
En el Parlamento británico es ilegal morirse. También es cierto que si aparece una ballena varada en cualquier parte de las costas de Gran Bretaña, ya sea en las tristes playas de Lancashire, Cornualles o cualquiera de los dos Sussex, ya sea en una de las islas Hébridas interiores o exteriores, la cabeza del cetáceo pertenece legalmente al rey y la cola a la reina, si se da el caso de que necesite los huesos para hacerse un corsé. Pero de la vigencia de una ley absurda no debemos inferir la falta de lógica de todas las demás, ni mucho menos menospreciar la contundencia de unas lorzas reales. Una reina de verdad necesita un corsé de dimensiones geológicas —tomemos nota nosotros, futuros súbditos de una sombra— y un diputado, bedel o visitante comme il faut no se muere en el Parlamento. Morirse está muy mal visto.
No es una ley que se le ocurriera a la ligera al Enrique VIII de turno; es una ley consuetudinaria, con siglos de tradición a sus espaldas y muy bien meditada. Muy diferente al ejemplo que se ha expuesto como contraposición, consecuencia de cierta ocasión en la que, después de beberse el contenido de varios barriles de vino de Madeira expoliados a galeones españoles, nuestro Tudor o Plantagenet se subió encima de uno de ellos levantando el dedito en actitud senatorial —una actitud que siglos después consideraríamos propia de cualquier tuitstar, pero que en aquel entonces solo estaba al alcance de los reyes y de los locos, que gracias a las maravillas de la consanguineidad en muchas ocasiones eran lo mismo— y sin apenas carraspear declaró de coña que el culo de la reina solo podría mantenerlo en la posición requerida por el protocolo normando un corsé fabricado con los restos de una ballena jorobada.
Los escribas tomaron nota, se agitaron cabezas y se dictaron órdenes apresuradas en un inglés medieval que no todos comprendían. De dependencia en dependencia se traspapelaban borradores de proyectos de ley que siempre, después de pasar por las manos de varios comités expresamente formados a tal efecto, quedaban pulidos de manera que no fueran ofensivos para ningún pariente de la familia real en primer o segundo grado. Por fin pareció razonable limitarse a ceder para tales menesteres la cola del cetáceo, mientras que al marido, que como todo buen rey era aficionado a coleccionar cabezas de animales salvajes, primos bastardos y esposas con mala suerte, se le intentó aplacar ofreciéndole la parte delantera. Grandes debates surgieron para delimitar dónde termina la cabeza de una ballena, pero ese es otro tema no menos espinoso. El monarca, mientras tanto, se regocijaba en su ingenio y campechanía mientras trataba de localizar potenciales ofensas que le facilitaran mandar un par de inquilinos a la Torre de Londres. Y de este modo, más o menos, surgían algunas leyes que formaban el corpus sagrado de la democracia anglosajona, pero no aquella que nos recuerda que la muerte es la más políticamente incorrecta de las actitudes ante la vida.
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¿Es, todo este artículo, una frase subordinada? ¿O me lo parece a mi?
Buen provecho, occidente! Alucinante prosa que me ha causado una fisura espacio temporal por tratar de asimilar las largas subordinadas. Glup. Aplausos de cualquier manera.
Pero qué te habrán hecho a ti los puntos y seguidos!