
Decía el escritor Tom Spambauer que para saberlo todo de alguien bastaba con mirar la forma de su sombra a la luz de la luna.
Más allá de los —bellísimos— arrebatos poéticos de Spambauer, es fácil imaginar que la sombra del francés Emmanuel Carrère debe tener forma de interrogante, o de jeroglífico. Seguramente ni siquiera esté pegada a su cuerpo, como si intentara abandonar a su propietario, segura de que va a meterle en problemas.
Carrère es uno de los valores literarios más seguros del mundo, un tipo en constante ebullición que escoge los sujetos de sus libros sin ningún ánimo coyuntural. De hecho, su primera obra popular, El adversario, sonó como si una orquesta entrara a todo trapo en el concierto de un cantautor: el libro sobre un asesino que en 1993 liquidó a toda su familia, no parecía a priori un firme candidato al trono en un país donde Houllebecq y Echenoz parecen llevarse todos los parabienes. Sin embargo, este señor de ojos pequeños que un día soñó con ser arponero, no necesitaba ni doscientas páginas para meterle a uno en la cabeza del demonio. La historia de Jean Claude-Romand, un hombre que durante quince años fingió ser médico cuando en realidad vagaba por los bosques o se echaba una siesta en las áreas de servicio, terminó como solo puede terminar una mentira que se perpetúa en el tiempo hasta invadirlo todo: con tragedia. Carrère, como Harry Mulisch en Sigfrido, lograba capturar la esencia del mal, ese momento en que la línea roja se muestra seductora, como si hacer lo peor no solo fuera la única opción sino que resultara insoportablemente atractiva.
El adversario fue solo la salva de aviso, el índice que te golpea rítmicamente la espalda para avisarte de que estás en medio de la autopista, a punto de ser atropellado. Carrère se convirtió en una celebridad, pero el francés no tenía veinte años, ni el ego sin domar, había nacido en 1957, escrito su primer libro en 1983 y sufrido la indiferencia del mundillo literario (excepto el francés, que ya le había vitoreado) hasta 1999, cuando publicó el relato del infierno desatado por Roman. Cierto es que en 1986 El bigote, una suerte de cuento con hombreras de Borges, sobre un tipo que decidía afeitarse su bigote y se encontraba de golpe y porrazo con que nadie le reconocía, ya dejó a unas cuantas almas oyendo sirenas, pero sin trascender más allá de los circuitos de culto.
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Grazie: un bellissimo articolo che condivido in tutto. Leggo (in francese)da molto tempo Houellebeq, Echenoz e Carrère è stata una vera folgorazione (Limonov!).
Spero che le traduzioni rendano merito a Carrère e agli altri due autori («14» de Echenoz è un piccolo capolavoro).
Gracias por este analisis bien completo de las obras de Carrère.
Si te gusto Limonov, echa un vistazo a mi site TOUT SUR LIMONOV.
Hay mucha informacion, fotos, videos, sobre el verdadero Eduard Limonov, algo diferente y aun mas increible que el «personaje» de Carrère.
El site es principalmente en francés, pero hay varias paginas en español, con bastante informacion inedita :
http://www.tout-sur-limonov.fr/
Y la primera pagina en español :
http://www.tout-sur-limonov.fr/222318806
Pingback: El hombre sin sombra (Jot Down) | Libréame
«El adversario» y «Una novela rusa» me encantaron.
Muy interesante, pero en el artículo hay rastros desafortunados del original francés: en dos ocasiones aparece «sujetos» donde debería leerse «temas».