Sociedad

España (no) necesita conocer su opinión de mierda

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¿Le ha indignado el titular? ¿Nota la bilis trepar por su garganta hasta sentir el impulso de expresar su opinión incluso antes de haber leído el texto? Tengo una mala noticia: está usted ante un cul-de-sac, un punto muerto, un callejón sin salida. Puede volver al titular o seguir leyendo, pero en cualquier caso no podrá comentar. O si lo hace sobre la pantalla, su vómito iracundo, por suerte, no me salpicará.

A veces la humanidad cabe en una sola línea. O en un párrafo, para los que gustan de extenderse. Hablo de una humanidad cerril, beligerante, primitiva. Basta con leer los comentarios de un artículo, de un post de Facebook o de un tuit. Oh, la participación. El gesto se asemeja al de abrir la nevera y descubrir con decepción que les ha crecido el moho a los únicos tomates que le quedaban para cenar. Furioso, cierra la nevera —o la página web— e ignora los lamentos de su estómago, que parece querer expresar una opinión también. A veces lo mejor es navegar por la sección de comentarios como lo haría en un crucero: sin bajar del barco, echando la cabeza hacia atrás al reírse, despreocupado sabiendo que está rodeado de criaturas que podrían devorarlo pero a las que nunca se enfrentará.

La opinión es como el árbol que se cae en medio del bosque: si no hay nadie para oírlo, el sonido no existe. Incluso en la necesidad de doblar la página de un libro, de subrayar una frase o de anotar en los márgenes hay una vocación de influir, aunque sea en uno mismo. Su objetivo es revisitar un pensamiento, mandar un mensaje a su yo del futuro. Pero no solo ocurre en las bibliotecas propias, también en las públicas. El periodista Álvaro Corazón Rural tuiteaba recientemente algunos hallazgos. «Vascos en la Antigüedad», rezaba el ladillo de un libro, a lo que un lector anónimo contestaba, bolígrafo en mano: «Nunca han existido y menos en la Antigüedad». En otro ejemplar, alguien había decidido remarcar que Manuel Azaña era un «miserable». Este estaba a lápiz, porque siempre hay gente dispuesta a llegar al consenso. Un último corregía «Lleida» señalando que se dice «Lérida». «Igual que no decimos New York o London», añadía.

En todo este fenómeno hay una necesidad de llegar a alguien. El comentarista que abunda no puede guardar su opinión para sí mismo, de lo contrario podría provocarle una úlcera. Es un desahogo, un llanto lastimero, un quejío del que tiene que hacer partícipe al resto de los mortales.

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