
Un irlandés baja por la escalinata del puerto de Nueva York. No le ha gustado el viaje, aunque sofoca el malestar que se ha instalado en su estómago con una reflexión recurrente: atrás queda la gris Londres, atrás queda la vieja Europa. Sus ojos ya contemplan América como al burdel más allá de la medianoche, con la sensación de ser quien nunca fuiste durante unas horas. Echa la vista atrás. La porción de agua que se despliega ante él es demasiado extensa como para no llevar a cabo su plan. Odia el mar, pero a la vez se siente tranquilo junto a él. Días más tarde, unas líneas aparecen en la gaceta Pall Mall.
Me siento decepcionado con el Sr. Wilde. Firmado: el océano Atlántico.
Él ya es consciente de que, si quiere ganar, no han de importarle las cartas. Alguien importante ha financiado su viaje por el Nuevo Mundo a cambio de ofrecer una serie de conferencias por el país. ¿Cómo no aceptar el trato sin mirar atrás? Es una oportunidad única.
Le esperaba una caminata por medio país charlando sobre pérfidas decoraciones, modas horteras y quién sabe cuántas tendencias más. Pero, claro, a nadie le importaba esto. Como casi siempre, a Oscar se le juzgaba por el continente y no por el contenido.
Los resultados no tardan en llegar. Los locales se abarrotan solo para comprobar si la lengua de oro de la que todos hablan es tan apetecible como se cuenta por ahí. Que los americanos contemplaran con ternura a un tipo capaz de convertir el verbo en algo más que una simple herramienta no es casualidad. Estaba a punto de estallar la ambiciosa expansión del país y las olas de innovación que pudieran llegar del extranjero eran estudiadas al milímetro (especialmente todo lo que oliese a diplomacia).
Así desembarcó Wilde en los Estados Unidos, con una intelectualidad minoritaria a sus pies y con un pueblo todavía ruralizado. No le resultaría difícil a un viejo zorro como él sacarle partido a la novedad. Y digo viejo zorro porque, a pesar de no haber cumplido los treinta aún, su pacto con el diablo no había funcionado y su alma envejecía a marchas forzadas, sin contar con retratos que aliviaran el desgaste al que le condenaba la única relación con la que se sintió a gusto: su relación con el pecado.
El primer alboroto llegó casi con la escalinata bajo sus pies. El fotógrafo que tomó las primeras instantáneas del escritor irlandés en América demandó a un periódico por la reproducción ilícita de las mismas. El tipo ganó el juicio instaurando el copyright fotográfico en Estados Unidos.
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Hermoso texto. Enhorabuena.
Gracias por el artículo, desconocía este episodio.
Desconocía este episodio de mi escritor favorito y la frase ««Estados Unidos es el único país que ha pasado de la barbarie a la decadencia sin civilización de por medio».» como casi todas las suyas es una genialidad.
Creo que Wilde siempre ha estado infravalorado, cuando alguien lee «sólo los superficiales se conocen a si mismos» piensa que es una frase más, a poco que la leas, lo que dice es que es realmente difícil conocernos y así hay bastantes más.
Wilde es lo mejor en la literatura que me ha pasado y muchas gracias por el artículo, es sensacional por la forma en la que está escrito y por recordar al escritor que me recuerda que el arte debe estar por encima de los juicios morales, porque estos nos quitaron a muchas obras que hubiesen quedado para la posteridad.
Bello
Genial. Me quito el sombrero
A mí, Wilde siempre me ha parecido un escritor mediocre y un acomplejado.
Intente leerlo.
Simplemente, vivió por y para el pecado el que se autodenominó «Rey de la Vida»
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Me encanta, está genial escrito.
Muy buen artículo, la prosa es un deleite.
Celebro la aguda y bien escrita crónica de un encuentro que bien pudo ser imaginado por cualquier escritor, para aderezarlo con lo que nos gusta: el espectáculo vibrante del amor prohibido y si es entre dos genios , mejor. Chapeau!
Bello relato, me ha gustado mucho. Por curiosidad y por seguir ahondando en el tema, ¿de dónde ha sacado la información? ¿O es simplemente un bello relato novelado?
Aun así, bello texto
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