
Hay obras encantadoras que nunca verán la luz. Una de ellas podría recoger las incontables y machaconas discusiones entre dos hermanos de California, lúcidos y protestones, hijos de un asalariado del baloncesto amateur, porfiando en llevar la razón con el enfermizo ahínco de Vincent y Jules en Pulp Fiction, en poner a su madre de los nervios, en tomar la delantera en la profesión que había sido el sustento del hogar y hasta en reprimir declararse a la cara un amor verdadero.
Que dos hermanos anden en casa como el perro y el gato es cosa normal. Pero al salir a ganarse el pan esta rivalidad no terminó de apagarse. Y como el éxito no se repartió por igual, uno acabó encarnando el papel de triunfador y el otro, de segundón. El primero se lo quedó Jeff y el segundo Stan, el mayor. Era como si la vida repitiera el guion familiar y siguiera consintiendo todos los favores al pequeño, astuto, ácido y molesto como una mosca, consumiendo a Stan mucha energía por esquivar la punzante de su hermano, que se le adelantaba en todo.
Fue en octavo grado durante una liguilla de verano cuando Jeff se incorporó por primera vez al equipo en el que jugaba su hermano mayor. Hasta entonces nunca habían coincidido juntos en un partido. Stan era el jugador más importante del instituto, el único espacio que no conspiraba contra su estima. Y Jeff, poco más que un enclenque, malo como el demonio, al que bastaba soplar para derribarlo. Casi ni había empezado el partido cuando algo disgustó a Jeff, disparando una retahíla de reproches a su hermano sin el menor pudor, como si estuvieran en la sala de casa discutiendo por el mando. Arrepentido de haberle invitado, Stan no olvidaría jamás aquel bochorno. «¿Pero quién cojones se cree?», masculló entonces del bocazas de su hermano, inmune además a los miedos de presentarse de nuevas a un grupo de desconocidos. «Siempre —contaba Stan—, siempre mantuvo esa actitud».
Muchos años después, ya en lo alto de la cordillera profesional, esa tensión, lejos de remitir, alcanzó un punto de riesgo en la estabilidad familiar. Durante cuatro postemporadas seguidas, entre 1997 y el año 2000, Miami Heat y New York Knicks protagonizaron el duelo más feroz de la década, cuatro series que disfrazaron a los jugadores de matones y entregaron el baloncesto a las leyes del hampa. Jeff dirigía a los Knicks y Stan lo hacía a la sombra de Pat Riley en los Heat.
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In Van Gundy we trust! Hace tiempo escribimos sobre él y su trabajo en Detroit: http://www.sillonbol.com/baloncesto/usa/la-sensatez-de-stan-van-gundy
Grande.
Solamente he echado de menos alguna referencia a Tolliver (eso era predecible).
De todos los entrenadores que hay en la NBA, a mí es el que me despierta más afecto. Supongo que tendrá su parte oscura, como todos nosotros… pero me resulta muy difícil imaginármelo de otra manera que como una buena persona. El retrato mental que tengo de él (me ha gustado mucho lo de «los pulgares bajo las axilas y mirando al suelo») me transmite la idea de una especie de sabio que se considera a sí mismo espantosamente ignorante… y que, efectivamente, no para de preocuparse, de rumiar y de darle vueltas a la cabeza para intentar despejar al menos una de las cien mil incógnitas que se le deben presentar a ese cerebro de freak suyo, donde muchos solo vemos estrellas cascándose canastones o mandarinas por motivos completamente aleatorios..
Aunque igual es que el hombre es simplemente despistado y se pasa los partidos preguntándose dónde dejó las llaves de coche.
P.D:En siendo la traducción completamente precisa… yo prefiero llamarles Los Formadores de Jodidos Muros, más que «putos».
Me suena más de vieja escuela.
Vaya usted a saber porqué.
Es igualmente imposible que no le caiga a uno bien Tolliver, con sus ojos saltones, es esa admiración hacia el tipo de talento escaso que se ha labrado la carrera (y un contrato humilde, pero jugoso…) sin ser drafteado, y lo deja todo en cancha pese a sus obvias limitaciones. En este baloncesto tan siderúrgico por el que se mueve el artículo, es, de forma muy menor, un reflejo de lo que tipos como Starks fueron, todo pundonor. Quizá haga Van Gundy justicia a su pasado con un anillo para los de la MoTown, si el gigante de la mano de madera no se amotina creyéndose más grande que el entrenador…
Sí señor, un gran artículo que me ha hecho amar aún más el baloncesto.
Firmo y aplaudo todo tu redactado.
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(Bueno, vale… en realidad discrepo a nivel puramente religioso de los términos «escaso» y «menor» y añoro algún apunte a sus obvias metacualidades de orden superior… pero, por todo lo demás, considero que Tolliver debe ser refichado).
Excelente artículo.
En Detroit algunos dudan de algunos aspectos como entrenador (no consigue implicar al equipo en defensa, rotación muy rigida) pero nadie duda como presidente donde ha acertado en casi todo (cortar a Josh Smith, Morris y Bullock por una segunda ronda, Jackson por jugadores mediocres, Harris por Jennings e Ilyasova, elegir a Johnson como alero de futuro… salvo traer a Meeks y soltar gratis a Monroe todo movimientos brillantes).
Espero unos dignos playoffs y una pretemporada con algún truco marca de la casa en forma de incorporación para ser una referencia en el Este del año que viene.
In Stan We Trust!
Vaya pena leerse y contestarse uno mismo pero dos años después es necesario admitir mi error de pleno con SVG, alguna duda expresaba ya como entrenador pero su legado como presidente es aún peor: los trades iniciales brillantes de Harris, Morris y Jackson se han convertido en trades desastrosos como Griffin, Bradley y la renovación del tercero.
Cortar a Josh Smith un lujo de 5M que aún pagamos junto a los abominables contratos de Leuer y Galloway…
Seleccionar a Stanley antes que a Booker (y a Kennard antes que a Mitchell) son las otras perlas de un tipo que con el tiempo será juzgado aún más severamente en Detroit.