
La novela American Psyco de Bret Easton Ellis, publicada por Simon&Schuster hace veinticinco años, y su adaptación cinematográfica del año 2000, dirigida por Mary Harron, se han convertido en una premonición de la gran recesión mundial que empezó con la caída de Lehman Brothers. Cuando Reagan dejaba la Casa Blanca, después de tres décadas norteamericanas gloriosas, y el comunismo caía como un castillo de naipes, apareció la novela como una premonición satírica del sueño americano en el mundo. La obra fue tan denostada que acabó siendo una fetua del estilo de vida occidental. Un libro calificado por el critico del New York Times como «Snuff the book». Más sublime que La hoguera de la vanidades de Wolfe. El libro pronto se convirtió en un icono de la literatura americana y la película en una de culto para coleccionistas.
El «fin de la historia» de Fukuyama transformó a los ejecutivos en unos yuppies triunfadores, como reflejaría más tarde y de forma extraordinaria la película como anticipo de otra crisis triunfal del optimismo ingenuo californiano de la mano de internet (la crisis puntocom). La revista Wired marcaba las tendencias en la red al mismo tiempo que Steve Jobs comercializaba su primer iPod como zenit del minimal art. Mientras tanto caía otro símbolo arquitectónico minimalista fruto de la guerra de civilizaciones: las torres gemelas.
Patrick Bateman, veintisiete años, residente del Upper West Side, casa de fin de semana en los Hampton. Graduado en Business por Harvard. Brillante. De profesión fusiones y adquisiciones. Su apartamento no tiene vistas a Central Park, pero tiene un telescopio como buen voyeur. Sus muebles reviven el pasado más moderno con sillas de Rennie Mackintosh y Mies Van de Rohe. Come en Four Season, templo de la arquitectura de Johnson y Mies. Bebe whisky con hielo. Viste trajes de Valentino, camisas de Cerruti 1881 y abrigos de lana de Armani. Busca prostitutas en limusina y le gusta montárselo con dos. Las obliga a liarse entre ellas mientras les habla de Whitney Houston y Robert Palmer. Como buen ególatra y exhibicionista le gusta grabarse. Por la mañana se pone esos videos VHS y hace mil abdominales. Utiliza mascarilla de hielo para reducir el hinchazón de sus ojos y aminorar los excesos de la noche anterior. No va al gimnasio. Le da a los anabolizantes. Utiliza exfoliantes, hidratantes y after shave sin alcohol. Colonia de YSL. Pero es maniaco-depresivo y asesino en serie. Mata a sus víctimas mujeres como «barbies desmembradas» que diría James Wolcott de Vanity Fair. También mata a los que le hacen sombra.
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No la publicó Simon and Schuster, sino Vintage: la editorial de Ellis rompió el contrato.
Me he muerto de risa con el «American Psycho» hipster, vegano y gentrificado que trabaja en su huerto urbano :-D ¿Cómo sería hoy Patrick Bateman en un país como China, con su particular versión del capitalismo?
Magnífico artículo. Enhorabuena.
Guillermo, amigo, +1. Recuerdos.
Buena visión. Pero ellos están aún ahí. Solo que son conscientes de las ventajas de no mostrarse demasiado. Pero son los mismos, igualitos. Nada de veganos y tejanos. Igualitos, pero discretos. Y siguen haciendo de las suyas.
