren ganancias secundarias. Si se eliminan, puede haber sustitución de unos síntomas por otros.

Las personas no se curan porque oponen resistencia.

Los cambios reales requieren tiempo; las intervenciones breves son superficiales.

Hay que centrarse en identificar y corregir patologías y déficit.

Existen puntos oscuros, ocultos o reprimidos, acerca de los cuales el profesional posee algunos indicadores y hacia cuyo descubrimiento puede guiar al cliente. Conflictos relacionados con la queja actual, con la infancia irresuelta, etc.

Es imprescindible buscar una pauta universal del conflicto. La pregunta para ello es: «¿Esto que le ocurre ahora le ocurre con otras cosas?».

El cambio efectivo se basa en la evolución desde la biografía del paciente a la parametrización del caso.

Nuevas perspectivas aportadas por el modernismo

Tradicionalmente, los procesos de aprendizaje y cambio personal se han orientado a ser conscientes del problema que nos impide alcanzar el objetivo. Superar la dificultad, ser conscientes de lo que esta significa. En definitiva, orientar la atención al obstáculo que nos impide la satisfacción.

Con el modernismo se produjo un cambio importante en estas disciplinas. A partir de él, se empieza a concebir el comportamiento como un sistema vivo, compuesto de múltiples variables que interactúan entre sí. Se centra el análisis de los problemas en su manifestación presente más que en su gestación en el pasado. Se da importancia a las estrategias de la comunicación, tanto o más que a los contenidos, por lo que cobra auge el enfoque estratégico, la hipnoterapia con o sin trance, la perspectiva sistémica y gestáltica y la neurolingüística. Se recupera también la perspectiva de la filosofía práctica. Estas corrientes comparten los siguientes criterios de actuación en líneas generales:

  1. Es mejor centrarse en la solución más que en el problema, a fin de conectar a la persona con su lado más fuerte.
  2. Todo tiene carácter de percepción subjetiva. No existe la objetividad pura, escondida en forma de «verdad», que espera a sernos revelada al final de la vida. Las cosas son como las vemos.
  3. Cada uno tiene su propio mapa del mundo. Las personas no actúan directamente sobre la realidad sino sobre la percepción que tienen de ella. Si esta cambia, las vicisitudes de la vida dejan de ser angustiantes.
  4. Es más útil centrarse en el cliente y en cómo formula su consulta que en patrones diagnósticos de etiquetaje cerrado del conflicto. El lenguaje no solo describe la realidad, sino que prescribe el comportamiento en el futuro.
  5. Es preferible saber cómo se genera un problema que por qué se genera.
  6. Cada persona tiene dentro de sí las capacidades necesarias para superar sus dificultades. El terapeuta debe acompañar el proceso de búsqueda de soluciones. En consecuencia, es el cliente quien debe formular el objetivo.
  7. Cada comportamiento tiene una intención beneficiosa para el sujeto. Hay que convertir los problemas (sustantivos nominalizados) en procesos de solución (verbos de acción).
  8. No existen fracasos, solo resultados. Si lo que hace no funciona, cambie hasta conseguir el objetivo deseado. Hay que ayudar al cliente de modo que, siempre que actúe, pueda disponer de múltiples y nuevas opciones de conducta.
  9. Hay que utilizar todo el material que trae el cliente: lo que dice y lo que insinúa, su tono de voz, sus gestos y posturas, sus silencios y, en general, toda la fisiología de su pensamiento.
  10. A veces se comprenden las cosas mejor actuando primero y analizando después. El objetivo es provocar un pequeño cambio y después ampliar su área de influencia beneficiosa. El cambio hacia la mejoría es constante e inevitable.

En este sentido, existen distintas disciplinas que incorporan estos criterios en su abordaje:

La psicopedagogía breve y estratégica nos aporta herramientas para afrontar las dificultades que tiene la persona en el momento presente y se basa en la ejecución de acciones y tareas con el fin de afrontar la dificultad que la persona presenta.

La terapia sistémica nos ayuda a comprender el contexto en el que se genera la dificultad, siguiendo la idea que afirma que todo lo que falta en el texto está en el contexto.

La neurolingüística se enfoca en la mejora de la percepción sensorial que tenemos de las dificultades y en clarificar el campo imaginario de nuestro estado deseado.

La arteterapia tiene como objetivo la expresión plástica, narrativa y teatral de aquello que nos preocupa con el fin de dotar de un relato al fantasma que nos atormenta como una sensación negativa sin texto.

La psiconeuroinmunología pone en perspectiva una medicina integrativa que busca la recuperación y puesta en marcha de los recursos del paciente.

La psicogenealogía explora la influencia de nuestro árbol genealógico y de nuestro pasado en nuestro presente.

La filosofía práctica enfoca las teorías del pensamiento a responder a la pregunta: «¿Cómo podemos vivir una vida digna de ser vivida?».

En síntesis, las disciplinas que estudian el comportamiento humano y sus posibilidades de aprendizaje y mejora personal son manifestaciones de modernidad en la medida en que buscan la expresión subjetiva de la realidad por parte de los individuos y colectivos humanos.

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