
Este artículo es un adelanto de nuestra revista trimestral Jot Down #53 «Intimidad», ya disponible aquí
Necesidad
El hombre, o la mujer, entra a un bar. Son, tal vez, las cinco de la tarde de un día viernes. Falta poco para que finalice la jornada laboral y llegue el fin de semana. Afuera cae una llovizna persistente y triste. Adentro la iluminación es escasa y la melancolía del día parece habitar desde siempre. Solo un par de mesas están ocupadas.
Nuestro personaje se sienta a la barra del lugar y pide una cerveza. Está agobiado de, tal vez, un trabajo que se repite día tras día, una mala paga, una pelea inconclusa con su pareja, un par de hijos adolescentes ejerciendo su cuota de odio hacia el mundo.
A los pocos minutos otro hombre, u otra mujer, entra al bar y se sienta a su lado. Pide un café con leche.
Por un instante, cerveza y café con leche se observan y se reconocen solos, hastiados, agotados. Dos burnouts habitados de palabras que no saben dónde pronunciar.
Entonces algo se enciende en ellos. No algo nuevo, sino el recuerdo de una necesidad. Con las vistas clavadas en sus bebidas, primero uno y luego otro se contarán sus vidas completas, sus miserias, sus felicidades, sus anhelos, sus errores. Se confesarán lo inconfesable en esa sombra en medio del día que es el bar, sin juzgarse, sin responderse siquiera, sin escucharse.
Tal vez tienen una borrachera feroz de cosas atragantadas y que allí mismo van a devolverlas (un vocablo mucho más amable que «vomitarlas», aunque este último sea más preciso), porque la ocasión es la apropiada, porque el de al lado es un desconocido a quien nunca volverán a cruzar, a quien ni siquiera podrían reconocer en la calle, un día soleado. Y porque se ha abierto en esos minutos una especie de mundo alternativo, un multiverso que es pura intimidad.
Un lugar y un momento para decirlo todo.
La ironía es que, en la vida real, nuestros personajes no se sentirán más livianos ni más tranquilos ni más dichosos luego de aquel acto de desahogo sin consecuencias. No resulta aquella conversación una acción terapéutica, no alcanza para entender lo no dicho, lo inconsciente; ni para crecer, cambiar, mejorar, soltar, seguir o el verbo que cada uno precise.
Esa conversación con nadie no construye una relación, no hay adaptación ni flexibilidad ni validación. No hay escucha activa ni empatía. No hay límites ni comunicación clara ni coherencia ni flexibilidad.
No hay, en resumen, del otro lado, un terapeuta calificado para llevar hacia algún sitio válido toda esa información.
Para saber qué hacer y para qué.
Para entender cómo y qué se necesita para construir un vínculo seguro en el que pueda nacer la confianza.
Paciencia
La palabra paciencia deriva del latín patientia, que a su vez viene del verbo patī. El participio de presente de este verbo es patiens: paciente, que significa tanto sufrir como soportar como padecer.
Sufrir, soportar o padecer una enfermedad, un tratamiento, una confirmación, una autorización, una receta, una cura, una resolución, una espera.
Ser paciente para que acabe el dolor, para que se calme la mente, para cimentar una relación con alguien que puede ayudarnos a que se acabe el dolor, a que se calme la mente. Nada es instantáneo.
Ese tiempo de ser pacientes es lo que quisieron ahorrarse nuestros personajes del principio (así les irá). Y es lo que aceptó Lorena H. (respetaremos el anonimato de los pacientes) luego de atravesar por varias terapias que no llegaban a buen puerto.
«Creo que era yo la que no me permitía el tiempo necesario para conocer a mis terapeutas —dice Lorena—, siempre encontraba algo que me molestaba de ellos y me aferraba a eso para abandonar la terapia. Uno usaba un perfume que yo detestaba, otra tenía un lenguaje corporal que me producía incomodidad, otra tardaba demasiado en responder algún mensaje mío, y si no me escribía cuando le pedía cambiar un turno, por ejemplo, si no estaba para mí ahí… ¿cómo iba a estarlo en la terapia?»
Lorena no estaba aún preparada para ser paciente cuando buscó un terapeuta. Porque nadie (o casi nadie) llega al consultorio y narra su vida, se expone, demuestra vulnerabilidad. Solo con paciencia llega la confianza, esa herramienta que implica adaptación, conocimiento del otro, comodidad, empatía.
Para lograr todo ello el terapeuta, a su vez, debe hacer uso de otro vocablo que deriva del latín: sperare, tener esperanza.
El buen terapeuta debe poder esperar.
Así lo explica el psiquiatra y psicoterapeuta Irvin D. Yalom (Estados Unidos, 1931) en su obra El don de la terapia:
«Los terapeutas principiantes deben aprender que hay momentos para estar sentados en silencio, a veces en silenciosa comunión, a veces simplemente esperando que los pensamientos del paciente aparezcan bajo una forma en la que puedan ser expresados».
