Sociedad

La muchachada de las FARC

Fotografía: Rodrigo Durán

008

I

¿Dónde estamos? ¿Qué es esto? Tres de la tarde. El cielo desnudo sin nubes. El sol a media marcha. Un terreno rodeado de montes que suben y bajan en comba. Verde. A lo lejos alguna que otra casa. Los árboles forman caminos y en ellos tierra seca y aplanada, llena de piedritas. El campo que suena en el viento, en sus golpes a los árboles y en las pisadas de los carros que aceleran lejos. Los insectos zumbando. Un traqueteo de flautas destempladas todo el día. Lento. Hace frío y en la casa grande los pasos son limitados. Sí, el campo es amplio, pero está prohibido recorrerlo hasta el límite. En los salones hay vigilancia, en los cuartos, en la cocina y afuera de la casa también. Dizque les iban a dar ropa, dizque les iban a dar educación, dizque iban a ver a sus familiares. Cinco pasos y la inquietud se mete en el pecho. ¡Qué aburrimiento tan verraco! De repente… la guerra. Trece excombatientes de las FARC, menores de edad, sin sus fusiles ni uniformes camuflados, se levantan del salón de clases sin ningún aviso, dejan al profesor con la lección en el tablero —sorprendido—, y caminan a otro lugar, a escuchar vallenato. No más. Se cansaron de los juegos, de los dibujos y de las peloticas de colores. Si van a enseñarles algo que sea de verdad, nada de tratarlos como niños, como «retrasados», como incapacitados. Allí está Magda, también, indignada; también tiene menos de dieciocho años y también fue guerrillera de las FARC. Está acostada; su pelo negro, largo, se extiende en el suelo; tararea el vallenato y sus labios gruesísimos reciben el aire caliente de sus pulmones. Ay, qué aburrimiento. Ella y sus compañeros se convirtieron en el primer grupo de menores de edad desvinculados por el proceso de paz con el Gobierno; ahora están en manos del Estado y este los está preparando para volver a la «vida civil», como si alguna vez se hubieran escapado de ella. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Los «pelados» se burlan de los funcionarios que se quejan de sus comportamientos:

¡Qué niños tan resabiados!

Magda nació en una vereda del departamento de Antioquia, en una casa de campesinos, en medio de las montañas; es la menor de nueve hermanos, seis hombres y tres mujeres. Desde pequeña veía a los guerrilleros de las FARC. Le daban dulces, la alzaban, le hacían cosquillas y jugaban con ella. Sus papás los saludaban y los recibían en su casa. Todos los de la vereda lo hacían. Les daban agua de panela. Les preguntaban cómo estaban las cosas. Les decían que se cuidaran. Los guerrilleros se despedían y seguían su camino hacia los alrededores, a hacer guardia y vigilar al enemigo. Que les vaya bien. Que mi Dios los bendiga. Hacían parte de la comunidad: hermanos, primos, amigos, vecinos, conocidos.

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