
Eso es lo que me pasa cuando leo los tebeos de Gerard Lauzier. Me imagino a Donato sosteniendo uno de ellos y pronunciando el título de aquel libro que anunció por televisión sobre un testimonio de relación con Dios: Fuerza para vivir. Es lo que me da a mí este historietista. Aunque detrás de aquella campaña hubiera una asociación de ultraderecha estadounidense y delante lo que nos dejó no fue más que un excelente grupo punk de Zaragoza. Pero yo solo me quedo con el eslogan, porque detrás de Lauzier había una capacidad de observación extraordinaria, fuera de lo común. Heredera quizá de la de su compatriota Honoré de Balzac, que en su Comedia humana se propuso triturar todos los egos ridículos de los que tuvo noticia en la Francia de su época con la meticulosidad de un coleccionista de insectos. Lauzier iba por los mismos derroteros solo que él lo que más cosechó fueron enemistades. No obstante, a día de hoy, repasar su trabajo es el mejor tratamiento paliativo para los pedantes y moralistas que tanto abundan.
Marsellés. Estudió Filosofía y Arquitectura sin mucho convencimiento, pero qué duda cabe de que aprendió a pensar y a dibujar. Se hizo hombre, por así decirlo, en Brasil. En el prólogo de la edición integral de Las cosas de la vida de la editorial Fulgencio Pimentel, cuenta que pronto se dio cuenta de que la vida idílica en una pequeña localidad de este país se parecía también mucho a la parisina. Al final, todo el mundo se repartía roles semejantes en la sociedad. Fue allí, sin embargo, donde empezó a dibujar seriamente viñetas para un periódico y donde adquirió su sabiduría sobre la condición humana moderna a través de la disciplina que mejor la explicaba: la publicidad. Trabajó en ese campo y muchas de sus historietas estaban protagonizadas por subiditos profesionales del ramo. Toda esta época la contó en parte en Crónicas de la isla grande, publicada en Vértigo, la edición española de la revista francesa Pilote.
Sus tebeos podrían calificarse como una mezcla de las obsesiones de Woody Allen y todo lo que critica la serie Mad Men, pero en la Francia de los setenta. No estamos hablando de un lugar cualquiera. Era un país rico en el que convivían los yuppies de la nueva Francia del Concorde y el tren de alta velocidad, con su culto por la pasta y la sofisticación, con la efervescencia ideológica de postsesentayochismo. Una izquierda que buscaba referencias comunistas fuera de la órbita soviética de Moscú, quemado y calcinado el Kremlin tras la intervención en Checoslovaquia, tales como el maoísmo y las guerrillas en los países del Tercer Mundo. A su vez se batía en retirada una burguesía tradicional y venía al mundo una generación de jóvenes a los que poco les importaba la ideología, en unos países fueron la oleada punk, en España «los pasotas», en general lo que reflejaban era la llegada de la posmodernidad.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.







Lauzier fué, para mí, uno de los grandes del comic francés. Tengo las ediciones de principios de los 80 de Grijalbo, los releo alguna vez.
Siempre pensé que sus puyas a la izquierda venían justamente desde la misma izquierda, no desde la derecha. Puede que esté equivocado, también supongo que la derecha francesa no será tan cerril y casposa como la española.
Algunas de sus historias son, sencillamente, delirantes. En Zizi y Peter…, se puede leer: «Mujeres frígidas, eyaculadores precoces, la misma lucha. » Genial.