Será de esa paciencia y espera, de la paciencia de la espera, de donde surgirá el gesto terapéutico. Mientras el profesional aguarda, da espacio, no apura; el paciente comienza a ser reconocido como persona. No será el ser anónimo del bar con una historia para contar lo que dura su trago. Será individuo. Será una voz.
Escucha
Quizás sea lo mismo escuchar que estar.
Quizás no sea lo mismo escuchar que estar.
¿Existirá ese justo equilibrio? ¿Será eso lo que define la presencia terapéutica? ¿Alguien podrá ofrecer una respuesta o cada terapeuta con su «librito»?
Si nos detuviéramos a analizar las conversaciones cotidianas entre amigos, podríamos fácilmente identificar un patrón: cada uno quiere contar su propia historia.
Pongamos un ejemplo: A acaba de pasar por una cirugía menor y B, C y D lo visitan la tarde en que regresa a su casa del sanatorio.
Por supuesto, A contará los pormenores de su operación. Mientras lo escuchan, B, C y D estarán, sin ninguna duda, recuperando información de sus propios archivos mentales médicos, porque eso es lo que desean compartir con los amigos.
Entonces la conversación se comportará de esta manera:
A: —Cuando desperté de la anestesia…
B: —¡Me pasó lo mismo! Me acuerdo que cuando la enfermera…
C: —Ustedes son muy debiluchos. Cuando yo entré al quirófano…
D: —¿Saben cuántas cirugías tengo yo…?
Y así, cada uno intentará encontrar el momento, el hueco para rellenar con su narración.
Todos están. Todos escuchan. ¿O nadie está y nadie escucha al otro?
Así conversamos los mortales: queriendo oír nuestra propia voz al tiempo que oímos —o fingimos oír— al otro.
En terapia las cosas funcionan de otro modo. Irvin Yalom se refiere a este estar presente en la escucha como su esquema del «aquí y ahora», lo cual significa «permanecer concentrados en lo que está ocurriendo en la relación terapeuta-paciente».
Por su parte, el padre del psicoanálisis, don Freud (Austria, 1856-Reino Unido, 1939), llama a la escucha «atención flotante»: «No querer fijarse en nada en particular y prestar a todo cuanto uno escucha la misma atención parejamente flotante». Esto significa que mientras el paciente hace su asociación libre, el terapeuta lo escucha todo sin prejuicios y sin privilegiar ningún elemento del discurso.
Frente al terapeuta, Brenda G. se ríe de ese exceso de atención que a veces hasta la abruma.
«A veces pienso que hacer terapia es un acto de narcisismo, y ojo que el narcisismo no es mi problema. Pero todo es yo, yo, yo, y siento que puedo cansarla o aburrirla a mi psicóloga y hasta me pregunto si no debería preguntarle por ella, cómo está, si tuvo un buen día… Pero ya sé que me va a contestar con otra pregunta que me va a hacer volver al yo, yo, yo. Igual me hace bien tener ese espacio en el que puedo hablar de mí sin culpa, sin tener que cuidar a nadie, es un alivio».
Luego de aceptar ser paciente y de asumir la espera, que surja esta escucha atenta, este estar presente, este aquí y ahora, esta atención flotante, este yo-yo-yo, permitirá que la relación incipiente se afiance y crezca para darle lugar a la confianza.
Para que algo se abra y surja la palabra.
Verdad
Desde el Talmud, filósofos, intelectuales y también psicólogos se han apropiado de la frase que dice:
«No vemos las cosas como son, vemos las cosas como somos».
Si le damos la razón a estas palabras, la verdad absoluta no existe. Todo hecho queda teñido de la subjetividad de cada uno, de cuál es su historia, sus traumas, sus pasiones, sus experiencias y valores. Incluso, desde qué ángulo percibe aquello que quiere narrar.
¿Es la verdad la herramienta que habita el espacio terapéutico?
¿O es la autenticidad?
¿O son ambas?
En la obra Dolto para padres, del psicólogo y psicoanalista Jean-Claude Liaudet, se puede leer: «Hablar con franqueza solo es posible si se sabe escuchar». Y antes de eso: «El silencio resulta más traumatizante que las palabras, pues lo que no se expresa se vive siempre como algo malo, vergonzoso, algo que es preciso ocultar».
No haremos distinción entre terapias para niños o para adultos. Como explica el psiquiatra y psicoanalista J. D. Nasio (Argentina, 1942): «Estríctamente hablando, no deberíamos distinguir entre psicoanalista de niños y psicoanalista de adultos. ¿Por qué? Porque sea cual sea la edad del paciente que recibimos —una persona mayor o un bebé—, escucharemos siempre un niño que sufre (…). No hay más que un solo psicoanalista, aquel que trabaja con la emoción intemporal que atraviesa la vida del paciente desde la infancia hasta el momento en que está ante nosotros».
Regresemos a la pediatra y psicoanalista Dolto (Francia, 1908–1988); es Nasio, su coterapeuta durante los años de formación, quien recuerda el modo en que ella se presentaba a sus pequeños pacientes: «Yo me llamo Françoise Dolto. Soy psicoanalista y digo la verdad de la vida a los niños».
