
Dos años después de alzarse con el Leopardo de Plata a la mejor dirección en el Festival de Locarno, un año y medio después de ser elegida como la mejor película de 2014 por un heterogéneo grupo de cineastas, críticos, programadores y cinéfilos de todo el mundo, y un día después de ser presentada por Víctor Erice en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, por fin se ha estrenado en los cines españoles la última obra maestra de Pedro Costa: Caballo dinero.
Caballo dinero es la culminación de veinte años de dedicación a los inmigrantes caboverdianos del barrio lisboeta de Fontainhas. Todo empezó en 1994, cuando tras el rodaje de Casa de Lava en la Ilha do Fogo, Pedro Costa volvió a Lisboa con decenas de cartas de los caboverdianos para sus familiares que habían emigrado a Fontainhas. A partir de esta actividad de cartero accidental se inició su relación con ese barrio y sus habitantes, y tras un primer intento de hacer una película más o menos convencional con algunos de ellos (Ossos), inició con En el cuarto de Vanda un camino que le ha llevado a convertirse en uno de los autores más destacados del cine contemporáneo, y acaso el más radicalmente independiente de ellos. Costa hace películas con la paciencia de un artesano, y las rueda con la austeridad y el tesón de un peón del audiovisual. No necesita más que un equipo técnico de tres personas, una cámara digital que puede comprarse en el Fnac, sus amigos caboverdianos como actores y las desgarradoras historias que estos le cuentan para construir algunas de las películas más importantes del cine reciente.
La última de ellas es Caballo dinero que, igual que su anterior largometraje, Juventud en marcha, está protagonizada por Ventura. Este jubilado caboverdiano que durante años trabajó en la construcción le cede a Costa sus recuerdos para que erija con ellos su película. Sobre todo, le cede su memoria de la Revolución de los Claveles, opuesta a la del propio cineasta: mientras Costa vivió ese 24 de abril de 1974 como una auténtica fiesta, Ventura y sus amigos lo vivieron con horror e incertidumbre, metidos en lo que recuerdan, metafóricamente o no, como una gran prisión. Caballo dinero orbita sobre este tema y muchos otros, siempre con la memoria de Ventura como guía en su particular viaje hacia el delirio. Le vemos deambular como un muerto viviente por pasillos lúgubres y túneles sombríos en busca de sí mismo y de su propio pasado, al que finalmente se enfrentará en la escena final del ascensor. Costa ha comentado en varias ocasiones que la escena del ascensor, que también apareció como cortometraje en la película colectiva Centro histórico, fue la clave estructural de la película, así que comienzo nuestra conversación telefónica preguntándole por esa estructura tan esquiva:
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Pedro Costa es un trilero como Guerin, Rosales, Lacuesta, Recha o Serra,y además es un psicópata y un pornógrafo de la miseria humana. Salvo sus dos aceptables dos primeras peliculas (Ossos, y Casa de Lava) en su filmografía yo no veo nada de cine. No hay narración, no hay interpretación, no hay empatía con sus personajes, no hay trabajo de camara…no hay nada. Se llama falta de talento. Y algo sé de cine, lo llevo viendo toda mi vida, tanto cine de autor como comercial.
Ver cine no implica saber de cine, como bien demuestra su comentario. Ver no es entender ni conocer, solo es ver. Sígalo intentando y siga viendo, quizá algún día aprecie obras así y pueda decir que sabe de cine y que no solo ve cine. Hasta entonces siga leyendo Cinemanía, Jon.
Qué no hay trabajo de cámara en Costa? Si precisamente ahí radica gran parte de su valor! No estarás confundiendo trabajo de cámara con movimientos de cámara o montaje de planos? Porque de ser así, me parece que no sabes tanto cine como crees…
PD: Yo veo cine desde que tengo uso de razón, y te puedo asegurar que hasta que no empecé a estudiarlo, no me dí cuenta que no sabía NADA
Muy buen articulo,
Un respeto a esos autores que siendo menores en la gran categoría de la cinematográfica, se atreven y consiguen llevar adelante una obra revisionista poniendo en duda ciertas fundamentaciones en la manera de hacer cine, lo cual interesante por ser sano; como lo que dicen de descalcificar la glándula pineal o lo otro de no lavarte mucho los dientes con Colgate
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Si «En el cuarto de Vanda» no es toda ella una muestra de empatía… Que es muy larga, sí, que no es para cualquier momento, sí. Pero es que si algo tiene precisamente esa película es empatía desde el principio hasta el final.
¡Gracias!