
Un millón trescientos mil años. Piensen en ello. ¿Qué ocurrió hace un mes, dónde estuvimos hace un año, qué hicimos el día que cumplimos quince años, cómo fue nuestro primer beso…? Esa es nuestra historia personal, que ya cuesta recordar; en los libros, en las películas, en los museos, hemos aprendido otro tipo de historia, la Historia con mayúsculas, aquella de los grandes acontecimientos y las grandes fechas. Me lo recuerda mi madre, que tuvo el coraje de estudiar una carrera universitaria con sesenta años pasados; cuentas pendientes con la vida que hay que saldar, y en cada tarta de chocolate que ahora prepara para sus nietos con el amor y la ternura de siempre, me muestra su conocimiento enciclopédico de la historia.
A ver si no me equivoco, mamá: el siglo XX, de la conquista del espacio y de las grandes guerras mundiales, de la relatividad de Einstein y de la bomba atómica, de la Shoah y del gran experimento socialista… El siglo XIX, el despertar de la ciencia, los grandes imperios que empiezan a desmoronarse, la Revolución Industrial que se consolida… El siglo XVIII… la Revolución americana y la Revolución francesa, las bases del Estado moderno, la Ilustración, el XVII, el XVI, el XV… en fin… esto de contar por siglos son minucias, quinientos años… mil años, dos mil… ¡Estoy hablando de un millón trescientos mil años! Y es que si hubiesen estado conmigo y con mis amigos en la sierra de Atapuerca, como lo estuve yo el pasado mes de octubre, estarían todavía asombrados de lo que se encuentra allí.
Las culturas van y vienen en nuestro planeta. No nos damos cuenta porque en el pequeño lapso de tiempo que se nos permite vivir todo cambia más bien poco. Internet ha revolucionado el mundo y hace apenas treinta años solo había unas versiones a pedales del correo electrónico. ¿Pero qué es ese cambio cuando comparamos la España de hoy en día, con sus localismos y sus diversidades, con la Hispania del Imperio romano? Y si nos vamos más allá al Neolítico o al Paleolítico, cuando la comunicación se basaba más en feromonas y gruñidos y alguna que otra silueta plasmada dentro de una caverna para conjurar los fantasmas, la distancia parece abismal. El ajedrez lleva en nuestro planeta mil quinientos años, siglo arriba siglo abajo. Evolucionó, como todos los juegos de mesa, de las prácticas adivinatorias, de los diálogos con los dioses. El ajedrez moderno, el juego, tal como lo conocemos hoy, con las mismas reglas, incluida la de la dama enrabietada, solo quinientos años. ¿Qué es eso en el viaje en el tiempo? Nada, un instante geológico insignificante, una gota dentro de una nube pasajera que se diluye en el aire. La agonía del tiempo.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Grande, Diego. Doy fe de todo lo que cuentas. Yo también viajé en esa máquina.
Y para completar la experiencia, la visita al Museo de la Evolución en Burgos. Una delicia.
Y la mejor prueba de la evolución, comer unas judias en el Rte Los Claveles de Ibeas !! Eso si que es evolución ! El mejor final para ese viaje en el tiempo.
Acuerdo con joan!!!
¡Qué maravilla de artículo!, ¡qué joya de lugar!… que no pare la asignación de recursos a este tesoro de la humanidad y así se sigan desenterrando las evidencias de nuestra historia común que ayuden a comprendernos mejor y así hacernos más libres, más tolerantes, más felices… y menos borricos.
Una visita a este lugar con una buena amiga me dejó un recuerdo inborrable.
¡Visiten!.
Cuando la realidad virtual, los bots y la IA nos pillen, quedarán estos lugares para recordarnos como fue
http://fullde95.blogspot.com/2016/01/inceptionism-principio-o-final-de-los.html
Pingback: Para viajar en el tiempo … | Evolución y Prehistoria
Pingback: Para viajar en el tiempo hay que visitar Atapuerca