La verdad de la vida es lo que todos los que inician una terapia quisieran recibir. Ese secreto. Pero lo cierto es que la verdad que realmente se busca es la que está en uno mismo, la coincidencia entre lo que se dice y lo que se es. La llamaremos, entonces, autenticidad.
Le dejaremos la palabra al psicólogo Carl Rogers (Estados Unidos, 1902–1987), a través de su obra El proceso de convertirse en persona:
«He descubierto que cuanto más auténtico puedo ser en la relación, tanto más útil resultará esta última. Esto significa que debo tener presentes mis propios sentimientos, y no ofrecer una fachada externa, adoptando una actitud distinta de la que surge de un nivel más profundo o inconsciente. Ser auténtico implica también la voluntad de ser y expresar, a través de mis palabras y mi conducta, los diversos sentimientos y actitudes que existen en mí. (…) Solo mostrándome tal cual soy, puedo lograr que la otra persona busque exitosamente su propia autenticidad».
Para Jorge C., la terapia no se trató de ser auténtico, sino de descubrir cómo serlo. «Yo era la típica persona Zelig —dice Jorge, en referencia a una conocida película de Woody Allen en la que el personaje principal es descrito como el hombre camaleón—, sobre todo en mi adolescencia; era tanta mi necesidad de ser aceptado por los demás que podía pasar de ser un hippie pacífico por la mañana a casi un barrabrava —un hincha de fútbol violento— por la tarde, con tal de ser parte del grupo con el que estaba. Era eso o ser invisible. Me llevó muchos años de terapia descubrir, por fin, quién era yo, si es que lo descubrí».
Encuentro
Tal vez Cerveza y Café con leche, nuestros personajes del comienzo, siguen preguntándose cómo construir un vínculo seguro y útil con otro que los escuche.
Nosotros, de este lado, nos hemos ido acercando.
Paciencia, espera.
Escucha, empatía.
Verdad, autenticidad.
A esta misma pregunta —la de cómo se logra la confianza en el encuentro terapéutico—, la psicoanalista Silvia Bennuon (Argentina, 1954) la responde con literatura:
«No hay un psicoanalista.
Hay muchos. Tantos como pacientes haya.
El escuchar al otro, el deseo de un lazo para ayudar en el sufrimiento y la empatía producen un movimiento.
El paciente comienza a alojarse en ese espacio terapéutico.
Lugar único de sostén, en donde la intimidad va construyéndose entre los dos.
La presencia del analista en su función, con intervenciones, interpretaciones y construcciones
históricas de los momentos de la vida donde todavía no había palabras, hace que el analizante hable.
Pero no es cualquier hablar.
Es el poner palabras al sufrimiento, los síntomas, las pérdidas, los traumas.
Al amor y el desamor.
En ese espacio el analista, desde el lugar del otro, comienza a sentir su inconsciente que está estructurado como un lenguaje.
Así el psicoanalista ayuda y direcciona a cada uno de sus analizantes a bordear esa verdad que lo constituye, que lo hace único, singular e irrepetible como sujeto de su propio deseo».
Desencuentro
A veces, sin embargo, nada de lo relatado hasta arriba funciona, encaja, sana.
A veces no hay paciencia ni escucha ni se construye la confianza.
Este artículo no desea pecar de ingenuo: ni todas las terapias son útiles a todos, ni todos los pacientes encuentran el terapeuta indicado, ni todos los terapeutas, por el solo hecho de realizar los estudios necesarios, resultan competentes.
A veces ese contrato sin firma entre escucha y palabra se rompe.
Le sucedió a Claudia F., cuando una terapeuta sacada de quicio la echó de su sagrado consultorio psicoanalítico porque había hecho un comentario sobre la terapia cognitivo-conductual.
Le sucedió a Laura R., cuando el terapeuta, frente a la angustia por su situación económica, comenzó a darle consejos de inversión.
Le sucedió a Marco G., cuando su terapeuta, de un día a otro, le dijo que ya no tenía horarios para él. Y a Giuliana M., cuando esperó pacientemente a que su terapeuta se conectara a la sesión virtual y este no apareció una vez, dos veces…
Como dijo el pediatra, psiquiatra y psicoanalista Donald W. Winnicott (Reino Unido, 1896–1971) en sus conferencias clínicas: «La salud se basa en la experiencia repetida de ser desilusionado en dosis soportables».
Sin decepción no hay madurez emocional.
Sin haber sentido dolor sería imposible reconocer los momentos de bienestar.
Necesitamos, entonces, recapitular.
Paciencia, espera.
Escucha, empatía.
Verdad, autenticidad.
Decepción, frustración.
Y por fin caen todas las fichas, se construye el gran edificio de la relación entre el buen terapeuta y el paciente que podemos ser, y le permitimos cerrar esta nota a J. D. Nasio con una frase de su libro ¿Cómo actuar con un adolescente difícil?:
«Ser maduro es haber adquirido una nueva manera de amar al otro y de amarse a sí mismo».
Y si bien parecería que todo el tiempo estuvimos ocupándonos de la terapia, en verdad siempre hemos estado hablando de la vida.







