
Aquel que haya tenido la fortuna de estar frente a La balsa de la Medusa en el Museo del Louvre y no haya sentido una emoción desbordante puede, desde ya, dejar de leer este artículo.
Para pintar esa obra, una de las más icónicas del Romanticismo francés, se cuenta que Théodore Géricault recorría las morgues parisinas en busca de cuerpos humanos que le permitieran reproducir con exactitud la textura y el color de la carne en descomposición. Uno de los asilos donde el pintor iba a recoger extremidades seccionadas para sus estudios de la Medusa era el hospital de Beaujon, donde Géricault conoció a Étienne-Jean Georget. Dicen que la obsesión de Géricault por dotar de mayor dramatismo a su obra maestra le llevó a construir una réplica exacta de la barca en su estudio, e incluso a entrevistarse con los enloquecidos supervivientes del famoso naufragio.
Georget, discípulo de la escuela de Philippe Pinel y psiquiatra jefe del hospital de Salpêtrière, pensaba, como su mentor Jean Etienne Dominique Esquirol, que un trato humano a los enfermos alienados podía ayudarles a sobrellevar sus locuras y, tal vez, incluso hasta a curarles. Hasta ese momento los sanatorios funcionaban como verdaderas cárceles, encerrando a los dementes con presos comunes, tratándolos como animales, esposándolos con grilletes a la pared e inmovilizándolos con camisas de fuerza, y restringiéndoles en la mayoría de las ocasiones incluso la comida y la bebida, en lo que solían llamar «curas de hambre». Sirva como ejemplo el legendario asilo de Bethlem Royal, en Londres, donde los visitantes podían, tras el pago de un penique, insultar e incluso apalear a los lunáticos. Pinel, y luego sus discípulos, empezaron a tratar a los enfermos psiquiátricos, seguramente por vez primera, como personas, hablando con ellos, tomando notas en sus cuadernos y estudiando el progreso de la enfermedad.
Georget y sus colegas creían en el poder de la fisiognomía. Estaban firmemente convencidos de que se podían diagnosticar las enfermedades psiquiátricas tan solo observando la expresión de los rostros de los enfermos. Es por ello que Georget decide preservar las expresiones congeladas de sus maníacos para la posteridad, tal vez con fines pedagógicos, para ilustrar a sus alumnos en los entresijos de la locura y de su tratamiento.
A finales de 1821 Géricault vuelve de un año sabático en Inglaterra. Su Medusa se ha dado un verdadero baño de masas en el Egyptian Hall londinense y ya es un pintor famoso al que se admira en toda Europa. Pero Géricault está en una situación crítica. A sus veintinueve años ya ha dilapidado la herencia de su madre y los problemas económicos empiezan a ser asfixiantes. El declive de su maltrecha salud acabará con su vida tan solo dos años más tarde.
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Me ha gustado mucho este artículo.
Felicidades.
MUY BUENO!
Muy buena nota Javier, felicitaciones
¿Quién decide lo que es arte?
https://labolsaexplicadaporuntorpe.wordpress.com/2016/01/27/quien-decide-lo-que-es-arte-o-la-historia-del-burro-lolo-y-otra-historia-en-la-que-se-demuestra-como-un-mono-puede-batir-a-un-trader-de-wall-street-2/
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