Me ha interesado este artículo porque refleja lo que fue parte de mi vida hace década y media. Yo trabajé para una empresa que a muchos seguramente les suena gracias también a las películas recientes sobre dramas del tercer mundo. La empresa, que no voy a nombrar, hace sus negocios con diamantes y siempre con clientes con mucho poder y pocos escrúpulos. Quien tenga una idea de cómo funcionan este tipo de empresas, pues podrá imaginar que tienen a especialistas viajando de un lado a otro (eso era yo), tanto para labores de campo como para congresos donde se establecen acuerdos con representantes de otras empresas muy potentes. Yo viajé sin parar durante casi una década y tuve una vida no muy diferente a la del protagonista de la película, aunque nunca asesiné a nadie. Los hoteles que me reservaba la compañía –cuando tenía que asistir a congresos y reuniones– incluían una o dos prostitutas, muchas veces cocaína opcional dependiendo del país. Así también compran el silencio de quienes tienen mujer e hijos, aunque no fue ese mi caso por ser soltero y en el fondo me daba igual. Pero vi matar y vi morir en paises tercermundistas. Vi gente que pasó por penalidades aberrantes. Pasado un tiempo me acostrumbré a ver mierda de la peor clase sin parar, a no acordarme dónde estaba cuando despertaba por la noche, a gastar dinero –pagan muy bien, eso es lo único bueno– en putas, motos y ropa de marca cuando estaba en mi país. Circunstancias de la vida me hicieron dejar el trabajo y ahora me alegro. Estoy en una empresa «normal» donde no pagarán tantísimo, pero donde al menos no bebo el cóctel de decadencia trabajo-sexo-drogas-lujo-mierda. Vivo bien y a veces pago a una escort para el hotel cuando viajo, pero me la pago yo y es asunto mío. Cuando vi American Psycho, hace ya un tiempo, vi en los escrúpulos del protagonista el reflejo de mi mismo. Aún hoy me doy cuenta que siempre la llevaré dentro esa especie de maldad decadente.
El capitalismo no deja nada al azar. Lo que espontaneamente se forma para combatirlo, más pronto que tarde, pasa a sus filas, contaminado por él, listo para envenenarte. En EEUU, la cadena de supermercados Whole Foods fue creada como alternativa a las grandes cadenas establecidas que venden todo tipo de alimentos masificados y dañinos para tu salud el medioambiente. Menuda sorpresa, los dueños de Whole Foods son los mismos de Kraft foods (fabricantes de esos alimentos que WF condena), y para burla de las burlas, te llegan a cobrar 13 dólares por un manojo de espárragos.
En las inmortales palabras de Kaiser Soze «El mejor truco del diablo es hacerte creer que no existe».
«El mejor truco del diablo es hacerte creer que no existe» es una frase de BAUDELAIRE, en un poema de «Spleen de París» (1869).
Personalmente, no creo que el libro sea ni satírico ni premonitorio. El punto de vista introspectivo le da, a mi juicio, un tono perturbador. Por otra parte, no adelanta ninguna crisis. Descuartiza, eso sí, una clase social: el yupismo, la banalidad y la superficialidad de una sociedad consumista y nihilista. Y, finalmente, el libro, a partir de la página 200, apenas aporta nada nuevo.
Lo del criticar el capitalismo es de locos. A ver quién cruzaba el muro hacia un lado y quién hacia el otro. Es sencillo. Y los korenanos del sur se juegan la vida para cruzar al norte, por ej…. ay no, que es al revés en el 100% de los casos!
Bateman sí iba al gimnasio, creo. Al menos en la novela. Revisad eso
No se que tiene de «locos» criticar el capitalismo…obviamente mejor que una dictadura comunista, pero eso no quiere decir que el capitalismo sea todo de color de rosa y este libre de pecado, digo yo. Eso de «si no te gusta esto vete a Rusia» siempre me ha parecido lamentable.
«Trabajaría en Google, y trataría con respecto a su secretaria.» En el penúltimo párrafo. Imagino que es una errata… Si no, como diría Ali G:
– Respect!
«Occupy Wall Street» duró lo que dura un suspiro. Irrelevante. A años luz de las manifestaciones de finales de los sesenta y principios de los sesenta. Los «rednecks» frustrados y cabreados votan a Trump, son su mejor clientela. Se avecinan tiempos sombríos.
El inolvidable «tiburón» de Wall Street no es Gordon Grekko, sino Gordon Gekko, un nombre mucho más sugestivo, pues significa «salamanquesa».
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