
Nadie podía sospechar que en un lugar como Anchiano, un pueblo remoto —«insignificante» en palabras de Paolo Giovio— de la comarca de Vinci, a treinta kilómetros de Florencia, en el vientre templado pero vivo, muy vivo de 1452, nacería un hombre ilegítimo que cambiaría el curso de la historia del mundo con el nombre de Leonardo di Ser Piero. El mismo día, un 15 de abril, seis años antes, expiraba uno de los dos padres de la arquitectura moderna, Filippo Brunelleschi. El segundo, Leon Battista Alberti, justo el mismo año en que nacía Leonardo, terminaba en Roma la redacción del De re aedificatoria. Y el orfebre Lorenzo Ghiberti, tras veinticinco de trabajo, entregaba los diez paneles que vestirían las (así bautizadas por Miguel Ángel) «Puertas del Paraíso» del Baptisterio de Florencia.
Sirven tres escuetas anécdotas para dar paso a una batería de acontecimientos que, en un período de tan solo veinte años, marcaron el pulso cultural del siglo XV en Florencia, determinaron el futuro de Italia y condicionaron naturalmente la vida de Leonardo. Muere el humanista Carlo Marsuppini, canciller de la República. Lo había hecho antes su homólogo, Leonardo Bruni, una estrella eterna. Y al otro lado del mundo, mientras las últimas luces del Imperio romano de Oriente se apagan y Constantinopla cae en manos del ímpetu otomano, en Lodi se firma un armisticio que pone fin a la rivalidad militar entre Milán y Venecia y dibuja cuarenta años de paz entre todas las potencias. Entretanto, en la renana Maguncia, Gutenberg inventa la imprenta de tipos móviles. Digamos que, como residencia palaciega de la historia, el Renacimiento tuvo en la ciudad de Florencia una antesala premonitoria y los tapices estaban dispuestos para recibir a sus dignidades. Pero no hay luz sin penumbras. También muere el devotísimo Fra Angélico y el humanista Flavio Biondo, nacen Angelo Poliziano y el gran Pico della Mirandola; Poggio Bracciolini comienza su Historia florentina y Benozzo Gozzoli, a instancias de Piero el Gotoso, padre de Lorenzo el Magnífico, concluye la Capilla de los Magos del Palazzo mediceo de Via Larga. Un aciago día, a los ochenta años —nadie creía que fuera para siempre—, muere esa fuerza de la naturaleza llamada Donatello, Andrea Mantegna llega a la ciudad del Arno y Fra Filippo Lippi muere en Spoleto, mientras trabaja en los frescos del Duomo.
Este es el fermento cultural en el que crece Leonardo, entre príncipes, artistas, filósofos, cortesanos y hombres de Estado. Pero que un inquieto hijo bastardo sin futuro, ese tal Leonardo di Ser Piero, se convirtiera finalmente en nuestro Leonardo da Vinci, el hombre universal, era algo, como digo, imposible de prever. Si bien muchos intuyeron lo que se avenía, nadie sabía cómo llamarlo: la ruptura total y definitiva (aunque no tan total ni tan definitiva) con la Edad Media, la obsesión maníaca por la Antigüedad o aquella necesidad de cohabitar la naturaleza sin necesidad de sustituirla. Todo era nuevo. No era una sencilla pasarela entre siglos; fue el alumbramiento de una auténtica revolución, una era nueva. Se respiraba en los círculos humanistas y también en el fragor de los talleres: Bernardo Rossellino, el mismo Leon Battista Alberti, Francesco Filelfo, Antonio Pisanello, los hermanos Pollaiuolo, Andrea del Verrocchio, Giorgio Merula, Marsilio Ficino o Francesco Squarcione habían anunciado, cada uno a su modo, la inminente colisión con el pasado.
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Desde hace tiempo muchas cosas se ponen en cuestión. El genio absoluto de Leonardo se ha puesto en cuestión con argumentos en la wikipedia,y el que no sabe lo ve con interés por los nuevos datos.
Para mí fue un sorpresa que terminara en un museo de un país islamico, en los cuales es prohibido la representación de la divinidad. Parece que las ganas de mostrar la opulencia obvia ciertas cuestiones religiosas. A no ser que existan algunas excepciones. Si se recuperara el dinero de la corrupción politica, se podrían comprar todas las colecciones privadas para el goce del hombre de a pie. Muy bueno, señor.
A todo esto yo me pregunto: ¿tendrá la Dama del Armiño un fondo rocoso tras esa pintura negra?
Espero que a nadie se le ocurra querer averiguarlo, porque hay restauraciones , investigaciones, y chapuzas, y no se puede arriesgar esa obra única a ésta última posibilidad.
El termino «genio» es una construccion artificial desde el Renacimiento, mas falsa que un euro de chocolate, y contnuada por el romanticismo, perdura hasta nuestros dias y aparece en los medios de masas con la misma frecuencia que los goles de Messi. Aburre francamente, y mucho, lo mismo que Leonardo con los palos de Selfie en la Gioconda.
El dinero LO ARRASARÁ TODO, la civilización corre rabiosa a por el dinero. No hay nada más que importe y la pintura, la literatura, todo el arte, YA NO ES ARTE, es un artículo de venta, como los coches, los teléfonos o los chorizos de Pamplona. Yo he tratado de ver todo lo que he podido del arte que amo, pero ya me han descartado, hay lugares donde ya no podré volver porque la invasión turística a disparado los precios. En mi última visita a Florencia, cada comida con mi esposa, era un verdadero atraco a mi econimía. Lo lamento por la nuevas generaciones. Los jeques lo comprarán TODO.
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La obra de Leonardo no está dirigida a la plebe sino a un círculo selecto por su refinamiento, su cultura, su inteligencia, sacerdotes, nobles, ricos burgueses que apreciaban la belleza así como las sutilezas del pensamiento platónico, redescubierto por Ficino.
Pocos le han entendido en la modernidad; Gadda, Steinberg, Nietzsche, Tarkovsky, Pedretti.
Un hombre como Brown, que apenas muestra un cursillo de verano en la U. de Sevilla, se convierte en un erudito de la obra de Leonardo. Apto para la plebe turística, para la plebe millonaria que adquiere sus cuadros.
En cambio un autor de la talla de Wind, filósofo, profundo y delicado analista del Renacimiento, por alguna razón no escribió (aunque lo deseaba) un estudio sobre Leonardo. Lamentablemente.
¿Ha pensado alguna vez en lo que ocurriría si la Iglesia Católica vendiera sus tesoros para repartir el dinero entre los pobres?
A veces me horroriza pensar que no estamos muy lejos de verlo.
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