
Como a las películas se entra por acción y efecto de nuestra empatía con los protagonistas, a mí La La Land terminó de atraparme cuando vi a Ryan Gosling todo mustio él, mohíno, luciendo caidita de ojos con la mirada fija en la puerta de un legendario club de jazz al que el puñetero progreso ha convertido en un «samba & tapas bar». Se me despertó ahí la conexión emocional, pues recordé entonces las tres o cuatro veces que he caído en parecido ejercicio de calculado masoquismo acercándome al Boulevard des Capucines de París para volver a comprobar que lo más visible, desde el exterior al menos, del edificio donde los hermanos Lumière presentaron al mundo el cine por primera vez es una tienda de GAP. En realidad el edificio alberga también un elegante hotel y un café cuya decoración rinde justo homenaje a los hermanos, pero poco importa: los nostálgicos perennes de épocas que nunca hemos vivido nos nutrimos en parte de falsas afrentas y elaborados autoengaños. Así que un GAP y nada más que un GAP, qué vergüenza, dónde vamos a parar y tal. Y sin embargo a nosotros, a los que nos pone lamentarnos de todo lo que de nuevo nos trae lo nuevo, La La Land nos ha jodido un poco el invento, porque ahora ya ni siquiera podemos decir eso tan fino de que ya no se hacen películas como las de antes.
Por «películas de las de antes» se entiende una categoría que engloba poco más o menos lo que a cada uno le dé la gana, evidentemente: a mí ahora, en este rato y porque sí, me parece que una de esas películas es, por ejemplo, Rojo oscuro (Profondo Rosso) de Dario Argento, porque el otro volví a verla en afortunadísima reposición en un cine de Madrid y cuando salen los créditos finales y uno no lee «The End» sino «Avete visto Profondo Rosso» («Habéis visto Rojo Oscuro») es como si la película se supiera anacrónica y apelara en esta era de la TV a la carta a un disfrute colectivo y festivo en sala oscura que los nuevos tiempos nos están robando poco a poco.
Como está todo ya bastante dicho sobre el reemplazo masivo de salas de cine por tiendas de ropa y es asunto pelín deprimente, vamos a hablar mejor de Cantando bajo la lluvia, que es cosa también bastante trillada, pero La La Land le ha regalado toda una nueva hornada de espectadores al musical por antonomasia de Gene Kelly y Stanley Donen y no está el mundo como para dejar de felicitarse por estas cosas. A mí me encanta que haya tanta gente acercándose ahora por primera vez a Cantando bajo la lluvia, porque yo la descubrí en los ochenta, siendo muy niño, treinta años después de su estreno y en anacrónico y muy publicitado pase por la televisión pública en horario de máxima audiencia (otros tiempos) y fue un poco la película por la que entré por vía supersónica en esto de la cinefilia, la verdad.
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Lo jodido de todo esto es que los que más racionalizan La La Land son los que más disfrutan con El Señor de los Anillos, Mad Max o Star Wars,
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…porque ya nadie paga por ver un tren llegando a una estación o a unos trabajadores saliendo de una fábrica…
Igual es verdad que a través de La la land la gente se está animando a descubrir Cantando bajo la lluvia. Que no se paren ahí. Anímense con Un americano en París, con Brigadoon. Terminen de echarle valor y vean Sombrero de Copa. Son pura magia.