Morir por incordiar

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Fotografía: Alexander Blecher (CC).

En el Parlamento británico es ilegal morirse. También es cierto que si aparece una ballena varada en cualquier parte de las costas de Gran Bretaña, ya sea en las tristes playas de Lancashire, Cornualles o cualquiera de los dos Sussex, ya sea en una de las islas Hébridas interiores o exteriores, la cabeza del cetáceo pertenece legalmente al rey y la cola a la reina, si se da el caso de que necesite los huesos para hacerse un corsé. Pero de la vigencia de una ley absurda no debemos inferir la falta de lógica de todas las demás, ni mucho menos menospreciar la contundencia de unas lorzas reales. Una reina de verdad necesita un corsé de dimensiones geológicas —tomemos nota nosotros, futuros súbditos de una sombra— y un diputado, bedel o visitante comme il faut no se muere en el Parlamento. Morirse está muy mal visto.

No es una ley que se le ocurriera a la ligera al Enrique VIII de turno; es una ley consuetudinaria, con siglos de tradición a sus espaldas y muy bien meditada. Muy diferente al ejemplo que se ha expuesto como contraposición, consecuencia de cierta ocasión en la que, después de beberse el contenido de varios barriles de vino de Madeira expoliados a galeones españoles, nuestro Tudor o Plantagenet se subió encima de uno de ellos levantando el dedito en actitud senatorial —una actitud que siglos después consideraríamos propia de cualquier tuitstar, pero que en aquel entonces solo estaba al alcance de los reyes y de los locos, que gracias a las maravillas de la consanguineidad en muchas ocasiones eran lo mismo— y sin apenas carraspear declaró de coña que el culo de la reina solo podría mantenerlo en la posición requerida por el protocolo normando un corsé fabricado con los restos de una ballena jorobada.

Los escribas tomaron nota, se agitaron cabezas y se dictaron órdenes apresuradas en un inglés medieval que no todos comprendían. De dependencia en dependencia se traspapelaban borradores de proyectos de ley que siempre, después de pasar por las manos de varios comités expresamente formados a tal efecto, quedaban pulidos de manera que no fueran ofensivos para ningún pariente de la familia real en primer o segundo grado. Por fin pareció razonable limitarse a ceder para tales menesteres la cola del cetáceo, mientras que al marido, que como todo buen rey era aficionado a coleccionar cabezas de animales salvajes, primos bastardos y esposas con mala suerte, se le intentó aplacar ofreciéndole la parte delantera. Grandes debates surgieron para delimitar dónde termina la cabeza de una ballena, pero ese es otro tema no menos espinoso. El monarca, mientras tanto, se regocijaba en su ingenio y campechanía mientras trataba de localizar potenciales ofensas que le facilitaran mandar un par de inquilinos a la Torre de Londres. Y de este modo, más o menos, surgían algunas leyes que formaban el corpus sagrado de la democracia anglosajona, pero no aquella que nos recuerda que la muerte es la más políticamente incorrecta de las actitudes ante la vida.

«El problema de este país es que la gente ya no se muere», afirmó en cierta ocasión un farmacéutico como corolario a una disertación matinal sobre acrobacias presupuestarias y el estado de bienestar, mientras dejaba sobre el mostrador varios frascos de Stalevo y todo un arsenal de pastillas de colores. El cliente, que a esas alturas ya llevaba media vida de orfandad a cuestas, se rió porque le hizo gracia que alguien que se ganaba la vida vendiendo promesas de longevidad explicara de un modo tan preciso lo que estaba pasando en aquella época postolímpica. Y al volver a casa, después de afanarse en repetir por enésima vez los beneficios de la combinación de levodopa, carbidopa y entacapona, una lección bien aprendida en decenas de consultas de neurología, reprodujo la conversación con sus distintas variaciones de entonación para que un hombre enfermo que ya no podía bajar a la farmacia por sí mismo —que no podía ir al baño por sí mismo— tuviera una oportunidad de reír, esta vez juntos, entre temblores espasmódicos, con ganas y sin tapujos. «Vivir para los médicos; qué pesadez, qué pesadez». Pocos meses más tarde, asomado a una fosa que nadie parecía tener prisa en tapar, mientras escuchaba como ruido de fondo la descripción de las distintas técnicas de grabado en mármol y sus respectivas tarifas e intentaba ahuyentar toda una serie de remordimientos demasiado grande como para afrontarla sin tirarse de cabeza al fondo de la sepultura, le volvió a la memoria la escena y la conversación, y pudo de ese modo volver a sonreír un momento. «Has hecho bien, has hecho bien. Que se fastidien el INE y sus datos sobre la esperanza de vida».

Pero no debemos equivocarnos. En la ciudad de Las Vegas, Nevada, Estados Unidos de América, aparte de buscar la muerte por medios más o menos extravagantes, como por ejemplo asistir a una o más representaciones del musical We Will Rock You abrazado a una cohorte de prostitutas —que si no están faltas de sentido común se irán escaqueando secuencialmente según uno vaya demostrando entusiasmo por el espectáculo, y por tanto sintiendo cómo se acerca la muerte—, cualquiera puede sentarse a la mesa del Heart Attack Grill y dar el último paso asistido por una hamburguesa de diez mil calorías —el dato exacto es 9982 calorías o 41,76 megajulios—, Coca Cola mexicana y postres de alto contenido en grasas que en el mejor de los casos son de origen animal. Unas simpáticas camareras disfrazadas de enfermeras ligeras de ropa lo azotarán en caso de que los restos del plato vayan más allá de un par de hojas de lechuga, ayudándole de ese modo a sentirse inigualablemente miserable y machista a la hora de morir.

