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Heráclito en México

heráclito y méxico
Dos mujeres y un niño se internan en las ruinas de un palacio maya en Uxmal, Yucatán, en un grabado del siglo XVIII. Imagen: Getty.

Lo mismo es vida y muerte, velar y dormir, juventud y vejez; aquellas cosas se cambian en estas y estas en aquellas.

(Heráclito, fragmento 205)

Durante más de cuarenta años, el fray Bernardino de Sahagún (1499-1590) documentó, a base de entrevistas, conversaciones y memorias, todo lo que pudo observar en la entonces llamada Nueva España. Se asentó concretamente en las regiones centrales del actual México, que habían sido recientemente descubiertas y ocupadas por la Corona de Castilla en la conquista de México-Tenochtitlan, comandada por Hernán Cortés. Llegó el fray Bernardino al Nuevo Mundo en el 1529, cuando hacía dos años que había ingresado en la orden franciscana, pero no fue hasta el año 1540 cuando empezó a relatar todo lo que se encontraba en aquellas tierras.

Todas sus crónicas, actualmente muy estudiadas por ser las primeras en utilizar el método etnográfico, revolucionario para la época, que consiste en la inmersión del antropólogo dentro de la sociedad estudiada, son una importante fuente de estudio de las culturas que habitaban en las regiones conquistadas. Recopiladas por el propio Bernardino, se convirtieron en la obra Historia general de las cosas de Nueva España, que consta de doce libros en que se relatan las fiestas, ceremonias religiosas, las características de los dioses, la lengua náhuatl y su política, así como su filosofía natural (ciencias) y las costumbres de Tenochtitlan.

De entre todos los textos, son destacables el capítulo IX hasta el XII del libro séptimo, por contener un amplio contenido filosófico. En dichos capítulos Bernardino expone la llamada «Ceremonia del Fuego Nuevo». Nos explica el franciscano que al norte de la sierra de Huixachtlan (ciudad natal del rey mexica Acamapichtli), en la vigilia de dicha ceremonia, los sacerdotes se vestían tal y como iban vestidos los dioses Quetzalcóatl (dios del universo y la creación) y Tláloc (dios de la lluvia y la fertilidad), hasta el punto de «que parecía que los mesmos dioses eran». Marchaban estos sacerdotes y un cautivo muy despacio y en silencio desde México hasta la ya mencionada sierra, donde llegaban de madrugada. Los sacerdotes iban a ser los encargados de prender la mecha para la ceremonia, y por ello, durante el camino arrastraban las herramientas que les eran necesarias e iban probándolas con tal de que no hubiera ningún error al llegar, y pudiera celebrarse la ceremonia sin problemas. Todos los asistentes vivían con gran temor dicha ceremonia, ya que, explica Bernardino, tenían la creencia de que si el fuego no conseguía encenderse, sería el fin del linaje de su pueblo, y que el sol nunca más volvería a salir, por lo que bajarían los tzizimitles, que eran unos diablillos terribles que se comerían a todos los hombres y todas las mujeres. Es por este gran miedo que sentían que todo el poblado miraba la sierra en que el sacerdote iba a encender el fuego, en silencio y aterrorizados. Una vez encendido el fuego, se hacía una gran hoguera, que servía como señal para los asistentes, que observaban a la lejanía. Cuando estos últimos veían aquella luz, se cortaban las orejas con una navaja, y cortaban las orejas de sus bebés, y bebían la sangre que de ellas salían, de modo que hacían penitencia y se hacían merecedores de los dioses; merecedores de formar parte de la creación. Los sacerdotes abrían el pecho del cautivo con una roca afilada y le sacaban las entrañas como ofrenda a los dioses, agradeciéndoles el hecho de haber permitido que el fuego se encendiera.

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Un comentario

  1. Pingback: La influencia del fuego en la filosofía precolombina y Heráclito - Hemeroteca KillBait

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