
El caso Zozulya —el jugador ucraniano rechazado por la grada del Rayo Vallecano por sus presuntas vinculaciones con la ultraderecha de su país— ha reavivado el debate sobre fútbol y política. Para algunos es un cóctel innecesario. Para otros, son harina del mismo costal. Echando un ojo a la historia del último siglo y medio, desde que se inventó este deporte, no parece haber lugar a disputa. Desde su mismo nacimiento el fútbol se convirtió en fenómeno de masas, y por lo tanto en arma política. Un gráfico ejemplo es Latinoamérica, una entidad más o menos algodonosa que comparte el amor por el fútbol —salvo en el Caribe, adscrito al béisbol, y aun así— y también una historia inestable, con una sucesión infernal de gobiernos militares en el siglo XX, a la par que se desarrollaba el llamado deporte rey. A veces herramienta contestataria, casi siempre instrumento interesado del poder, el fútbol siempre ha sido un actor a tener en cuenta.
Tan redituable es para la política que su nombre llegó a invocarse para bautizar una guerra. Fue Ryszard Kapuściński quien tituló «La guerra del fútbol» a una crónica sobre el conflicto entre Honduras y El Salvador en 1969. En realidad él mismo explica en el texto que la causa real no fue el fútbol, sino problemas de otro calibre: una disputa demográfica y económica. Pero una eliminatoria premundialista sirvió para tensar más los ánimos y empujarse al enfrentamiento. Debía haberse llamado guerra de las Cien Horas, que es lo que duró; sin embargo, para la posteridad quedó como la guerra del Fútbol, señal de que hay algo más en ese deporte que humanos corriendo tras una pelota en un prado. Quizás un solteros contra casados, y ni siquiera. El fútbol sin contexto es como un partido sin balón, y su frontera con la política termina siendo más borrosa que el pasado de Zozulya. Estos otros cuatro episodios latinoamericanos así lo atestiguan.
1. De negros y anarquistas
Cuando los ingleses, después de dejar la pelota y el reglamento, subieron al barco y se fueron de vuelta a sus frías tierras, no sabían que con su invento deportivo acababan de aportar un elemento importante al activo laboratorio social que era la América de aquella época. En cada país, la construcción de su fútbol retrata a su sociedad. En Brasil, por ejemplo, a la élite blanca se le ocurrió aplicar sus patrones habituales y le quiso poner puertas al campo: prohibieron alinear negros. Aunque parezca increíble, hasta la década de 1920. Arthur Friedenreich fue el mayor goleador de la historia. Era nieto de alemán y brasileña, mulato de ojos verdes y pelo rizado, y para jugar escondía, a duras penas, su mezcla natural. Se cuenta que tardaba un mundo en salir al campo porque se alisaba el pelo y se ponía una redecilla en la cabeza. Su negritud disfrazada le permitió jugar en la selección de Brasil, y en 1919 un gol suyo le dio el primer título a la verde-amarela, el Sudamericano.
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Argentina no disputó ningún partido contra Alemania en el Mundial 78
Gustazo de artículo, lo he disfrutado.
¡Gracias!
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Esto solo pasaba en America Latina.
No hablemos de Franco que el no utilizaba el Futbol, es solo de republicas bananeras.
a ver esa falta de comprensión lectora, Sr. Santander. ¿Cómo se titula el artículo?
Es mirar la paja en el ojo ajeno.
Y no solo el futbol. Tambien el boxeo, la musica, y tal y tal. Pero aqui fuimos mas pasivos y condescendientes, para regocijo de la posterior monarquia.
Comienzo con un tema europeo.
«El caso Zozulya…»
Y me lo llevo al otro lado del mundo.
» en arma política. Un gráfico ejemplo es Latinoamérica…»
Si esta pagina fuera de America lo entenderia, lo que en realidad hace es mirar a otro lado.
«también una historia inestable, con una sucesión infernal de gobiernos militares en el siglo XX».
Bueno como uruguayo que soy , me lo tomo con humor. Viniendo de un medio español solo puede ser sarcasmo. Ya quisiera una dictadura de aqui haber durado lo de lo que Franco, y antes el ensayo de Primo de Rivera
¿Y qué tiene que ver una cosa con la otra? El título es: «Latinoamérica redonda: el poder del balón». Eh, Latinoamérica, dice. No Europa, no España. ¿Se tienen que comparar siempre las cosas? ¿O es simplemente que las verdades duelen más de lo que deberían?
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