El caso es que allí de verdad muere gente, pero la actitud de la propiedad no es la que esperamos. Durante una entrevista para un canal regional, el dueño del restaurante, un hombre cuyo parecido físico con Aleister Crowley haría que cualquier demonólogo competente se derritiera de gusto elaborando toda clase de teorías y relaciones esotéricas en las que tiras de beicon frito en su propia grasa, y sin escurrir, forman una serie bien estructurada de pentáculos con un poder inimaginable, se presentó portando una urna funeraria que contenía las cenizas del último cliente que había sufrido un aneurisma mientras deglutía una de sus especialidades. Era una advertencia, dijo. La misión de su restaurante es enseñar al mundo a cuidar sus hábitos alimentarios, mostrar los riesgos, mirar a la cara al monstruo y forrarse mientras tanto (esto último no lo dijo, pero se adivinaba en el brillo de los ojos y en las lustrosas puntas de los colmillos de vampiro capitalista que asomaban por encima de sus labios exangües). Por tanto, el Heart Attack Grill es una negación de la muerte. Una farsa.

El gobierno políticamente incorrecto, el gobierno omnisciente que todos esperamos para regir nuestro destino, y que sabemos que no saldrá de ninguna asamblea ni tienda de campaña sino de las profundas simas de la gastronomía ancestral, hoy enterrada bajo toneladas de dieta mediterránea y gastrotapas, sembrará toda la geografía nacional, incluso aquellas nuevas naciones que en un vano intento de salvarse han optado por la secesión, con trasuntos del Heart Attack Grill sin un solo atisbo de impostura y adaptados a la cultura local. Hamburguesas compuestas por siete pisos de carne picada de jabalí, jalapeños y torrentes de torta del Casar rezumando por cada uno de sus niveles. Palpitantes salsas de unos chiles que todos coinciden en situar varios órdenes de magnitud por encima del límite superior de la escala de Scoville, servidas en unos botijos especialmente diseñados para aguantar esos elevados niveles de corrosión y fabricados con la mejor loza talaverana, pero de aspecto y color tan corrientes que les permiten alcanzar con éxito en numerosas ocasiones el artero propósito de pillar desprevenido al sediento. Zarajos de siete kilos, servidos entre la admiración y el aplauso de la clientela, que discute sin amargura sobre su procedencia y tratan de definir su trazabilidad, la mayoría de las veces haciendo gala de unos conocimientos geográficos sorprendentes que les lleva a las más ignotas regiones de La Bañeza. Ensaladas de callos y montaditos de pierna de cordero. Cabezas de choto a l’ast. Litros de Cruzcampo u otras bebidas aún más infames inyectadas en vena, y cartones de diez litros de Cumbres de Gredos —aunque en esta marca comercial hay quien aprecia ciertas propiedades conservantes similares a las del formol— mezclados con gaseosa de marca blanca, administrados mediante sondas nasales de última generación. Celtas cortos y otras formas de antitabaco ofrecidos como regalo con el postre, que no puede ser otra cosa sino el tradicional y casi olvidado «pijama», cuyo elemento protagonista es un bloque de tocino de cielo representando el Taj Mahal, el Camp Nou con vestuarios y todo, o cualquier calatravada u obra civil que no haya sido convenientemente amortizada por la Administración del Estado. En aquellos ambientes más reacios al avance de la libertad de elección, suele funcionar bien una reproducción a escala 2:1 del busto de Kropotkin, con la barba bien untada en nata montada. Cubatas de Gin Lirios y botellas de vodka etiquetadas en un alfabeto que está muy lejos de parecerse al cirílico…

¡Muerte! ¡Muerte! ¡Muerte!

Se reparten gorros de legionario y tricornios adornados con escarapelas confeccionadas en colores de longitudes de onda indetectables para el ojo humano; se sortean besos a una cabra y a otras mascotas más exóticas, los más afortunados son premiados con la oportunidad de aplicarlo allá donde asoma un prolapso rectal, y se bailan danzas regionales al son de canciones populares alargadas hasta alcanzar una duración sinfónica fuera de lo común que los pedantes y resabiados definen como «mahlerianas». Sobre las barras cromadas de los bares resuena la música sincopada de las máquinas tragaperras, que cumple una función impagable incitando al suicidio mediante la propagación de la ludopatía y la demencia senil. Se pegan tiros al aire, algunos de ellos haciendo gala de una notable puntería. Se descubren pechos casi licantrópicos en los que las arterias y venas palpitan de un modo extraterrestre y en los que asoman escapularios de peso desmedido y significado no siempre claro ni beatífico, aunque sí sagrado. Magia negra, exclaman algunos; magia negra, advierten esos mojigatos mientras todos los demás siguen repitiendo la consigna, totalmente fuera de sí, sin control alguno, componiendo una alegoría viviente a la espontaneidad, a la neolibertad, a la llegada del fin de los tiempos y de todo sufrimiento. Magia negra, repiten los políticamente correctos mientras todos los demás seguimos gritando y aullando, soñando y celebrando.

¡Muerte, muerte!

3 comentarios

  1. ¿Es, todo este artículo, una frase subordinada? ¿O me lo parece a mi?

  2. Buen provecho, occidente! Alucinante prosa que me ha causado una fisura espacio temporal por tratar de asimilar las largas subordinadas. Glup. Aplausos de cualquier manera.

  3. Saladino

    Pero qué te habrán hecho a ti los puntos y seguidos!

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