Sociedad

El placer de odiar

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Frankenstein, 1931. Imagen: Universal Pictures.

El odio es negro y el negro combina con todo. «De todo nos cansamos, menos de poner en ridículo a los demás y vanagloriarnos de sus defectos». La frase procede de The Pleasure of Hating, el ensayo que el  inglés William Hazlitt publicó en 1826. Se trata de un delicioso alegato a favor de la figura del hater no apto para quienes se rigen por las categorías absolutas del bien y del mal; el odio como un ejercicio estético sobre el que conviene reflexionar, pues no estamos a salvo ni del propio ni del ajeno. Hazlitt venía a decir que cuando el sabueso despierta y comienza la cacería, el corazón jadea y saliva ante el retorno a sus primitivos impulsos, aquellos que escapan del contrato social que apaciguó el descontrol de los hombres. El odio produce un gozo intelectual: nos permite acurrucarnos en los brazos de la hostilidad —un principio del que el ser humano no puede desprenderse— pero sin recurrir a la violencia bruta y ordinaria. La inquina es un divertimento refinado, es la barbarie erudita. Y sí, tiene una función social: el valor de la bilis actúa como formol, nada nos conserva mejor que la misantropía. «No estás muerto cuando dejas de amar, sino de odiar», decía Emil Cioran.

A diferencia del trol, el hater es elegante: ataca a su objetivo con argumentos elocuentes, mientras que el primero se asemeja más a un matón de colegio que destroza a su presa hasta que oye el crujir de los huesos bajo sus pies. Quien odia lo hace con un contoneo grácil y seductor, su discurso es crítico y argumentado —aunque rebatible—. «No es el odio lo que amamos sino el placer de odiar, pues no odia quien quiere, sino quien tiene auténtica madera», apunta Hazlitt. Desde un punto de vista filosófico, este sentimiento podría incluso considerarse el motor que empuja a la sociedad hacia la excelencia: expuestos al escrutinio inmisericorde, tendemos a ser menos acomodadizos en un mundo en el que el animal humano tiene asegurada su supervivencia. El afán de superación y el esfuerzo son mayores si somos objeto de análisis constante. En definitiva, promovería el inconformismo intelectual y la autoexigencia, frente a la indiferencia y el tedio, que nos vuelve holgazanes. «Parecería que la naturaleza se hubiera construido de antipatías, pues sin nada que odiar, perderíamos toda gana de pensar y actuar. La vida se volvería una charca si no la turbaran los intereses que riñen, las pasiones ingobernables de los hombres», señala el ensayista inglés. Sin embargo, el pensador Javier Gomá Lanzón asegura que es el ejemplo positivo el que interpela y obliga a un sujeto a responder de su vida y de sus acciones: «Un compañero de trabajo negligente; un cuñado machista y desagradable; un vecino polémico o ruidoso; un amigo arruinado por su imprudencia: todo esto constituye un universo gratificante porque rehabilita ante los demás mi desmedrada imagen y en todo caso me dignifica por cuanto muestra una variedad de comportamientos reprochables que están ahí delante, próximos y posibles, y que yo, honesto sin alharacas, me abstengo de realizar. Las perspectivas se presentan mucho más sombrías si, por desgracia, nuestro entorno se compone de dechados de virtud: un colega que destaca en su profesión; un cuñado cariñoso y servicial; un vecino cívico que separa la basura en tres coloridas bolsas; un amigo modélico. Este otro universo nos perturba y debilita nuestra posición en el mundo. El mal ejemplo nos absuelve mientras que el bueno nos señala con el dedo». Según la teoría de Gomá Lanzón, es un ungüento para aliviar de manera rápida y fácil la sensación de frustración, pues el talento cercano deja en evidencia frente al resto: «En el odio anida un gran complejo de inferioridad camuflada. Lo difícil, lo milagroso y lo admirable no es odiar —eso lo hace todo el mundo—, sino mantener las fuentes del entusiasmo y el idealismo pese a la abrumadora negatividad de la vida y de una cultura que casi por entero conspira para que se desvanezcan las ilusiones», subraya. El goce que supone abandonarse al lado oscuro, sin embargo, no es incompatible con la perplejidad ética. Tan pronto sentimos resentimiento como arrepentimiento. A menudo nos movemos entre lo mundano y lo sublime, entre lo abyecto y lo divino, sin poder evitarlo.

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6 comentarios

  1. Oppiano Licario

    Bueno, pero acaba pasando factura. Decía Buda:

    «Aferrarse al odio es como tomar veneno y esperar que la otra persona muera.»

    Un ejemplo muy acertado.

  2. placer? si placer en todo caso sería masoquista…
    no hay nada peor qe ser un titere d la ira personal
    qe precisamente impide ser mas eficaz en la solucion

  3. Otro de los factores a estudiar es el arrepentimiento del que odia, y eso está relacionado con la religión. El modelo católico proporciona ejemplares del «soy malvado, pero solo con algunos, pero Dios me perdona», el cacique que pretende encargarse, además, de tu alma. Te destroza la vida, pero con buena intención, implacable, impasible, porque Dios está de su lado.
    Ese perdón interior le da una estabilidad en el tiempo, que le permite hacerlo durante toda su vida, con los peores actos y la mejor de las reputaciones

    • El arrepentimiento es inherente al ser humano y forma parte de su propia naturaleza, no tiene porque relacionarse con la religión. El que no tenga sentimiento de culpa o arrepentimiento después de haber actuado mal es un psicópata.

  4. El odio destruye el mundo. Antón Chejov

  5. Francisco José Muñoz

    El ensayo de HAZLITT es un excelente ejercicio en el proyecto que más nos interesa: CONOCERNOS A NOSOTROS MISMOS

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