
Exhibir un trauma es a menudo una forma de decir que la vida es un convite que acaba en una guerra de dos: el mundo y yo. Una invitación no, ¡un desafío! Vencer contra vencerse. Escribir del dolor propio, entonces, es abrir la hemorragia y mostrar al otro por qué una herida de la infancia todavía sangra. Dice Édouard Louis (Hallencourt, 1992) que apenas tiene recuerdos felices de cuando era un chiquillo. No porque no viviera momentos de alegría, sino porque «el sufrimiento es totalitario: hace desaparecer todo cuanto no entre en su sistema».
Con once años, Eddy, como se llamaba antes de abandonar su identidad primigenia y cambiarse el nombre por el de Édouard, era más anciano que su madre: «Tenía arrugas en la cara porque los golpes me hacían parecer más viejo», escribe en Cómo acabar con Eddy Bellegueule, su primera novela. «Sabes, Eddy, deberías dejar de ser tan cuentista, la gente se ríe de ti a tus espaldas y yo la oigo, y además deberías ventilarte los sesos y salir con chicas», le dijo su madre a ese púber que tenía la voz de pito y andaba meneando las caderas. También su padre, borracho y maltratador como la mayoría de hombres en aquel suburbio francés, machacaba a Eddy: «En la otra cadena había un homosexual que participaba en un reality. Era un hombre extrovertido, con ropa de colores, modales femeninos y un peinado improbable en personas como mis padres. Se llama Steevy. La propia idea de que un hombre fuera al peluquero estaba mal vista. A los hombres les cortaba el pelo su mujer, no iban a la peluquería. “Huy, este pierde aceite. No me gustaría tener que agacharme si él anda cerca”. En ese preciso momento llegué yo del colegio. Mi padre se volvió hacía mí y me dijo: “¿Qué, Steevy, todo bien en el cole?”. Otra vez la imposibilidad de llorar. Sonreí y me metí corriendo en mi cuarto», escribe en este libro que funciona como autobiografía.
La literatura, en este caso, demuestra que a través de ella es posible hablar de mundos inexistentes para muchos, o también de hacer que la gente se identifique con una historia. «Cuando presentaba mi libro por todo el mundo, lo que me decía la gente era: “Es mi vida”. La literatura va más allá de la literatura. Es revolucionaria», explicaba Louis en una entrevista. ¿Puede una obra cambiar la mentalidad de una sociedad? ¿Sirve de algo manchar unas páginas en blanco con la experiencia traumática propia y hacer que el libro sangre? Clarice Lispector decía: «Ahora estoy escribiendo. He muerto. Vamos a ver si renazco de nuevo».
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Es bastante complicado si decidirse por el optimismo o pesimismo.
Por una parte los gays de 30 somos de los últimos que conocimos un atisbo de closet, algo que marca bastante y los adolescentes gay de hoy día viven, como casi toda la sociedad posmoderna, en un eterno presente donde ignoran completamente las luchas políticas y los sacrificios que se hicieron para que ellos y nosotros, los gays adultos, podamos vivir con mas libertad.
Que no se me malinterprete, vidas atormentadas por ser gays como la de Edouard Louis existen ahora mismo en muchos países con matrimonio igualitario, porque los gays no nacemos en familias gays, si no que la lotería del destino nos puede hacer nacer en la familia mas homofobica que se imagine, en cambio otras minorías discriminadas nacen en familias «de su propia especie» por así decirlo.
Si,pienso que los adolescentes gays necesitan urgentemente familiarizarse con las obras de Edouard Louis y ni que hablar de Tahia para entender la homofobia en otras partes del planeta, pero da la casualidad de que también estamos COMPLETAMENTE HARTOS de ese tipo de libros ya que refuerzan estereotipos de sufrimiento solo por ser gay.
La orientación sexual no define toda la felicidad humana (a no ser que nazcas en el cairo o la franja de gaza, lo admito).
Por eso también necesitamos ese tipo de historias bobas, romanticonas y optimistas que tanto abundan en filmografia y literatura heterosexual, con finales lindos bobos felices y románticos.
Aunque intelectualmente la mayoría de heterosexuales son lo bastante perspicaces para saber que terminan en divorcios o rutinas, les gustan ese tipo de historias porque son buenas para la autoestima, ¿y saben que? a nosotros TAMBIÉN nos gustan historias gays similares.
Recuerdo la critica que hacían personas heterosexuales sobre el corto de San Valentin de el corte ingles : «Si a todo» ,https://www.youtube.com/watch?v=jgqX3ukyiv8
donde un chico gay se enamora de otro chico gay que es sordo. Ademas de los comentarios homofobicos de siempre, decían que es idealizado, que los dos son lindos, que muy ñoño, que se juntan por sus apariencias, que son estrategias para vender etc.
Quizás si, ¿y que?, se creen que no somos capaces de enamorarnos con todo el sumum de boberias que implican? O que no nos gusta vernos reflejados en esas historias? Nos gusta tanto como a Uds.
¡Gracias!