
Los problemas que se han visto estos días en el reality de televisión Gran Hermano han puesto de manifiesto que el machismo en la sociedad española no es un problema de casos aislados. Se hace necesario tratar de buscar soluciones que impliquen al global de la sociedad, aunque estas sean complejas. En vista del tamaño y consistencia que va adquiriendo la bola de nieve generada alrededor del episodio del posible abuso sexual dentro del programa, parece que es un buen momento para escuchar el llamamiento a la reflexión realizado por el Instituto de la Mujer en su comunicado. En este sentido, el primer párrafo del texto es impecable, mientras que los segundos, aunque formalmente correctos, parecen describir algún otro incidente o situación: aparte de resultar muy genéricos (lógico en un escueto comunicado) parecen inferir alguna intencionalidad en la promoción del maltrato. O quizá no, pero en cualquier caso resultan confusos.
Puestos a reflexionar sobre generalidades como «trato vejatorio» o «cosificación», que lo mismo puede englobar el utilizar un culo femenino para vender una colonia que una agresión física o un tocamiento, parece más interesante pasar a analizar actitudes y conductas concretas de las que se puedan sacar conclusiones útiles: en este caso alrededor de una problemática menos ambigua, como es el tema de los abusos sexuales. Este desagradable episodio presenta rasgos bastante paradigmáticos que ilustran la dificultad de prevenir, detectar y manejar un posible abuso sexual a mujeres adultas y por otro lado añade una variable de complejidad extra al tener lugar en un plató de televisión a la vista de todos. Dos caras de una moneda —los abusos y el tratamiento público que se hace de ellos— que los profesionales de la psicología solemos tratar de manera muy distinta, atendiendo los primeros y en muchas ocasiones no implicándonos suficiente en lo segundo, por aquello de un controvertido sentido de la neutralidad.
Para profundizar sobre un problema determinado es importante por un lado ceñirse a los hechos conocidos, separándolos de las atribuciones que se hacen sobre ellos. Es decir, desechar en la medida de lo posible los juicios de valor, las suposiciones sobre las motivaciones ajenas o las especulaciones subjetivas, terreno altamente resbaladizo. Por otra parte, realizar la distinción entre aquellas fuentes primarias, que son los actores directamente implicados —en este caso, Carlota, José María y el equipo del programa— y las secundarias —prensa digital y espectadores del programa— por ser la información de estas últimas indirecta y menos fiable.
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«Es procedente aquí la comparación con el caso Weinstein en los Estados Unidos: mientras en España se pone en duda la versión de Carlota, allí nadie cuestiona las declaraciones de las actrices. Se toman como ciertas hasta que se demuestre lo contrario.»
Eso es por que en España, a diferencia de en Estados Unidos, existe la presunción de inocencia. No niego los abusos en este caso, pero, ¿Y si nunca se produjeron? Y hablo en general sobre cualquier delito, no éste en concreto.
¿Cómo se limita el daño que puede producir a un presunto culpable que luego resulta inocente? Es un tema complicado. Sé que el tema de este artículo no es éste, pero me ha llamado la atención este detalle.
Recomiendo visionado de «Capturing the Friedmans» para hacerse una idea.
Saludos!