
Jot Down para Espacio Fundación Telefónica
El poeta Dámaso Alonso contempla al espectador de manera atenta, acomodado en una silla, trajeado y entrecruzando los dedos de ambas manos, adoptando una postura que se antoja al mismo tiempo institucional y distendida. Sobre su hombro izquierdo reposa una manta que el literato acostumbra a utilizar como abrigo en su casa y por la que siente un aprecio especial. A su alrededor no ocurre nada más porque no es necesario, al espectador le basta con contemplar aquella imagen sobre un fondo carente de cualquier artificio para reconocer en ella a un hombre ilustrado y riguroso sobre el que descansa una prenda que insinúa un punto de ternura infantil. Es una estampa sobre la que reposan más de treinta años, pero que aún conserva la fuerza otorgada por un artista que abandonó la carrera de Medicina para dibujar su futuro en el mundo de la pintura.
Muchos años antes, cuando la década de los setenta comenzaba a bosquejarse, el propio Dámaso Alonso había intervenido, junto a su amigo el ensayista Pedro Laín Entralgo, para intentar convencer al padre de un chico, con inquietudes artísticas pero nacido en el regazo de una familia de médicos, de que era más conveniente ser un buen pintor que un médico mediocre. El hijo de aquel hombre se llamaba Hernán Cortés Moreno, y se trataba de la misma persona que en 1984 retrataría al poeta sobre un fondo sin ornamentos, portando su manta favorita.

El 13 de julio de 2018 se inaugura en Espacio Fundación Telefónica la muestra Cortés. Retrato y estructura. Una exposición, comisariada por la historiadora del arte Lola Jiménez Blanco, que permite examinar la obra de Hernán Cortés (Cádiz, 1953), uno de los más excepcionales retratistas contemporáneos, a través de cerca de ciento treinta de sus obras.
Retrato
El retrato es uno los géneros más trabajados e imperecederos que existen, algo tan antiguo como el propio arte. Nació junto al ser humano en tiempos prehistóricos, permitió que las civilizaciones egipcias idealizasen a sus soberanos y acompañó los orígenes de las primeras dinastías chinas como medio con el que honrar a sus nobles. La antigua Grecia se apuntó a la rompedora moda del retrato helenístico, aquel que anteponía el realismo a la idealización del retratado, reflejando sin pudores fisonomías de rostros alejados del canon de belleza clásica y demostrando, a través de representaciones como las del filósofo Sócrates, que históricamente ser un gran pensador no siempre iba de la mano con ser apuesto. El género se acomodó sin problemas a lo largo de la historia al convertirse en parte de ella: las monedas acogieron retratos de eminentes autoridades y los artistas elevaron a los cielos a las figuras claves de la religión cristiana a base de brochazos. Con la llegada del Renacimiento, el Barroco y el rococó se sobrecargó el retrato al tiempo que se encumbró como un símbolo de estatus social donde los individuos mejor acomodados gustaban de lucirse junto a sus ostentosos complementos.
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