Repertorio canónico del cultureta todoterreno
Este mes: el cuadro más caro del mundo

En ocasiones, cuando arrecia esta adormidera del calor vespertino de principios de otoño y me acomodo en la tumbona del balcón, amodorrado entre las macetas para vegetar la tarde como un inoperante saltamontes sestea en el tallo de un hinojo, me da por imaginar lo que podría hacer si dispusiera de ciento cincuenta millones de dólares en mi cuenta bancaria. Sí, soy de esa clase de individuos que se pasan la vida pensando en lo que harían con esa fortuna en vez de pensar cómo conseguir ganarla. Y bueno, las respuestas son muchas y variadas. Podría comprar algo de ropa para que las chicas no saquen el bolso y me den monedas cuando intento invitarlas a ellas a una copa. Podría comprarme un coche. Uno que funcione, quiero decir, y que no me sirva sólo como trastero con ruedas con un maletero que llenar de morralla inservible. Podría fundar mi propia revista con el nombre inicial que propuse para Jot Down —me respondieron con un “la próxima vez que propongas un nombre así te echamos de la revista y llamamos a la policía”— y llenarla de artículos sobre temáticas para las que normalmente no encuentro salida aquí, como las maquetas de heavy metal que grabó Leonard Cohen en sus inicios (¿soy el único que las ha escuchado? ¿Nadie más ha disfrutado con temazos del calibre de Sensitive iron fist o Motorpoetry?) o el Diez razones por las que Pep Guardiola no podría protagonizar Harry el Sucio. En fin, cosas útiles en las que emplear el dinero.
Pero un buen día, hojeando —con hache— una de esas revistas ilegibles que descansan en la sala de espera de uno esos sitios en que deberían entretenernos dicha espera en vez de martirizarnos con revistas del corazón y catálogos de muebles, vi un listado de las diez pinturas más caras del mundo. Y entonces tuve una revelación. Cuando necesite ciento cincuenta millones de dólares, sólo he de ir a Leroy & Merlin, comprarme una buena lámina de contrachapado, algunos botes de pintura y un destornillador. Después, voy a casa, uso el destornillador para agujerear los botes por su parte inferior y dejo caer chorritos de colores sobre la madera, hasta que obtenga algo como esto:
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Pingback: Guía del (im)perfecto snob: el cuadro más caro del mundo
Sr. Lopez-Neyra,
Siento que las niñerías del pequeño Pollock le hayan interrumpido su agradable tarde en el balcón.
Si por cada vez que alguien desprecia el arte con simples frases de ¨Yo también se hacer ésto¨ o ¨Parece un dibujo de mi sobrino¨ recibiera un céntimo, ahora mismo usted estaría pujando por el cuadro al lado del señor David Martínez.
Empiezo a estar un poco cansao del ‘argumento’ (por calificarlo de una manera) de la declaración de incompetencia, y cito «Si yo fuese más inteligente que el comprador del cuadro, tendría todo ese dinero que él tiene, así que ¿quién soy yo para opinar? Si Nº5, 1948 es la pintura más cara del mundo es porque alguien que tiene más millones que yo, y por tanto más criterio, más asesores y más significación pública, así lo ha visto conveniente. Humildemente asumo mi incomprensión al respecto…». El a todas luces falaz argumento, consigue que los que estén de tu parte rían tu sutil ironía, y los que no, admiren tu tremenda insensatez (obvio a los que no tengan sentido del humor, no merecen ser personas).
Por todo lo demás, no entiendo como estos artículos se cuelan en la revista.
Miguel estoy contigo. Me pasa lo mismo con estos cuadros. A mí al menos me gusta que al tratar de apreciar una obra no me quede con la sensación de que me la hayan colado.
Además no deja de ser irónico que el proceso madurativo mental de uno tenga que encaminarse a un modelo de perfección observativa que sea capaz de valorar un cuadro lo más pueril posible. Y esto, claro, a mi me confunde creándome frustaciones contínuas que terminan por dejarme afectado neurológicamente…
Un abrazo de admiración Miguel.
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Miguel… Buenísimo artículo. Me descojono con todo lo que dices, y además lo comparto al 100%. Ni caso a Kosiesko y a Albert… Está claro que ellos no son (im)perfectos snobs.
Vosotros sois los mismo que pensáis que la única música verdadera es la que escuchaban los príncipes astrohúngaros no?.
Comparar a Caravaggio con Pollock es tal inútil (y síntoma de ceguera mental) como comparar a Mozart con Jimi Hendrix, a Imhotep con Gaudí o cualquier otra comparación sobre cuestiones relacionadas con el arte en cualquiera de sus expresiones.
El arte es atemporal y totalmente subjetivo, y si peco de «snobismo» por saber apreciar tanto a Caravaggio como a Pollock (sabiendo diferenciar siglos, influencias y esas cositas que pasáis por alto) pues entonces, tal vez los «snobs» estemos objetivamente en un escalón por encima, así que no os ofendáis cuando os miremos por encima del hombro con condescendencia.
Un saludo.