
A estas alturas, no creo que vaya a revelar nada que no esté ya justamente mitificado acerca de Nápoles. De su gente. De su pasión por el fútbol. De su devoción por san Genaro. De su riqueza. De su abandono. De su pizza. De su hospitalidad. De su café. De su nobleza. De su respeto por el pasado, que «siempre fue mejor». Lo que sí es increíble es cómo todo esto se saborea en una idiosincrasia mágica, un día cualquiera. Si no fuera suficiente, esta pasión por la vida se multiplica exponencialmente y se desata al pronunciar el nombre de una leyenda que, aun repleta de pecados, inspira la mayor santidad. Diego Armando Maradona. Para todos, simplemente Diego.
Al viajar de Roma a Nápoles, los ciudadanos de la capital italiana, en realidad, están como en casa, o casi. Cierto es que Roma está en el centro de la península itálica, pero tanto para lo malo como sobre todo para lo bueno su mentalidad está más cerca del sur que del norte del país con forma de bota. Ah, y nunca mejor dicho, en la tierra del Calcio. Pero, claro, puestos a comparar, los napolitanos, a lo mejor, tienen ese plus que nadie tiene, donde está prohibido rendirse. Cuando Roma tira la toalla y pasa a la apatía más indiferente, Nápoles vive y sobrevive. Roma es el testigo de la historia. Pero Nápoles es la irrenunciable pasión por la vida.
«Ningún pueblo me ha amado tanto como los napolitanos. A mí Nápoles me lo ha dado todo». Con estas palabras, Diego Armando Maradona admitió, el pasado julio, el vínculo que le une a la ciudad partenopea, tras recibir el título de ciudadano honorario de la misma. Y es que Nápoles no es una ciudad cualquiera: es anárquica, rebelde, lista, especial y con un corazón grande. En ella se practica el caffè sospeso —el café suspendido, en italiano—, que consiste en pagar de más los espresso que se deseen, para que quien no pueda permitírselos pueda disfrutarlos. Otra dimensión.
Llegamos a Nápoles en coche, aunque conducir por esta ciudad sea casi tan imposible como en Roma. Hablo en plural porque este reportaje no hubiera existido sin el apreciado Antonello Nusca, el fotógrafo que ha creído ciegamente en que esta historia debía ser contada. Por ello nunca le estaré suficientemente agradecido. Aprovecho la ocasión para destacar la valiosa labor de aquellos fotógrafos que, con su pensamiento gráfico y narrativo, impulsan la creatividad de los redactores con los cuales comparten impresiones sobre el terreno, convirtiéndolos sin querer en reporteros. La misión conjunta, en periodismo, es siempre más que la suma de las partes. Y nuestra misión conjunta, que no heroica, es testificar si, treinta años después, Maradona sigue siendo el mesías que, jugando al fútbol, llegó a defender al pueblo de Nápoles en busca de salvación.
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Creo, después de esta cómoda lectura, y tras oír, recientemente, a un viejo conocido, futbolista argentino, hablar sobre Diego, desde ahora ya (otra vez) nunca más, volveré a entrar en discusiones sobre quien es mejor; Messi, Pelé, cualquier otro o Maradona.
Ni ganando más, igual o menos, son comparables. Son vidas distintas y como tal habrá que entenderlas y VIVVIRLAS
Pero es que las comparaciones o ranking de quién es el mejor, de qué películas son las mejores de la historia y cosas similares son tomaduras de pelo y debates absurdos que se les ocurren a los periodistas o a la gente que no tiene mucho de que escribir o pensar. Es debatir por debatir. No se puede comparar un futbolista con otro por miles de factores (épocas distintas, personalidades, etc.). Y es una cuestión totalmente subjetiva y de gustos personales. Yo tengo mis favoritos y me da igual que tu prefieras otro, ni yo te voy a convencer ni tu a mí.
No creo que sea absurdo «debatir por debatir». Más si cada uno usa libremente su tiempo, y aunque se hagas sin muchas ganes de escribir o pensar, no deja de ser, incluso, hasta sano.
Es curioso, justo ayer y a unos 10.000 o 15.000 km de Nápoles estuve en un café donde se pueden dejar pagado un café para quien lo necesite. Se llama «café pendiente».
Que esplendido reportaje. Al leerlo parece que caminaras por las calles de Napoles. Mil gracias por este aporte.
¿Y el artículo llamado “fútbol, el ballet de la clase obrera”?